¿A qué huele la guerra?

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Siempre a fracaso. Pero hay otros olores, propios y extraños, que le dan a la guerra el aroma del horror y de la desolación

¿A qué huele la guerra? Siempre a fracaso
¿A qué huele la guerra? Siempre a fracaso

Volátilmente, la guerra siempre huele a fracaso; también a desolación, a suplicio y a muerte. Esto es algo que no se le escapa a nadie, da igual que se haya estado tras un parapeto que no.

Pero hay otros olores que, aunque también evidentes para todos, no son palpables: el de la carne en descomposición y la sangre que aún pide vivir a gritos; el visceral de las heces, los orines y los sudores; el olor del barro y de la tierra húmeda, el de la pólvora. Todos ellos son perfectamente razonables.

Tanto que hay quien ha conseguido encerrar en una caja el olor que guerreaba en una trinchera de la Primera Guerra Mundial. Ese aroma, además de miedo, resultó ser una mezcla de muerte, pólvora y tierra.

Aquella que hurtó a la Gran Guerra su esencia fue Sissel Tolaas, artista y química noruega. Ella se encargó de reproducir el olor para el Museo de Historia Militar de Dresde, uno de los más importantes de Europa y uno de los también más característicos. No solo por haber sido hijo arquitectónico del enorme Libeskind, sino por la boga histórica que hace de la experimentación en las propias carnes de la necesidad de paz.


La guerra huele a privado

Pero más allá del despertar de los sentidos y de la explosión de los recuerdos producida por un determinado olor, la guerra huele a privado. Es ese el aroma de quien se encarga de ponerla en marcha, de la punta del iceberg de un ejército cualquiera.

De este modo, Roosevelt, por ejemplo, el más deseado de la Carta del Atlántico durante la II Guerra Mundial —al menos por los británicos—, posiblemente desprendería una mezcla de América y Martini. Stalin, por su parte, olería a Troinói, muy similar, según algunos, a las colonias oscuras de garrafa de la España más castiza y de las barberías de marmitas del siglo pasado. No; a pesar de lo que la lógica pudiese dejar ver, el líder soviético no olería a estepa, a piña o a caviar del caro.

Churchill bebía y fumaba a partes iguales. El que ha sido catalogado como uno de los mejores diplomáticos de la Historia y que gustaba de inyectarse en el trasero células para rejuvenecer, daría a la guerra el típico olor de la nicotina y de la resaca. Y Hitler, detractor de todo tipo de perfume, desprendería ese olor a añejo que da el papel usado y el cuero de botas y guerreras curtido lejos de las trincheras, aquellas que según Tolaas olerían a pólvora y a muerte.

En definitiva, la guerra, además de a carne y a puses, huele a dificultades de zurdo y a poros cubiertos por un ejército entero.

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Sobre Virginia Mota

Virginia Mota
Coordinadora. Licenciada en Historia por la Universidad de Salamanca, donde además cursé un Máster en Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, aprendo cuando escribo, escribo cuando siento y siento cuando río.
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