Andy & Frida

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Entonces apareció mi ángel, apareció ella, Frida. Al terminar, me arrastró de la mano a su dormitorio y allí me llevé la sorpresa de mi vida

Entonces apareció mi ángel, apareció ella, FridaEntonces apareció mi ángel, apareció ella, FridaEntonces apareció mi ángel, apareció ella, Frida
Entonces apareció mi ángel, apareció ella, Frida

«Me llamo Andrés, tengo 45 años y soy nuevo en la ciudad». Así conocí a Andrés, así se presentó a la primera reunión de propietarios de la finca donde vivimos el que hoy es mi mejor amigo. Pero lo mejor será comenzar desde el principio e ir contando paso a paso, tal y como lo fui conociendo.

Al principio lo vi como alguien de quien hay que protegerse, alguien no deseable para tenerlo cerca. Pero como ocurre tantas veces, en la pareja somos dos, y Mabel, mi mujer, y Frida se hicieron grandes amigas.

Éramos vecinos, solo los dos pisos en el último rellano del edificio. Luego pasó el invierno. Compartíamos medianería en el piso y nuestra amplias terrazas del ático apenas estaban separadas por una barandilla y, claro, la amistad de ellas, la proximidad física y las confidencias… Todo llegó junto.

De la indiferencia a los comedidos y educados saludos. Después vendrían las primeras confidencias, sobre todo aquel viernes por la tarde de primeros de junio en el que ellas salieron juntas de compras y nosotros, tras compartir un par de cubatas cada uno a su lado de la barandilla, nos comenzamos a conocer un poco más.

A sus cuarenta y cinco años, Andy ya llevaba muchas vidas vividas con intensidad en sus cuatro décadas y media, como si fuera su última posibilidad, como si por su vida no fuera a pasar ningún tren más. A los veinte años fue cuando conoció a su primera mujer. En ese ansia por vivir no tardó en dejarla en estado. Su fama le precedía. Había tenido suerte y no se había visto inmiscuido en ningún proceso judicial, ni siquiera tenía ficha policial, pero todo su entorno sabía lo muy al límite que estaba. Según me comentó él mismo, en más de una ocasión estuvo a punto de dar con sus huesos en la cárcel.

─Para que te hagas una idea, Johnny —yo odiaba que me llamase allí. Soy Juan y nadie nunca me ha dicho Johnny. Pero a los hombres como Andy los tienes que aceptar tal cual. Solo de esa manera obtienes lo mejor que te pueden dar.

Johnny, en una ocasión, me dijo que me tirara de un coche en marcha. Así lo hice. A la vuelta de la esquina, la policía echó el alto a los ocupantes. Lo habíamos robado poco antes. En el interior había de todo: las botellas de licor rodaban por suelo, el cenicero estaba lleno de colillas de algo que no era tabaco y alguno…

─Joder Andy, vaya tipo de vida llevabas.
─Como te decía, alguno llevaba algo más fuerte encima. Años después todo el proceso judicial terminó. Acabaron mal, muy mal. Yo terminaba de dejar a la madre de mis hijos embarazada. Creo que aquello me acojonó. Agache las orejas ante los comentarios de la familia y acepté aquel matrimonio, asumí mis responsabilidades como padre y marido y a ello siguió veinte años de hastío.

Así fue como me enteré que Andy era padre de dos hijos: Dressy, el mayor que, al llamarse como él, decidió adoptar este ambiguo nombre, y Gus, el pequeño. Uno con veinticinco y el otro con veinticuatro.

Mira Johnny, acepté esa situación con una cierta resignación. Lo hice de manera libre, pero no en libertad. De lo que soy absolutamente consciente es que si no hubiera optado por aquella decisión, mi futuro hubiera sido muy incierto en aquel momento.

De la mañana a la noche me convertí en un hombre metódico. Madrugaba para asistir a esa maldita fábrica de montaje de asientos para coches. Antes de nacer mi primer hijo ya me había convertido en el hombre que poco tiempo antes tanto odiaba, en un burgués de clase media, en padre de familia de esos que solo salen de casa los domingos a medio día para tomar el vermut en familia y después ir a comer a casa de los suegros.

