Agustina de Aragón, la mujer que empequeñeció a Francia

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Agustina corrió entre los muertos hasta el baluarte del Portillo, que es donde estaba colocada la pieza de artillería, para prender la mecha y hacer fuego contra los franceses que comenzaban a entrar en la ciudad

El ataque de Agustina de Aragón, además de hacer retroceder a las tropas de Napoleón, fue una inyección en el ánimo de los zaragozanos
El ataque de Agustina de Aragón, además de hacer retroceder a las tropas de Napoleón, fue una inyección en el ánimo de los zaragozanos

Napoleón ahogaba Zaragoza. Los hombres y las mujeres sucumbían ante los desastres de la guerra, personificados, como ya lo hiciese el gran pintor, en hambre y miseria, pero también en heroínas.

En Zaragoza hubo quien no acató la autoridad impuesta. Agustina de Aragón no se quedó de brazos cruzados. Barcelonesa y de orígenes humildes, la revolución corría por sus venas, lo mismo que por las de su marido. Con él recorrió de puntillas la guerra zaragozana buscando la manera de enfrentar el conflicto que había llegado desde Francia en 1808, hasta que tuvieron que separarse de manera forzosa. Parece ser que ambos no se reencontraron hasta el final de la Guerra de la Independencia.

Y lo encontró

Fue en un cañón cuyo artillero había sido abatido. La mujer corrió entre los muertos hasta el baluarte del Portillo, que es donde estaba colocada la pieza de artillería, para prender la mecha y hacer fuego contra los franceses que comenzaban a entrar en la ciudad. A los pies del cañón, uno de los oficiales que defendían Zaragoza arrancó las insignias del uniforme de algún abatido y se las dio a Agustina. Ella misma lo explicaba así en un memorial que envió al rey una vez hubo concluido la Guerra de la Independencia:

«[…] Atacada con la mayor furia, pónese entre los Artilleros, los socorre, los ayuda y dice: ¡Animo Artilleros, que aquí hay mugeres cuando no podáis más! […] En este día de gloria mediante el parte del Comandante de la batería el Coronel que era de Granaderos de Palafox, la condecora el General con el título de Artillera y sueldo de seis reales diarios […]»

El ataque de Agustina, además de hacer retroceder a las tropas de Napoleón, fue una inyección en el ánimo de los zaragozanos, que aguantaron estoicos hasta el segundo asedio de la ciudad. También durante él mostraron todo su valor, hasta que el 21 de febrero de 1809, Zaragoza pasaba a las manos de Francia.

Madre y esposa

A pesar de haber sido capturada, la inquietud de Agustina de Aragón, quien a estas alturas había era oficial del ejército, hizo que pusiese pies en polvorosa, zafándose de la prisión francesa. Lejos de aguantarse con el destino que tocaba vivir en aquel momento, ella continuó oponiendo resistencia al enemigo hasta el fin del conflicto.

Que su situación económica no era muy boyante es algo que imagina cualquiera. Ocurre siempre durante y tras las batallas. Pero en este caso, y debido a su valentía, Agustina recibió audiencia con Fernando VII por deseo expreso de este, y se le concedió una pensión de por vida como agradecimiento a la lucha desinteresada que había llevado a cabo defendiendo sus ideales. Cien reales al mes que estuvo disfrutando hasta el día de su muerte.

Como mujer, Agustina de Aragón se desposó un par de veces. La primera con el oficial a quien siguió por los campos de batalla. Con él tuvo un par de hijos de los que solo sobreviviría el nacido tras la guerra. El segundo matrimonio de Agustina fue con el médico Juan de Cobo. En Sevilla dio a luz por tercera vez a una niña, Carlota. Los malos entendidos políticos con su marido —él tendía hacia el carlismo— terminaron con la convivencia marital.

A pesar de que mito haya adornado su vida, y a pesar también de que no fuese la única mujer que defendía con su vida la ciudad de Zaragoza, Agustina de Aragón, La Artillera, ha pasado a la historia como una de las grandes heroínas que ha dado España hasta la fecha.

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Sobre Virginia Mota

Virginia Mota
Coordinadora. Licenciada en Historia por la Universidad de Salamanca, donde además cursé un Máster en Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, aprendo cuando escribo, escribo cuando siento y siento cuando río.

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