Salomé

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No, nunca estuvimos enamorados el uno del otro. Él fue mi maestro y yo, por algún tiempo, fui su alumna destacada, pero no la única. Ni mucho menos la más lista

Salomé
Salomé

El Amor, esa palabra que suena tan bien, tiene tanto de profundo y se pronuncia tan a la ligera. Yo he hecho todo eso y mucha más con el concepto amor. Lo conocí siendo muy joven y ahora…, ahora, ya senil, tengo a Tony a mi lado, un hombre cuarenta años menor que yo, pero que me ofrece todo aquello que necesito y creo que yo le aporto…

Bueno, no quiero empezar la casa por el tejado. Nací en plena posguerra, en un pueblecito cualquiera de un provincia de tercera en una zona de España cada vez más despoblada y, por consecuencia, más hostil al ser humano. Hoy…, hoy es totalmente diferente: un lugar idílico y un sueño para muchos, pero para mí…

Me vuelvo nostálgica con la edad, y a pesar de que fueron años complicados, creo que todos, aunque no hayamos tenido una infancia totalmente feliz. Tenemos tendencia a recordarla como años perdidos, años que no controlamos y que vivimos una y otra vez en nuestra memoria, como si hubieran sido lo mejor de nuestras vidas.

A los catorce años me enamoré por primera vez. Lo hice de Matías, un chico… bueno un hombre de casi treinta. Era apuesto, guapo a rabiar, canalla como ninguno y, a pesar de mi juventud, de mi inexperiencia, era como una buena guitarra en sus manos. Conseguía de mi cualquier cosa que se propusiera. Por mi edad, creo que no tenía ningún tipo de prejuicios en cuanto al sexo. Así aprendí a doctorarme en las artes amatorias.

No, nunca estuvimos enamorados el uno del otro. Él fue mi maestro, mi Pigmalión. Yo por algún tiempo fui su alumna destacada, pero no la única. Ni mucho menos la más lista.

Doña Pepita, la boticaria, llegó al pueblo por aquella época. Bajo el brazo desde la capital, su licencia para abrir una oficina de farmacia. Para la época ya no era joven, a pesar de apenas rebasar los veinticinco años. No era guapa, ni mucho menos, si acaso una belleza singular, abstracta como se diría hoy. Su forma de vestir era idéntica a la de la prima del cura, que un día se vino a cuidarlo y desde entonces…

Pero sí, era mucho más lista que yo. Fue todo un escándalo. En pocas semanas se quedó embarazada de Matías, aunque echando cuentas debió de ser el embarazo de la burra, ya que el parto se produjo casi un año después. Pero a esas alturas ya todo daba igual, las cosas estaban hechas y nadie iba a echar cuentas al suceso.

En principio nada parecía haber cambiado, pero lo cierto es que Matías y yo nos fuimos distanciando. Yo lo veía de otra manera, y él, él ya no era el mismo hombre, ya no era ese espíritu libre que tanto me gustaba.

Aún no había cumplido los diecisiete cuando conocí a alguien de paso por el pueblo. Era de esos que prometían y prometían. Lo primero que me entregó fue una pomposa tarjeta de visita: era representante de artistas. Según él, estaba de paso camino de Lisboa. Allí iban a rodar una película coproducida por varios países, el Hollywood europeo lo llamaba.

Necesitó poco para convencerme y, por supuesto, convertirme en su amante. Así anduvimos por un tiempo recorriendo ciudades. Su profesión nunca la llegué a conocer. De vez en cuando recibía una nota de manos de alguien y me abandonaba por algunas horas: «Es del productor de una obra de teatro», me decía a modo de justificación. «Quiere verme en una hora».

En algunos casos esto coincidía con una situación económica poco boyante y, tras esa reunión, de nuevo su cartera rebosaba billetes. Igual era un asalta bancos, un delincuente, un mafioso, no sabría decirlo, no estaba interesada en esos asuntos y mucho menos el día que de verdad me llevó a cenar con un verdadero productor de teatro.

Me invitó al estreno de la obra. Esa noche cambié de cama y conseguí un contrato en la revista que producía. Allí empecé a ser Salomé y la querida del productor, para qué usar falsos eufemismos.

—Nunca he tenido en mis brazos una mujer tan suelta como tú tan desinhibida.

