Centros de menores: Torturas, manipulación y robo legal de niños

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Preguntamos a Rosa, de Marea Turquesa, qué sacan los centros de menores con estos internamientos. La respuesta es contundente: «Dinero. Es una trama de corrupción»

«No sé qué empeño en volver con alguien que te odia» | blueMix
«No sé qué empeño en volver con alguien que te odia» | blueMix

Padres coraje contra los centros de menores, maltratados, además de por el hombre mismo, por la administración. Padres que luchan contra toda la amplitud del sistema, incluyéndose en esa anchura las instituciones parlamentarias donde supuestamente algunos políticos españoles son propietarios de fundaciones privadas que se benefician económicamente del desamparo de un niño, y también los sindicatos que se ponen heroicamente melancólicos con el ataque a los trabajadores de estos centros. Padres que forman el movimiento social Marea Turquesa.

Rosa, fundadora, es una de las mujeres que están recogiendo los frutos de la violencia de género, que maduran en componendas, tropelías e inmoralidad. Su historia tiene un principio y un final: su hijo. Él está bajo la tutela de los servicios sociales en uno de los centros de menores que gotean por toda España. No tiene ingresos además del alquiler que le renta su piso. Para ella, encontrar trabajo se hace casi imposible, no solo por la situación económico-endémica del país, sino también por los horarios de visitas que se establecen en el punto de amparo en el que vive el niño: «Las citas son por las mañanas. Además de que los chicos se ven obligados a faltar a sus clases, es muy complicado encontrar un trabajo que te permita ausentarte una o dos veces por semana. No es más que otra traba para no devolver a los hijos».

Por eso Rosa se dedica a tiempo completo a tirar de los cables sociales y legales para remover la tierra que cubre estos supuestos casos de secuestro legal de niños, y también por eso fundó Marea Turquesa, porque conoce bien cómo duele cuando arrancan a un hijo de los brazos, de forma literal. Nos cuenta que precisamente fue esta fundación la causa de que el pequeño no esté todavía en casa:

«A mi niño le quitaron el desamparo dos meses después de estar internado, pero a mí no me dieron el informe favorable, incluso figura que está modificado. Son represalias por pelear por él. Tenía que haber vuelto a casa en junio de 2016».

Rosa abraza a su niño
Rosa abraza a su niño

Por dinero

A día de hoy, es la situación civil lo que ata, en muchos casos, la vida de los hijos a los padres. Dando por supuesto que hay determinadas ocasiones en las que se hace necesaria la intervención de los servicios sociales, Rosa asegura que, además de la violencia de género, existen algunos ítems habituales y preestablecidos que invitan a la retirada de los hijos:

«Ser madre soltera, no tener dinero, ir mal vestidos. Conocemos un caso de una mujer a la que visitaron los técnicos cuando su casa no estaba del todo ordenada. Se le hizo el desamparo alegando que padecía Síndrome de Diógenes».

Una de estas añadiduras es de sobra conocida por todos, al menos su base. Violencia vicaria se llama, y se define como el daño llevado al extremo, como el vértice vengativo del sanguinario. Cuando el maltrato hacia una persona se vuelve insuficiente, quien daña decide atentar contra lo que más quiere la otra persona: sus hijos.

Esta deriva que toma la violencia de género es la que está ocasionando a día de hoy el internamiento indiscriminado e injustificado de muchos niños y niñas en centros de menores a lo largo de toda España: «Hombres o mujeres que han maltratado acuden a los servicios sociales, cuentan su versión plagada de mentiras, y la administración se las cree. No hay investigación».

Preguntamos a Rosa qué sacan los centros con estos internamientos. La respuesta es contundente: «Dinero. Es una trama de corrupción. Se ponen trabas para quitar el amparo de tu hijo a toda costa. Un negocio para quedárselo el mayor tiempo posible». ¿Por qué? «Por 68.000 euros de inicio, que es lo que gana el centro con cada retirada de niño». Eso, más otra cantidad que ronda los 4.000 euros al mes, y que puede ascender hasta los 9.000 si el pequeño en cuestión termina medicado, algo poco insensato si se tiene en cuenta la situación por la que pasa un menor de edad.

