Lo teníamos todo, todo menos él

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Me ha dado por mirar al pasado, por recordar mi sacrificio, mi esfuerzo en llegar a ser la mujer que se esperaba de mí, e incluso superar esas expectativas.

Entonces, se me nublan los ojos, una tremenda tristeza me invade, y tengo la sensación, que han sido muchos los años perdidos, en algo a lo que me he visto arrastrada.

Lo teníamos todo, todo menos el…
Lo teníamos todo, todo menos el…

Algunas noches, sobre todo aquellas después de llegar de alguna fiesta o del teatro, me cuesta dormir. Entonces tengo un pensamiento recurrente, entonces repaso mentalmente los últimos años de mi vida, los momentos vividos, las fiestas a las que he sido invitada, los vestidos que he estrenado, las joyas que mi marido me ha regalado. Me siento realmente una triunfadora. Ni en mis mejores sueños, en la lejana adolescencia, en el pueblo, soñaba con poder llevar una vida así.

Poco después empecé a salir con Adrián, un vecino de toda la vida. Nuestras familias propiciaron nuestro compromiso, ya que eran también amigos. Todo fue realmente sencillo. Todo, excepto esos años de separación durante la universidad, de los que he de reconocer que fueron duros para ambos, aunque yo desde mi soledad, desde mi estado casi de aislamiento en el pueblo, creo que lo viví con mayor intensidad que él, en Madrid.

No, no tengo motivos para pensar que él aquí, solo en la capital, llevara una vida que no fuera dedicada a los libros y al estudio. Pero yo en el pueblo no tenía más opciones que aplicarme a ser una buena ama de casa, a sacar el mejor partido de mi misma y a aprender a comportarme en sociedad como se hacía a la vieja usanza.

Sí, ambos procedemos de dos rancias familias, conservadoras y arraigadas a las tradiciones, los estudios para los hombres, los negocios para los hijos varones, la casa y la educación de los hijos para las mujeres.

Hoy me ha dado por mirar al pasado, por recordar mi sacrificio, mi esfuerzo en llegar a ser la mujer que se esperaba de mí, e incluso superar esas expectativas.

Adrián duerme ya en la cama hace un rato a mi lado, pero no lo siento junto a mí. Paro un momento en esta reflexión y, de pronto, un amargor me sube desde el estómago, una especie de bilis que me llena la boca y a punto está de provocarme el vómito.

Entonces se me nublan los ojos. Una tremenda tristeza me invade y tengo la sensación de que han sido muchos los años perdidos en algo a lo que me he visto arrastrada. Sí, reconozco que el primer paso lo di yo, lo dimos nosotros. Hoy en día no tengo muy claro si fue algo tan libre o de alguna manera empujados por nuestro entorno, pero tengo muy claro que esto no me llena, que sacrifiqué mi juventud, que se me está pasando el arroz para ser madre ya que, según él, nunca es el momento de ser padres. Antes hay que hacer sociedad, estabilizarnos económicamente y, sobre todo, trepar socialmente.

Hoy algo más de un año después y lejos de esa cama fría, de esa casa que con esmero aprendí a llevar durante años para luego ni siquiera entrar en la cocina. ya que el servicio se encargaba de todo, ahora me siento libre, feliz, completa, realizada al cien por cien, a pesar de carecer de muchas cosas de las que antes tenía, pero que para nada echo en falta, aunque lo mejor será comenzar por el principio.

Cierto es que todo empezó tras esa noche negra, noche que dio luz a mi existencia, ya que a la mañana siguiente al levantarme me sentí una mujer diferente, renacida, con las ideas claras y que por primera vez en años sabía lo que quería.

Al aparecer por la cocina y ponerme a preparar mi desayuno, María la chica interna en casa se sorprendió.

─Señora, yo se lo preparo.

─No te preocupes María, hoy quiero desayunar como lo hacía cuando era joven.

Sé que la fastidie mucho más y la di más trabajo que si me hubiera sentado en la sala a esperar lo que ella me preparaba, ya que la cocina se quedó todo, mangas por hombro, para prepararme un simple café con leche, una tostado con aceite y tomate y un zumo de naranja natural.

Pero este simple hecho cotidiano, sirvió para reafirmarme como persona, para dejar de sentirme una inútil en mi propia casa. Esto fue el principio del fin, después, tesón, lucha y tener las cosas claras.

Siempre he sido una negada en eso de las redes sociales, pero cuando una quiere algo, es más grande el deseo, que los impedimentos. Me abrí una cuenta en Twitter y Facebook, y lo primero que hice fue buscarlo.

─¿Buscar a quién? ─os preguntareis.