Yo acababa de cumplir los dieciocho. Era una mujer joven, exuberante, rubia como se llevaba a la época, pero sabía que debía jugar bien mis cartas o pronto sería reemplazada por otra y pasaría a segunda término.

Exploté mis cualidades, di clases de baile, alguna de canto, de interpretación. Además de la querida del productor, me defendía bastante bien en el escenario, y mi nombre cada vez aparecía en teatros de más categoría.

Al cumplir la mayoría de edad —entonces establecida para las mujeres a los veintitrés años— llegué a Madrid, justo para firmar mi primer contrato en una película. Una buena revista en la Gran Vía, un apartamento propio en el centro y una vida tranquila e independiente de ningún hombre.

Por mi vida ya había pasado mucho hombre. Tres relaciones más o menos serias y ahora era yo la que elegía, la que tenía el poder de arrastrar a jovencitos a mi cama con solo una mirada. Eran mis años dorados, mis años de triunfo, de entrar en un restaurante y que los señores se levantaran al reconocerme. Estaba en lo más alto como vedette y como mujer, pero ese pelo rubio sedoso ya me costaba mantenerlo, las cremas cada vez disimulaban menos las cicatrices del tiempo, aunque mi genética respondía bastante bien.

Así llegó Richy a mi vida, un joven descarado y «echao pa´lante, cómo le gustaba presentarse.

Decía que era empresario, que se dedicaba a los negocios. A penas tenia veinte años pero su arrogancia, su don de gentes, lo hacía creíble…, creíble para todos menos para mí. Yo le ayudé, conseguí la primera sala de baile para que la explotara. Después fue él quien con sus contactos, poco a poco se convirtió en lo que fue pocos años después y de lo que ya presumía en el momento de conocerme. Fue realmente mi primer amor y cuando uno ama…

Por amor perdí la vergüenza, perdí el amor propio y perdí el orgullo hasta el punto que cuando me insinuó que le gustaría como fantasía meter a una joven bailarina de mi revista en la cama conmigo, yo accedí, lo hice libremente, pero sobre todo por retenerlo, porque no se alejara de mí para irse con ella. En aquel entonces, a los hombres, dos mujeres besándose o jugando en la cama era algo que les encantaba, y así fue durante casi un año. Así fue hasta que un buen día, como decía Roció Jurado, «se nos rompió el amor».

No, no es que Richy y yo hubiéramos dejado de querernos, eso no, pero el tiempo lleva a los afectos, y los afectos a la complicidad, y la complicidad…

Lo cierto es que Amely, la exuberante morena y yo, llevábamos tiempo jugando a solas en la cama. Lo compartíamos todo, estábamos siempre juntas, no teníamos la una para la otra ningún secreto y todo sucedió de manera inesperada espontánea y nos dejamos llevar, relajamos nuestras cautelas, y una tarde Richy al volver a casa antes de lo esperado nos sorprendió.

Nosotras no fuimos conscientes de que éramos observadas, de que él fue testigo de confesiones de amor eterno, de te quieros que se suponía que eran exclusivos para él, y su orgullo de macho quedó afectado irreversiblemente. Fue una ruptura dramática, sobre todo para él. Para nosotras fue distinto, nos teníamos la una a la otra y así seguimos durante años, muchos años. Amely fue mi verdadero amor, esa chica afrancesada de un pueblo de Palencia que llegó a mi vida de la mano de Richy, mi primer amor.

Fueron cuatro décadas juntas, cuarenta años de complicidad, de amor sin barreras, sin trabas, sin cortapisas, donde la sinceridad era la regla de oro. Dentro de esta regla, todo valía.

Sí, por nuestra cama pasaron muchos hombres, jóvenes trepas buscando su trampolín, otros a la sombra del poder de dos mujeres buscar un sitio en este Madrid de la movida, de los ochenta.

En esos años conocimos a mucha gente, tuvimos muchos amigos, tanto, que hoy solo algunos aquellos más afines están en mi recuerdo. Pero de aquella época es cuando llegó a nuestra vidas Tony. Se acercó tímidamente a nosotras, por entonces era un pipiolo al que las dos acogimos en nuestro círculo de amistades como el hijo que no teníamos, lo fue todo para nosotras, fue nuestros chófer, nuestro mayordomo, nuestro… Sí, también estuvo en nuestra cama, pero fue distinto, él siempre estaba en su sitio, no esperaba nada de nosotras. Él solo compartía con nosotros esos pedazos de nuestra vidas que queríamos compartir, sin exigir nada, sin esperar contraprestaciones ni económicas, ni de poder, ni de relaciones. Solo nuestra amistad, nuestro cariño.