Es decir, que el niño en desamparo, además de la tutela, va cargado de dinero estatal. ¿No sería más fácil dedicar esa cantidad a ayudar a la familia que tiene problemas? Para las fundaciones que se dedican a ello, parece que no.

Rosa sujeta «uno de los bebés salvados»
Rosa sujeta «uno de los bebés salvados»

«Nunca se han dejado de robar niños»

Como siempre ocurre, la mano de la injusticia se ceba con el moderno Tercer Estado, es decir, la clase baja de la sociedad, las gentes humildes, indefensas de cultura y abandonadas a la mano de la escasez. Pero en el caso que nos ocupa, esto ya no es una constante, y el mal aqueja también a lo que antes se definían como clases medias:

«Nunca se han dejado de robar niños. Las mismas personas han continuado haciendo lo mismo después de finalizar el Patronato de la Mujer. E incluso ahora es peor porque se hace por vía administrativa con el beneplácito de todos».

Para quien no lo sepa, el Patronato de Protección a la Mujer fue una institución franquista concebida para dar «dignificación moral de la mujer, especialmente de las jóvenes, para impedir su explotación, apartarlas del vicio, y educarlas con arreglo a la religión católica». Unos reformatorios históricos que incluían casos de mujeres que habían mantenido relaciones prematrimoniales, chicas rebeldes que salían a bailar o al cine, o huérfanas a la fuerza, entre otras.

Por vía administrativa significa que no hay informes de profesionales que avalen una desviación psiquiátrica o un Síndrome de Diógenes, por ejemplo. En vez de eso, conjeturas y subjetividad.

Tortura institucional y abusos sexuales

De la administración hacia los niños. Humillaciones psíquicas que vuelven la cabeza loca de los menores y hacen que cuestionen la veracidad y el amor de sus padres: «No llores, no te puedes ir con tu madre, anda prostituyéndose y ahí y tú no puedes estar. Además, ella es la que te dejó aquí». Desvinculación consciente e insensible hacia menores que sufren de soledad: «Bájate los pantalones, que vean todos lo maricón que eres llorando por tu mamá». Dolores viscerales que propician en el niño una inestabilidad mental que en muchas ocasiones deriva en tratamiento médico:

«Si vuelves a decir que quieres ir con tu madre, acabas en el cuarto oscuro todo el fin de semana. No sé qué empeño en volver con alguien que te odia».

Y de la administración hacia los padres. Deshonras y presiones que hunden la moral de los progenitores: «No llores, admite y firma que maltratas a tus hijos». Palabras descorazonadas propias de quien debería ser cuidado en vez de cuidar: «Tu verás lo que haces, pero como denuncies vas a perder y no los vas a ver más hasta que tengan 18 años; de eso me encargo yo y nadie te va a creer». Alertas inquisitorias de tiempos supuestamente remotos: «Está bien que supliques».

Marea Turquesa afirma haber interpuesto ya una denuncia por tortura institucional, y también haber acusado a varias residencias por presuntos abusos sexuales a sus menores. En su web se lee que, con su apoyo, «se interpuso denuncia a través de la fundación Luchemos por Ellos al Centro de acogida San Juan Bautista de Badajoz por un supuesto delito de encubrimiento, omisión de socorro y desamparo institucional».

Al parecer, y según Marea Turquesa, ocho menores podrían haber sido víctimas de estas tropelías sexuales y, «teniendo conocimiento el centro de lo que ocurría, se intentó silenciarlo e incluso se le suministró un abortivo vía intravenosa a una menor de 13 años, sin ningún control médico, que derivó en una hemorragia y fiebre».

Hay veces que la vida rueda en exceso para desembocar en el pozo equivocado. Ocurre. Pero a todos los destinos le puede pasar cualquier cosa.

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Sobre Virginia Mota

Virginia Mota
Coordinadora. Licenciada en Historia por la Universidad de Salamanca, donde además cursé un Máster en Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, aprendo cuando escribo, escribo cuando siento y siento cuando río.

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