─Él se llama Jonás, también es un chico del pueblo, mi amigo del alma desde pequeño, pero al terminar la EGB, y dejar de estudiar para ponerse a trabajar, de alguna manera nos distanciamos.

Jonás, era un alma blanca, vivía a las afueras del pueblo, en la casa de labranza, que hay en la finca propiedad de la familia de mi madre, allí trabajaba su padre como capataz y por ello tenían derecho a la vivienda.

Obviamente no era parte de mi círculo social, y tras dejar el colegio, los encuentros eran algo fortuitos y cuando adquirieron una cierta regularidad por interés de ambos, mi madre se encargó de hacerme ver cuál era mi sitio, en principio con buenas palabras, después otras de más grueso calibre, para terminar con amenazas.

Todo terminó cuando Adrián y yo dimos aquel paso, entonces las aguas volvieron a su cauce y el tiempo y posteriormente la distancia, me hicieron olvidarme de él.

Poco antes de contraer nupcias, alguien me informó que se había marchado del pueblo, que al final, al no tener nada que esperar allí, lo mejor sería alejarse e intentar rehacer su vida, coger su camino propio y tratar de ser feliz.
Volviendo a lo importante, a pesar de mi torpeza, encontré a alguien con su nombre y apellidos en Facebook en esa primera búsqueda.

Jonás Pérez López, al verlo, me creía la reina de las redes sociales, hasta que me apareció una relación, en la que al menos había 20 nombres idénticos. Cerré la aplicación y salí de casa a tomarme un café, y que me diera un poco el aire.

Estaba contrariada, obcecada, pero fue recibir la primera bocanada de aire fresco en la cara y mi mente se reseteo, de golpe establecí un plan de búsqueda, un plan metódico, machacón, estudiar uno a uno cada uno de los perfiles, descartando por sexo, por edad, por situación geográfica o indiscutiblemente por fotografía, en el caso de que las expusieran.

Media hora después volví a casa, me había tomado un café sobre la marcha, pero sobre todo había dado un largo paseo, que me había cansado físicamente y renovado la mente.

Delante del ordenador, estaba llena de energía, el trabajo de esta búsqueda era tedioso, monótono y según avanzaba y me encontraba perfiles descartados, sentía algo de ansiedad, pensando en la posibilidad de que no lo encontrara.

Entonces en mi cabeza comenzó a surgir una opción B, era la menos convincente, ya que tendría que involucrar a personas cercanas para indagar sobre él, ya que un par de años después de su marcha, su familia le siguió los pasos.

Las primeras luces artificiales de la jornada comenzaban a iluminar las tristes calles de avanzado otoño, un último rayo de sol entraba por la ventana, tras reflejarse en una de las altas ventanas de la torre de la iglesia, me deslumbra y daba una iluminación algo fantasmagórica a la sala, cuando casi al final de la lista, lo encontré.

Revisé su perfil varias veces, confesaba tener una relación de años con alguien, por su lugar de origen, estaba claro que era él, pero no residía en Barcelona como sospechaba, sino en un pueblo pesquero de la provincia de Castellón.

Como foto de perfil, un paisaje campestre, me llenó de esperanza, era el viejo nogal de la finca, entre un extenso trigal, ese árbol que tantas veces en nuestra adolescencia fue testigo de nuestros devaneos, de nuestros primeros besos, de nuestro despertar a un sexo incipiente, pero incompleto, un deseo que no llegó más allá de revolcarnos, besarnos, tocarnos y sobre todo desearnos febrilmente devorando nuestra bocas con la ansiedad de la inexperiencia, llegando a hacernos marcas difíciles de justificar.

Mientras, los recuerdos me embriagan el corazón, me nublaba el cerebro y encharcaba mis ojos, por lo que pudo haber sido y no fue, le envié un privado.

─Hola Adrián, soy Ariadna, ¿te acuerdas de mí? ─le adjunte una foto y apagué el ordenador.

Esa noche teníamos una cena con uno de los jefes de mi marido, una de esas interminables cenas dónde ellos hablan de sus cosas y nosotras nos miramos como bobas, sin poder participar, sin saber que decir y manteniendo conversaciones circunstanciales, vacías y en las que siempre terminamos hablando de trapitos, o de los complementos que llevamos.

Al día siguiente, mientras desayunaba, recordé la búsqueda y ansiosa encendí el ordenador, tenía el corazón encogido, mientras se terminaba de activar, mil imágenes, montones de recuerdos y algunas frases de amor eterno, me bombardeaban.

