Condecoraciones y medallas: Cuando el valor no es suficiente

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El misterioso y divino procedimiento por el que se designan los candidatos a recibir estos honores incluye también sacerdotes, fiscales, políticos y alguna que otra virgen

600 medallas han sido concedidas en 2016 a personas ajenas a los CFSE
600 medallas han sido concedidas en 2016 a personas ajenas a los CFSE

AUGC denunciaba en septiembre de 2016 que el reparto de medallas y condecoraciones en la Guardia Civil era bastante ingenioso. Principalmente debido a la información que se daba al respecto desde la Dirección General.

De las poco más de 3.500 medallas que habían ido a condecorar, casi un 68 por ciento habían sido prendidas en las solapas de los trabajadores de la escala de Cabos y Guardias. Lo que no se explicaba desde las altas esferas era que el número de oficiales es cuatro veces menor: «La escala de Cabos y Guardias, la más numerosa con mucha distancia, tan solo recibió un 3,25% del total de las condecoraciones […], frente a un 27,69 % de la escala Superior de Oficiales», asegura AUGC.

Como en todo, el monumental e ingente peligro que se sufre en un despacho parece ser motivo de reconocimiento frente al ir por las calles enfrentándose a quien se torció en algún momento de su vida, como el caso de los dos guardias civiles apaleados en Vallecas días atrás. Es mucho más peligroso manejar una poltrona caliente y una mesa de oficina que un manojo de puños cerrados viniendo directamente contra la cara:

«Desde los despachos se siguen llenando el pecho de medallas ganadas a costa de los guardias civiles que realizan el servicio en la vías públicas», se lamenta AUGC.

Las medallas no sólo brillan en la pechera

Además de bonitas, las medallas constituyen una ventaja a la hora de «elegir destino, realizar cursos de perfeccionamiento o hasta para prosperar en la carrera profesional mediante los correspondientes ascensos», por no hablar de aquellas que llevan aparejada una subida salarial para los restos. Son las medallas pensionadas, las de distintivo rojo.

En una Comisión de Interior celebrada el 14 de octubre de este año, el grupo parlamentario socialista presentó una «Proposición no de Ley sobre concesión de condecoraciones». Según esta, y haciendo referencia al último informe del SUP, el reparto de condecoraciones pensionadas en 2016 se realizó de la siguiente manera en la Policía: 191 concedidas, 7,6% para la escala superior, 1,58% para la ejecutiva y 0,007% para la escala básica.

El Ministerio del Interior argumentaba también que 35 de las 61 de Mérito con Distintivo Rojo concedidas fueron para la Escala de Cabos y Guardias. Y sí, 26 fueron para las escalas de suboficiales y de oficiales, pero ya se ha dicho que el volumen de trabajadores en una y otra se multiplica por cuatro, algo que, según AUGC, «no deja lugar a dudas de cómo se reparte el sacrificio, por un lado, y los honores, por otro, en la Guardia Civil».

¡Medallas para todos!

600 medallas han sido concedidas en 2016 a personas ajenas a los FCSE. Así, una de las principales quejas de los implicados en su concesión es el extraño y misterioso procedimiento por el que se designan aquellos que serán condecorados. Extraño, por ejemplo, por la intriga que rodea a la designación de un político —que está muy bien, pero no suele dejarse caer por las Tres Mil Viviendas o por la Cañada Real—, y divinamente mariano por el nombramiento de una virgen a la que tampoco nadie, al menos en su cordura natural, ha visto patrullando la Castellana o los arrabales mirobrigenses.

La designación, según decía el OCC en octubre de este año, distingue «en muchos de los casos a funcionarios, por amistad o conveniencia, que no reúnen méritos profesionales suficientes». La virgen y el político están henchidos de mérito, pero su campo de actuación es otro. Es intrusismo profesional. Y vaya por delante que ellos no tienen culpa, sino que la responsabilidad es de quien propone.

En la Guardia Civil, las medallas se dan «para premiar las acciones o conductas de extraordinario relieve», tal y como reza la ley 19/1976, de 29 de mayo; en la Policía, es la ley 5/1964, de 29 de abril la que establece que para que uno sea condecorado es «necesario que los hechos que se premien sean hechos distinguidos que impliquen acusado riesgo para quienes los realicen». Entonces, ¿es el enorme riesgo de clavarse la punta de una pluma estilográfica en la yugular o el de bajar de cabeza las escaleras del Congreso una acción tan aventuradamente arriesgada?

El caso es que en la Proposición no de Ley del PSOE se decía que, sin existir límite en su concesión, el número de medallas se había disparado en «las escalas superiores y para miembros de la sociedad civil ajenos al quehacer de las fuerzas y cuerpos de seguridad: empresarios, deportistas, cargos políticos, y ahora directores de periódicos». Tanto, que para este año y para el próximo se han sacado a licitación, por parte del Ministerio de Interior, 33.500 medallas sin ningún control, que costarán unos «467.060 euros, IVA incluido».

Todos tenemos nuestros méritos propios, pero no se puede equivocar la denominación de un reconocimiento. Que se ideen otros de naturaleza diferente para premiar a aquellos que tienen, que tenemos, la vida entre algodones. Es decir, cada cosa en su sitio: el político en el Congreso, la virgen en la iglesia y la medalla en quien arriesga su bienestar y su vida.

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