Johnny, han sido casi veinte años amargados. Lo único que se salvaba de aquello eran mis hijos. Mi ex, una arpía, y cuando se juntaba con su madre no había nadie que se salvará de sus garras. Pero mira, en la vida todo tiene su punto de inflexión, a todo cerdo llega su San Martín y a mí me llegó la hora de liberarme.

─Bueno, no creo que tu suegro te tuviera amarrado apuntándote con una escopeta como en las viejas españoladas de la década de los sesenta.
─Querido amigo, hay muchas escopetas metafóricas. Como te dije antes, el primero en aceptar aquello evitando un mal mayor fui yo. Pero a eso ya se fue encargando mi suegra al entretejer su propia madeja. Es muy burra, muy zafia, pero también maquiavélica. Enseguida se dio cuenta de los motivos que me llevaron a aceptar de buena gana aquel acuerdo y lo supo estrujar al máximo y, lo que es peor, adiestrar a su hija para que la estratagema se llevara a extremos increíbles.

Según me aproximaba a los cuarenta, notaba como se me escapan las fuerzas, como si una resignación me poseyera y cada día me convenciera que en mi vida todo estaba resuelto, que ya no tenía opciones, que todas mis cartas estaban sobre la mesa y yo no tenía nada que hacer ni que decir.

Entonces aparecieron los primeros problemas con Dressy. Trataban de organizarle la vida, de anularlo como persona para que de una manera irracional siguiera los pasos que madre e hija —o abuela y madre en este caso— creían que debían de seguir. Por un tiempo estuve alerta, siendo consciente que antes o después algo muy gordo explotaría, y entonces tal vez todo saltaría por los aires.

Creo que se debieron de dar cuenta del peligro y aflojaron la tensión. Mi hijo me pidió que lo dejara estar, pero cuando esos problemas aparecieron en el horizonte de Gus, un niño al que nada había que reprochar, ya no me pude contener por más tiempo.

He de confesarte que tuve suerte. Un amigo estaba buscando a alguien de confianza para que le llevara la oficina comercial de su fábrica de sanitarios aquí en Madrid. Confió en mí, y en la primera ocasión que tuve, cogí una maleta y me vine. Ella no puso objeción. Firmamos un divorcio amistoso. Dos meses después, mis hijos siguieron mis pasos. Hasta que vine aquí vivimos los tres juntos.

No era un piso grande, pero tenía tres habitaciones y un pequeño salón. Todos compartíamos el mismo cuarto de baño. En él cada uno tenía su propio espacio. Yo el mío, mi hija el suyo, y Gus se conformó con el más pequeño. Pero todos nos respetábamos. Han sido los mejores años de mi vida. He vivido con mis hijos como si de tres amigos se trataran y eso me ha engrandecido, como padre y como persona.

─A ver, Andy, me pierdo. ¿No eran dos hijos los que tenías?
─La vida nos guarda muchas sorpresas. Dressy fue una de esas sorpresas. Las primeras desavenencias con su madre y, de alguna manera al igual que con su concepción, mi nueva tabla de salvación. Pero querido Johnny, lo de Dressy es otra historia. Una bonita e increíble historia que ya otro día te contaré.

En ese momento llegaron ellas, salieron a las respectivas terrazas con las manos cargadas de bolsas y rompieron por primera vez este momento de intimidad.

Semanas después nos volvimos a encontrar solos. Habían quedado para ir a ver no sé qué obra de teatro en la que trabaja una amiga de Mabel.

Esa noche, para compensar la invitación de mi mujer a la suya, esta nos había dejado preparado algo de cena y ya no había barandilla de por medio. A la caída de la tarde oí a Andy llamarme a voces:

─Johnny, ¿andas por ahí?
─¿Qué pasa, Andy?
─Estoy preparando la mesa para cenar. Tengo la bebida fresca en el frigorífico, así que cuando quieras. ¿Porque no vamos a cenar con la barandilla de por medio, no?

Me costó trabajo entenderlo hasta que lo vi afanado poniendo una pequeña mesa, un mantel y dos sillas alrededor.