Mi mensaje estaba sin respuesta y lo que más me afectó, es verlo en línea, verlo conectado, pasando de mí.
Creo que los ojos se me llenaron de lágrimas, mi visión se nubló, pensando en la posibilidad de que todo aquel recuerdo solo estuviera en mi cabeza, solo fuera por mi parte y para él, solo fuera un recuerdo lejano, un incipiente amor, o lo que aún es peor, un recuerdo traumático.

Realmente no tenía derecho a aparecer en su vida de golpe, una década después, pensando en que nada había ocurrido, la vida trascurre lentamente y a veces el tiempo trascurrido hace una mella inexorable en la mente, difuminando e incluso borrando los recuerdos, por muy bonitos que estos fueran.

Estaba a punto de apagar el ordenador, cuando algo llamó mi atención, las lágrimas de mis ojos no me habían permitido ver la entrada de su mensaje, un mensaje que iluminó mi cara y me llenó de júbilo.

─Llevo años esperando este mensaje, me cree este perfil solo pensando en ti y en nuestro reencuentro.

Tuve que restregarme los ojos varias veces, para asegurarme de lo que leía, para cerciorarme que era cierto y no fruto de mi imaginación o mis deseos, pero era totalmente cierto allí estaba él, respondiendo a mi mensaje, en impaciente espera. Ahora me tocaba a mí, responderle, enviarle una frase inequívoca, tal y como él me había respondido a mí.

─Hoy mi búsqueda termina, y comienza nuestro reencuentro.

Creo que la frase fue definitiva, concluyente, no recuerdo bien las siguientes frases, solo el intercambio de nuestros números de teléfonos, nuestras conversaciones eternas por whatsapp, que borramos a continuación para no ser sorprendidos y que así nadie nuevamente entorpeciera nuestros planes.

El tiempo se nos hizo eterno, a pesar de solo pasar un par de semanas, hasta nuestro primer reencuentro, hasta poder organizar un fin de semana, juntos en Valencia.

Fue vernos, olernos, juntar nuestros labios nuevamente y todo volvió a una década atrás, fue como viajar a través del tiempo y que nada hubiera sucedido, volvimos a nuestra tierna juventud, a aquellos días salvajes de verano, en que despertábamos a la sexualidad con nuestra inexperiencia y nuestra inocencia.

Ese fin de semana me dio la vida, nos dio la vida, pero en esta nueva existencia, ya nada tenía sentido si no estábamos de nuevo juntos.

Hoy, estamos celebrando nuestro primer aniversario de reencuentro, unos días después, decidimos fugarnos juntos, nos volvimos a encontrar en Valencia, solo unos pocos ahorros, una pequeña maleta y un joyero repleto de accesorias joyas para subsistir un tiempo.

El día que supimos que íbamos a ser padres, la noticia llegó con un contrato de trabajo para Adrián.

Hoy vivimos en un humilde apartamento que no sé cómo organizar tras la llegada de nuestro pequeño Johnny.

Mis padres me dieron la espalda, la familia de Jonás está a nuestro lado incondicionalmente, pero soy completamente feliz, tengo pocas cosas, pero ando sobrada de AMOR, de mi primer amor y al fin he sido madre, uno de esos anhelos largamente buscado infructuosamente en mi matrimonio y que a pesar de tenerlo todo, nunca era el momento.

Jonás, irradia felicidad por todos los poros de su cuerpo, su madre dice, que los ojos le brillan como nunca antes lo habían hecho.

Atrás quedó mi matrimonio, fatuo, inocuo, sin futuro, sin amor, pero lleno de cosas superfluas, que ni quería, ni anhelaba.

En el pasado una relación de pareja de Jonás, que nunca pasó de lo políticamente correcto y el alejamiento de mi familia.

Mientras pienso en este último año, con mi hijo en brazos, un conato de nostalgia me invade, pienso en mi madre, en lo mucho que anhelaba ser abuela, en el estricto, pero a la vez, tierno de mi padre, lo orgulloso que se sentiría con su nieto sobre las piernas o llevándolo al casino del pueblo, el timbre de la puerta me abstrae de estos pensamiento, dejo a Jony en su cunita y acudo a la llamada impertinente del timbre que no deja de sonar.

En el marco de la puerta están ellos, con la mejor de sus sonrisas, con los brazos abierto para cobijarme, Jonás se ha puesto en contacto con ellos, para comunicarles que son abuelos y ellos acuden raudos a la llamada de la sangre, a corregir según me han confesado entre lágrimas el error que cometieron años atrás, separándome de Jonás y encauzando mi vida con un temprano compromiso, con alguien a mi altura social, pero muy lejos de mis expectativas personales.

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