La Biblia se equivoca: Jesucristo no fue un mesías divino

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No hay ni un indicio, ni uno, de que se supiese que antes de la victoria, Jesucristo iba a ser muerto y resucitado.

La exégesis tradicional se equivoca, y lo dice ella la propia Biblia
La exégesis tradicional se equivoca, y lo dice la propia Biblia

 

Claro queda que de los evangelios no interesa la exactitud, sí el mensaje, algo que no es necesariamente negativo si se tiene en cuenta en qué categoría literaria se debe encuadrar un determinado libro. En el caso de la Biblia, sus autores adaptaron la vida de su mesías a las necesidades del momento. Sin puntualizar. Así, a Jesucristo le hicieron, por ejemplo, originario del lugar que más convenía para hacerlo a su vez descendiente de David, única forma esta para que pudiese casar dentro de la figura de Mesías, con mayúsculas. Por eso Jesucristo nació en Belén igual que lo hiciese David, y no en Nazaret. Son adaptaciones de leyenda.

En aquella época, la popularidad que había alcanzado Jesús, un hombre en pro de la revolución como otros tantos en la Historia, prendió en el seno de la lucha por los derechos de una sociedad vulnerada y vapuleada como también tantas otras en la Historia. Muchos han sido los estudios que se han hecho de la Biblia, desde interpretaciones exclusivamente históricas —como es nuestro caso— a chanzas premonitorias más propias de gurús especulativos que de interesados en el tema. Son las primeras, las históricas, las que más llaman la atención, por objetivas, pero también por contar sus facultades con la lucidez y la capacidad necesarias para analizar la religión como un tema más —atractivo, por cierto— de la memoria del hombre.

Y aunque la escasez de fuentes no cristianas obliga, impulsa, a ser críticos, existe una Historia paralela a la de Jesucristo que está perfectamente documentada. De este modo se puede decir con total seguridad que Jesús fue crucificado antes del año 36 d.C. —si se atiende a la prefectura de Poncio Pilato— o que nació entre el año 7 y el 5 a.C., durante los tiempos en los que Herodes reinaba, lo que adelantaría nuestro año actual. Es Historia.

No fue tanto el secreto

No lo hubo, no existió. El secreto mesiánico, es decir, la revelación del aterrizaje en la Tierra de un mesías que liberaría a la humanidad de la propia humanidad, previo sufrimiento, previa ascensión a los cielos, previa resurrección, es un aspecto que chirría dentro de los Evangelios. Entonces más que ahora o, al menos de diferente forma, los hombres esperaban la llegada de un mesías de manual, un salvador guerrero, bravo y valeroso que desatase los yugos sociales a los que se encontraban encadenados. Esperaban, solamente, la llegada de un hombre que pusiera la corona victoriosa a la revolución. Como muy bien define Puente Ojea, se aguardaba «una visión tradicional del concepto» de mesías, uno de esos de toda la vida.

Pero la Biblia lo quiso deificar. Pablo lo quiso divinizar. En Lc. 24. 17-21, por ejemplo, se narra un episodio de la resurrección de Jesucristo en Emaús, aldea cercana a Jerusalén. Con «los ojos velados para que no lo reconociesen», el recién resucitado se acercó hasta un par de hombres que despachaban desilusionados sobre el tema: «¿Qué discusiones son estas que tenéis entre vosotros mientras vais andando?», preguntó. «Y ellos se detuvieron, con semblante triste, respondiendo uno de ellos, llamado Cleofás: ¿Eres tú el único visitante en Jerusalén que no sabe las cosas que en ella han acontecido en estos días? Entonces Él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: Las referentes a Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo los principales sacerdotes y nuestros gobernantes le entregaron a sentencia de muerte y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que Él fuese el que iba a redimir a Israel». Los dos hombres esperaban un mesías vencedor, el burlador de la muerte, el invencible. No hay ni un indicio, ni uno, que evidencie que supiesen que antes de la victoria, Jesucristo iba a ser muerto y resucitado. En este caso, en el supuesto de que el secreto mesiánico hubiese existido como tal, la pareja de Emaús esperaría ilusionada la muerte en la cruz de su mesías, y eso tiene un matiz algo gore.

Otros hechos similares ocurren en diversos pasajes del libro sagrado: Mc 16.11, Mt 26.56 y Jn 20.9, 25, 27-29. De estos tres, es el de Mateo el que arroja más luz al asunto: «Entonces todos los discípulos le abandonaron y huyeron». Ahora hay que preguntarse: ¿Por qué lo dejaron allí si conocían el secreto? ¿Por qué no esperaron la resurrección en vez de poner pies en polvorosa? Sin duda, dice Ojea, «por entender que la cruel realidad había puesto el punto final a una loca aventura».

En ninguna cabeza cabe que una revelación de esas características pudiese ser olvidada en poco más de una semana, que es el tiempo que pasó desde que Jesucristo fue apresado. No es una confesión de patio de colegio, es un sinvivir anímico. Basta imaginar el golpe emocional que la espera de una crucifixión, de un ascenso a los cielos y, ahí es nada, de una resurrección, puede causar en la cabeza de uno.

Sólo hombres que luchan por los derechos de otros hombres

Jesucristo fue un ser humano, ni más, ni menos, un hombre religioso al uso sin ningún rasgo divino que se sintió elegido por dios para transmitir su mensaje, el de instaurar en la Tierra el reino de los cielos, el traer la paz allí donde era muy necesaria. Se vienen a la cabeza infinidad de casos en la Historia que han tenido la misma base. Por citar alguno, podemos mencionar aquí el del Rey Sol, el de Felipe V y su Armada, o el de Gadeón. Jesucristo, al igual que gran parte de la sociedad de la época, buscaba a un mesías cortado por el patrón de la tradición judía. Fueron las creencias fanáticas de la época, las de Pablo concretamente, las que lo alejaron de la vida cotidiana y lo hicieron ascender a los cielos, las que lo despolitizaron y lo desjudaizaron, las que le dieron el beneficio de ser protagonista de la recién fundada Iglesia, y por ende, las constructoras de «El mito de Cristo».

Pero esto no impide que Jesucristo fuese un hombre maravilloso que hiciese el bien. Porque el ser terrenal, o el no ser divino, que es lo mismo, no es una traba para que sean conferidos poderes sobrenaturales. Se vienen a la cabeza infinidad de casos, el de la Madre Teresa, el de Elie Wiesel, el de Tawakkul Karman, o el de otros cientos de anónimos que alivian el respirar de los que no encuentran motivos para hacerlo, sólo con su propio respirar, desde el suelo, sin cielos abiertos, sin aguas y vinos, sin alas.


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Sobre Virginia Mota

Virginia Mota
Coordinadora. Licenciada en Historia por la Universidad de Salamanca, donde además cursé un Máster en Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, aprendo cuando escribo, escribo cuando siento y siento cuando río.

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