Los macabros gustos de Isabel Báthory, la Condesa Sangrienta

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Isabel Báthory agujereaba los cuerpos de las muchachas repetidamente hasta verlos consumidos, algo que podía durar semanas. Todo por la eterna juventud

 

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Que la condesa Báthory tuviese genes pasados y presentes con muy poca cordura debido a los matrimonios consanguíneos no la exculpa de su afición por las torturas macabras. Tampoco que Transilvania, cuna de la aristócrata, fuese la tierra que viera nacer a Vlad el Empalador, hombre este que mucho gustaba de los espetos humanos y a partir del cual, dicen, Bram Stoker ideó a su famoso y vampírico Conde Drácula.

Pero aunque con los genes embarullados, Isabel no era indocta, ignorante o taruga, al contrario. Isabel pertenecía a una de las familias con más abolengo del siglo XVI húngaro, los Báthory. Su tío Istvan, por ejemplo, fue un humanista educado en la corte de Fernando I de Habsburgo, que se proclamó rey de Polonia desde 1575. Además, Erzsébet se manejaba a las mil maravillas con el latín, con el húngaro y con el alemán, todo fruto de una exquisita educación.

¿Por qué la Condesa Sangrienta?

Utopía. Isabel Báthory tenía el mal de los que no aceptan que el paso del tiempo enriquece. La condesa, como tantas, no quería envejecer y se las arregló para poner un remedio que, a su juicio, trababa con éxito las manecillas del reloj. Y trabó, sí, hasta el seso mismo, porque la condesa vio en la sangre de las vírgenes la fuente de la eterna juventud.

Los casi 620 asesinatos que Erzsébet Báthory cometió en la Hungría del XVI contaron con el beneplácito que a uno le da el pertenecer a las altas esferas de la sociedad. Por eso, los oídos fueron sordos ante la desaparición, tortura y asesinato de las muchachas del burgo húngaro. Así fue hasta que Transilvania se quedó vacía de chicas de a pie, y la condesa tuvo que echar mano a las hijas de sus iguales —socialmente hablando—, a las princesas de los príncipes de aquella Europa y a las doncellas pubescentes de la flor y la nata aristocrática.

Peculiar en lo que a tendencias sexuales se refiere

La educada Isabel Báthory fue casada con el conde Ferenc Nadasdy cuando ella tenía 15 años. Aunque era un matrimonio heterosexual al uso, Erzsébet mostraba interés en el sexo femenino, y gustaba practicarlo cuando su marido guerreaba en alguna contienda fuera de la corte. El problema para la época no era tanto su adulterio como su interés en el sadomasoquismo, que en aquellos tiempos, ya se sabe, los hijos bastardos estaban a la orden del día.

Erzsébet se encamaba con las doncellas que se mostraban abiertas a complacer sus deseos sin saber la que se les venía encima. Porque cuenta la historia, que a Isabel le ponían los golpes brutales y la sangre a tutiplén, lo mismo daba si caía sobre ella o sobre otra u otras.

Se puede hacer uno a la idea de la bestialidad de tales excesos sexuales atendiendo al testimonio de una de las pocas chicas que lograron escapar de las zarpas de la condesa Báthory. La muchacha contó que una de sus compañeras, Pola, fue desangrada dentro de una jaula esférica demasiado pequeña para que alguien pudiese permanecer sentado, y demasiado pequeña también para que alguien se pusiese en ella en pie. Desangrada, en principio, para que la condesa se bebiese y se frotase el humor de Pola; desangrada porque la jaula estaba forrada de cuchillas afiladas tan grandes como una oreja.

Como Pola se zafaba de ser cortada, Isabel comenzó a balancear la jaula de lado a lado mientras una de sus ayudantes picaba desde abajo a la muchacha con un pincho para satisfacer su ansia psicópata. Esas zozobras desencadenaron al fin, según se cuenta, en una orgía en la que Isabel miraba a dos sirvientas que retozaban bajo la jaula de Pola hasta que las carnes de la pobre muchacha terminaron desparramadas a su alrededor.

Y no sólo en lo referente al sexo

Tener cuatro hijos no es cosa fácil, ni para la mente ni para el cuerpo. Isabel tuvo tres hijas y un hijo y, como a todas, eso le pasó factura. Hay quien asegura que durante el tiempo que sus vástagos fueron de teta, a ella se le calmó la vena asesina; y hay quien asegura que no, que su mente maquinó y maquinó durante toda su vida hasta materializar ,con insoportable crueldad, sus más oscuros deseos. Cuestión de puntos de vista.

Sea como fuere, al igual que no fue excusa la legión familiar de tarados de la que procedía Isabel Báthory, tampoco lo fue el estar recluida en el castillo Ecsed junto a su suegra y por orden expresa de su marido, que el aburrimiento tiene remedios más sencillos y más corrientes.

Así es que Isabel dio rienda suelta a sus tormentos una vez quedó viuda. Se ve que «a rey muerto» ella comenzó a preocuparse por su aspecto, a obsesionarse por mantener impertérrita su belleza. Así que animada por una de las brujas locales, Darvulia, se montó en los sótanos de palacio un laboratorio de torturas para conseguir allí la eterna juventud.

Pero no era muy de pipetas y de vasos de precipitados; a Isabel le gustaba más la sangre de las doncellas. La bebía y se daba friegas con ella después de habérsela quitado a sus dueñas con las torturas más descabelladas y psicópatas que se recuerdan en la Historia de Hungría.

Como ejemplos diremos que Isabel Báthory encepaba a las muchachas durante días y a la intemperie después de haberlas molido a palos; agujereaba sus cuerpos repetidamente hasta verlos consumidos, algo que podía durar semanas; utilizaba sin piedad la doncella de hierro, el útil medieval de tortura con forma de ataúd que, relleno de pinchos oxidados, pretendía dar tormento despacio al punzar con cada clavo las partes del cuerpo de las muchachas en las que no se localizaban órganos vitales.

Por la eterna juventud. Como en todo, existen un par de versiones: una, la que aquí es; la otra, la que responde a una trama urdida por los enemigos de Isabel Báthory para arrebatarle el poder en Hungría. De cualquier modo, búsquedas de la vida eterna siempre ha habido, al igual que psicópatas, hermosas doncellas e intrigas palaciegas.

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Sobre Virginia Mota

Virginia Mota
Coordinadora. Licenciada en Historia por la Universidad de Salamanca, donde además cursé un Máster en Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, aprendo cuando escribo, escribo cuando siento y siento cuando río.

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