La vergüenza del escritor

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La vergüenza del escritor

Cuando Ángeles, la directora de la escuela de escritura ITACA, me pidió que fuera a hablar en la fiesta de fin de curso tuve una primera sensación, vergüenza. Algo curioso, teniendo en cuenta que me he pasado gran parte de mi vida profesional hablando en público. A partir de ese momento empecé a pensar en cuál sería el tema de mi charla. No tuve que buscar mucho, la idea ya me había venido a la cabeza, hablaría de la vergüenza a la hora de escribir.

He tenido tres momentos en los que la vergüenza, la timidez o el rubor quisieron apoderarse de mí. Uno de ellos, cuando, en público, empecé a leer estas líneas. Delante de mí tenía personas apasionadas por la lectura y la escritura. Al mismo ritmo que las palabras fueron saliendo, el sofoco empezó a disminuir. Ocurrió también cuando tuve que leer mi primer relato en público. Fue breve, cuando pronuncie la primera palabra la vergüenza se desvaneció. La tercera vez, que seguramente no será la última, sucedió cuando me pidieron que escribiera un relato violento.

Escribí una historia cargada de agresividad, sucia y soez. Algo fácil, lo disfruté, un acto de liberación con el que descubrí que a la hora de escribir no existen límites, y que tampoco deberíamos de ponerlos. Cuando me tocó leerlo delante de otras personas recuerdo que lo hice sin levantar los ojos, no quería ver sus miradas. Lo guarde en un cajón sin saber qué hacer con él, no me atrevía a mostrarlo en público. Al cabo de unos meses publiqué mi primer libro de relatos, ‘’150 palabras’’. No lo incluí. Quise buscar argumentos que justificarán aquella decisión, la realidad fue que sentí vergüenza. Con el tiempo encontré la convocatoria de un concurso literario, se denominaba Relatos Incómodos. Encajaba perfectamente, lo presente, nadie me iba a mirar. Patrick y el señor O’ Connor quedó segundo clasificado.

La vergüenza del escritor, en mi caso, nunca se produjo. Mi vergüenza siempre ha estado relacionada con las miradas, ni siquiera con las opiniones. Lo escrito hasta el momento es una visión parcial, solo he hablado de lo que me ocurría a mí. Tenía que averiguar si realmente existe la vergüenza del escritor. Empecé a investigar, hice preguntas le puse al señor Google: «tienen los escritores vergüenza», la respuesta fueron 574.000 resultados.

Me llamó la atención un comentario que hablaba de la ‘’ vergüenza de decir que eres escritor’’. No entendí que quería decir, no entendí cuál era la razón de que una persona se sintiera avergonzado de decir que era escritor. Se lo tengo que preguntar a uno de verdad. Es como si a alguien le diera vergüenza decir que es abogado, fontanero, filósofo o criador de pollos. Esto me llevo a hacerme de nuevo una pregunta, ¿Qué es ser un escritor?, yo no lo sé. Solo tengo clara una cosa, un escritor no es el que vive de ello, en este caso creo que habría muy pocos. ¿Es el que escribe un libro, dos, tres?, ¿cuántos?, ¿el que tiene un blog y publica?, ¿el que escribe en un periódico artículos de opinión? No le voy a dar más vueltas, no tengo ni idea de lo que es ser un escritor. Una nueva duda para resolver. Despejar dudas es como ir tachando las tareas apuntadas en la agenda, vas eliminando angustias. Aunque si os pasa como a mí, me angustia quedarme sin tareas, y si algún día dejará de dudar empezaría a desconfiar de mi mismo. Descubrí otras vergüenzas: la de las opiniones, los comentarios y las críticas. De nuevo esta vergüenza no es exclusiva de la actividad de escribir. Seguí buscando y no aparecía nada que valiera la pena. En la red puedes encontrar muchas cosas interesantes pero también muchas estupideces, es un lugar donde la gente no tiene vergüenza. Algunos blog con «Consejos para eliminar la vergüenza a la hora de escribir». Lo englobo en el apartado de soluciones de curandero.

Creo que el mejor consejo que se le puede dar a alguien que tiene vergüenza a la hora de escribir es que no lo haga. Si en realidad lo que tiene es vergüenza a las miradas externas y a las opiniones, que escriba y que luego lo guarde en un cajón bajo siete llaves. Con el señor Google mi paciencia llegó a su límite. Deje de buscar y decidí que lo mejor sería finalizar con mis propias reflexiones. La vergüenza te lo hace pasar mal y te atenaza. Escribir debe de ser un acto que te divierta, que te permita ahuyentar tus fantasmas, liberarte de angustias, que sea perturbador, pero nunca que te ocasione ansiedad. Ocurre lo mismo que con muchas otras actividades, la vergüenza te paraliza, por lo tanto si la tienes, abandónalas y regresa cuando desaparezca.

Creo que lo que verdaderamente produce vergüenza no es el acto de escribir, es el acto de mostrar en público lo que hacemos. La vergüenza no está en el «hacer», está en el «ser vistos, leídos y observados».

Me acordé de un viaje que hice a Ámsterdam. Lo que más me llamó la atención no fueron los canales, las bicicletas o las casas inclinadas. Lo que más me llamó la atención era la falta de cortinas en las ventanas. Durante el día pensé que la escasez de luz había sido determinante a la hora de no poder impedimentos a los pocos rayos del sol. En el norte de España, predominan los días grises, pero las ventanas suelen ser pequeñas y están protegidas con cortinas que impiden el paso de la luz. En un paseo al atardecer por una antigua zona portuaria, convertida en residencial, las casas, hasta las de planta baja, estaban con las luces encendidas y sin ningún tipo de impedimento que las protegiera de las miradas externas. Hubo momentos en los que parecía que yo estaba dentro de sus salones.

Empecé a preguntar, también consulté al señor Google, siempre encontré la misma respuesta.

El origen está en su pasado cultural y religioso. En contra de la tradición católica de tupidas cortinas, los calvinistas muestran sus casas y pertenencias como signo de que no tienen nada pecaminoso que ocultar a los ojos de nadie. Por lo tanto, nadie tiene interés en mirar. Lo que en este caso sería fisgonear. Seguramente es la misma razón por las que sus administraciones públicas son muy transparentes. Las nuestras siguen teniendo muchos puntos oscuros y en muchos casos vergonzosos.

Si en realidad la vergüenza está en las miradas y en las opiniones entonces escribe, escribe mucho y luego si quieres le pones cortinas. Natelie Golberg, en su libro “El gozo de escribir” dice: Si no tienes miedo de escuchar la voz que hay dentro de ti, no lo tendrás de escuchar las voces críticas de fuera.

Escribe y que la vergüenza no te paralice.

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