─Dame cinco minutos, que me vista. Enseguida estoy.
─Oye, que esto no es una cena de gala.
─Pues menos mal, porque me has pillado con el esmoquin en el tinte —le respondí mientras ojeaba su vestimenta.

Le imité. Me puse también unos vaqueros y una camiseta y me fui a su casa. El lambrusco frío a rabiar que sirvió con la cena fría que había preparado Frida nos fue entonando. Ya se agotaba la segunda botella cuando volvió a narrarme su vida. Su vida a partir de compartirla con sus hijos en un pequeño piso del extrarradio de la capital.

─¿Qué pasó, Andy?
─Cómo te decía el otro día, fue mi gran decisión. Pero no soy hombre al que se le pueda dar manga ancha. Mi recién estrenada libertad, las ganas de vivir, la sensación de que ya eran los últimos trenes… No; no es que volviera a las andadas, a los remotos años de juventud, pero había fines de semana que no volvía a casa, que me enrollaba con cualquier panda e íbamos de un sitio a otro y, ya sabes… que para eso Madrid es único.
─¡Eso es imposible de aguantar¡
─Difícil, sí, querido Johnny; imposible, no. Y yo te puedo jurar por lo más sagrado que así era. Bien cierto es que era consciente que eso no podía durar por mucho tiempo, pero entonces apareció mi ángel, apareció ella, Frida. Me miró, la miré y hasta nuestro tercer encuentro, nuestra tercera coincidencia —ya que no salíamos exactamente en el mismo grupo—, no tuvimos nuestra primera conversación.

Esa noche permanecimos juntos todo el tiempo. Nos dijimos grandes tonterías. Por ambas partes manifestamos nuestro deseo de conservar nuestra independencia, de llevar una vida plena como singles, como jóvenes con experiencia y muchas ganas de vivir.

Pasamos la noche juntos. Nos fuimos a su casa ya que en la mía habíamos decidido no llevar a parejas eventuales. Al atravesar la puerta una extraña sensación me poseyó. A lo largo de mi vida son varias las ocasiones en las que he tenido algún presentimiento. Creo que en alguna vez anterior ya te he hablado de alguno en concreto, pero esto era más que un presentimiento, era el convencimiento de que este sitio era mi hogar, que era ese espacio que la vida me tenía consagrado para mí y, por supuesto, para compartirlo con ella.

Frida quiso ir despacio. Preparó unas copas, puso algo de música y nos sentamos en el sofá. En un momento determinada sonaba una balada de Marc Anthony: Voy a reír, voy a bailar, vivir mi vida, la la la la; voy a reír, voy a gozar, vivir mi vida, la la la la. Me levanté del sofá, le cogí de la mano y le hice que se incorporara. Le agarré la cintura y al ritmo de la música comenzamos a contonearnos. Mi pierna derecha entre las de ella, sus erguidos senos en mi pecho, su cara sobre la mía, su cálido aliento en mi oreja. Mientras, yo le daba tímidos besos en el cuello.

Solo bailamos esa pieza. Al terminar me arrastró de la mano a su dormitorio. Allí, me llevé la sorpresa de mi vida: esa mujer, calmada, melosa y cariñosa, en unos instantes se convirtió en una pantera, en una fiera que no tenía limites a su más ancestral sentido animal.

─Querido Johnny. No te daré más explicaciones que no vienen al caso, pero te puedo asegurar que jamás pensé que el sexo, que la cama, fuera un juego tan completo. Esa noche hice un máster en sexo, un doctorado en complicidad, una licenciatura en generosidad, y aprendí por primera vez lo mucho que se puede disfrutar dando placer.

Caímos rendidos después de la batalla sexual, pero justo antes de dormir, aún tuve tiempo para reafirmarme en esa sensación al cruzar la puerta de ese apartamento por primera vez.

Desde ese día, querido amigo, no ha habido un solo día en que no hayamos estado juntos. No pasó ni una semana cuando volvimos a compartir cama y noche. Pocos días después ya me costaba trabajo abandonar alguna noche su casa. Dos semanas más tarde nos estábamos planteando vivir juntos. Lo hablé con mis hijos, y ellos me animaron:

»─Papá no todas las mujeres son iguales —me decía Gus.
»─Te mereces una nueva oportunidad, Andy —me decía Dressy.