Tony se convirtió en nuestro amigo, nuestro ayuda de cámara, vivía con nosotras pero era independiente, llevaba su vida, o eso creíamos. Aunque vivía en casa —ya que, como dije antes, era un hijo para nosotras—, entraba y salía, quedaba, nos presentaba a sus amigos, a alguna que otra supuesta novia. Nosotros éramos esas madres orgullosas de su niño que tan entregado estaba a nosotras en todo.

No, no éramos un trío, él era otra cosa. Tampoco era un amante ocasional, solo lo fue circunstancialmente, pero en este relato tampoco quiero faltar a la verdad y presentarlo como lo que no era.

El fin de siglo lo pasamos los tres juntos en París. Recorrimos medio mundo de la mano, nosotras dos solas no nos hubiéramos atrevido a muchas cosas, pero alguien joven a nuestro lado nos daba fuerza, empuje y nada se nos ponía por medio.

Ahora, mientras repaso mis historias de amor, hojeo el álbum de fotos de aquel impresionante viaje a Nueva York. En mis manos la típica foto de Amely con el sempiterno Cow boy de… No; no recuerdo si era la Quinta, la Sexta… Eso de nombrar a las calles por un número no es lo mejor para mi fallida memoria. Lo que queda sin mácula en mi memoria es que ellos han sido mis dos grandes amores. Ella por el tiempo juntas, él por estar a mi lado cuando más frágil soy, cuando menos puedo ofrecer y él tanto me entrega.

Poco después de volver de Nueva York, en una revisión rutinaria, encontraron algo raro a Amely. Ella no había notado nada raro, pero las primeras exploraciones fueron implacables: un cáncer de ovarios.

Todavía hoy, doce años después, mirando las fotos, las lágrimas afloran de mis ojos. Los cierro y escucho su voz resonar cómo mágico eco en las cuatro paredes de nuestra sala de estar, el perfume cuyo frasco aún guardo como un tesoro desde el momento que nos dejó llega a mi pituitaria como cuando después de vestirse para cualquier acto nocturno, después de hacernos esperar algunos minutos, entraba en la sala excusándose: «Ya estoy lista. ¡No sé de qué os quejáis! Al final nos tocará esperar».

A ella la gustaba hacerse rogar, que se le notara cuando hacía entrada en algún sitio. A mí…, a mí eso me abochornaba. Pero desde que no está con nosotros soy yo la que llega tarde. No lo hago a propósito, a veces pienso que es ella que me esconde las cosas, que me hace no encontrar esos zapatos ideales para el vestido elegido o los pendientes que me regaló por nuestro tercer aniversario que tanto me gusta ponerme. Me dice Tony que chocheo cuando trato de darle esta explicación

Fue en 2007 cuando Amely nos dejó. Fueron años de lucha, de mucho sufrimiento, pero sobre todo de mucho amor.
Tony fue nuestro paño de lágrimas, para mí y para ella y después del nefasto suceso, fue mi bastón, y con el tiempo…
Sí, el sexo a mis ochenta años ya apenas tiene importancia para mí, pero el solo tiene cuarenta y, a pesar de compartir cama, le empujo a buscar fuera lo que necesita.

—Tony, tú necesitas otra mujer, yo apenas soy una vieja, yo entendería…
—Tú eres todo lo que necesito como hombre, y sobre todo lo que mi corazón quiere.

A veces, al despertarme y verlo a mi lado dormido, no veo a un hombre, veo a un ángel, mi ángel, nuestro ángel.
Lo contemplo durante horas, como velando su sueño, tratando de compensar sus desvelos para mí durante el resto del día.

Hombres, mujeres, hombres y mujeres, mujeres y hombres… Qué más da si hay amor.

Los he tenido en mi cama, allí han sido muchos, los he tenido en mi corazón, aquí no han cabido tantos. Aquí solo tres: el primero con el que fui mujer —ese jamás se olvida—, el que fue realmente mi primer amor, y luego Amely y Tony, ella lo fue todo, sin él hoy no soy nadie.

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