─Pero todo fue muy rápido, ¿no?
─Johnny, cuando estás seguro de algo el tiempo no es un problema, no es algo que te limite, no es una medida válida para avanzar en el amor.
─Sí, supongo que cada pareja necesita sus tiempo, que nunca son comparables. Además, las circunstancias de cada pareja…
─Nosotros en principio no teníamos problemas de tipo alguno, no existían limitaciones. Podríamos haber vivido nuestras vida, compartir nuestro espacio y seguir cada uno en su casa, pero el amor cuando llega, llega; te invade el alma y ya dejas de ser tú mismo para formar parte de la pareja. Así nos ocurrió a Frida y a mí. De eso hace ya un par de años.
─Pero además os debió de dar a los dos muy fuerte… Me resulta complicado entender la precipitación y dar esos pasos tan rápidamente. Tú venias de una situación complicada con tu exmujer, y Frida…
─Lo mío estaba claro: Frida era mi tabla de salvación. La vida anterior de Frida tampoco había sido fácil. Es más, según me fue contado poco a poco, después había sido muy escabrosa.
─¿Escabrosa?
─Un ex alcohólico y maltratador.
─¿Y pudo confiar en ti de esa manera?
─Según me comentó algunas semanas después, ella tuvo conmigo una sensación similar a la propia que yo tuve al cruzar el umbral de su casa. Ella me ha hecho ser otra persona, más comprensible, con mayor capacidad de empatizar con los demás. Ella me ha enseñado a ser generoso, a saber ver lo mejor que hay en cada uno de nosotros. Gracias a ella, Dressy es la persona adorable que hoy conocemos y su propia socia en el salón de belleza que ambas han montado juntas.

Según me dice cariñosamente, yo soy su osito, el peluche al que necesita acurrucarse en el sofá tras una larga jornada de trabajo, la bestia que necesita en la cama, sin tabúes, sin medias tintas, dejándonos llevar por nuestras apetencias, por nuestra necesidades, en lo que nada está prohibido, en un largo juego sin reglas, sin tiempos, dónde las apetencias, la innovación y el dejarse llevar es la norma.

─Andy, lo pintas de tal manera que das envidia.
─Así es, Johnny. Por eso antes de llegar hasta aquí te he querido contar lo que mi vida ha sido, que la de ella no ha sido fácil, que como Frida dice, «lo único que echa en falta es poder tener hijos», aunque los míos los hace propios y en alguna ocasión, medio en broma, medio en serio, me amenaza con quedarse en estado y tener nuestros hijos en común.

Gus la adora al igual que su hermana. Es su confidente, su paño de lágrimas. A veces siento celos de la relación entre ellos, de cómo es posible que en tan poco tiempo ejerza como una madre, como una amiga.

─Sí, querido Johnny, soy feliz. La vida no me ha dado una segunda oportunidad, me ha dado la oportunidad definitiva. He sido un calavera, he vivido con una intensidad inusitada mi juventud. Después de mi separación, me volví a perder, volví a extralimitarme en mis vivencias, con otra responsabilidad, con otro sentido de lo políticamente correcto, pero desfasando de igual manera hasta que tropecé con ella. Hoy me siento pleno, realizado, un ser satisfecho como padre, como pareja y, sobre todo, y lo que es mucho más importante si cabe, como persona.

Esa noche, cuando nos separamos, antes de dormir pensé en todo lo que Andy me había contado, en su vida vivida al límite, en su incapacidad de encontrar el equilibrio hasta que una persona se cruza en nuestro camino y nos da ese punto de raciocinio hasta ese momento inexistente.

He pensado en mí, en Mabel, en Andy, en Frida. De alguna manera me han dado envidia, han llevado una existencia excitante. Él, al límite al tiempo que yo siempre he sido una persona contenida, moderada. Y al final estamos en el mismo sitio, somos vecinos, llevamos unas vidas muy parejas, pero para él, lo vivido, vivido queda, mientras yo apenas tendré grandes experiencias que relatar a mis nietos.

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