Los muertos que no cuentan

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Desde el día que Aylan Kurdi apareció ahogado en una playa griega, más de 800 pequeños inmigrantes han muerto en el mar.
Desde el día que Aylan Kurdi apareció ahogado en una playa griega, 800 pequeños inmigrantes más han muerto en el mar.

 

El mar, empachado de cuerpos, ha vomitado en la playa. Ciento diecisiete personas, muertas sobre la arena de la playa de Zuwarah, en Libia. Muchos son niños, algunos muy pequeños. El mar ha regurgitado su indigesto festín a lo largo de 25 kilómetros de costa, sembrando la orilla con cadáveres inertes, desarticulados en posiciones indignas dictadas por los caprichos de las olas. Mezclando el perfume del salitre con el hedor a descomposición. Quizá sea ese el olor de la impotencia. O el olor de la vergüenza.

Los voluntarios de Media Luna Roja creen que esas ciento diecisiete personas murieron en un naufragio hace más o menos una semana. Creen. No hay nombres, no hay datos, no se sabe de dónde zarparon, ni cuándo exactamente. No se sabe de qué huían. No se sabe qué esperaban. De quién eran hijos. De quién eran padres. La semana pasada un guardacostas interceptó varios barcos que llevaban unas 450 personas a bordo, con destino Italia. Algunos de los rescatados contaron que una barcaza con unas cien personas se había hundido y que habían muerto todos. Podrían ser ellos, quizá. O quizá no. También podrían ser otros, porque al menos mil personas han muerto ahogadas en una sola semana. Puede que sean muchas más. ¿Quién sabe cuántas ha secuestrado y digerido el mar? Si el Mediterráneo, después del enésimo atracón, no hubiera vomitado ciento diecisiete cadáveres sobre Libia, no sabríamos de ellos. Hoy no tienen nombre, pero si sus cuerpos hinchados no tapizaran la playa, ni siquiera serían un número.

Pongamos que un niño francés (quien dice francés dice belga, o alemán, o incluso esloveno, aunque muchos no sepan bien dónde colocar Eslovenia en un mapa), hubiera muerto ahogado en una playa española. Hoy sería noticia en primera página. Ondearía a media asta alguna bandera. Quizá hasta un apesadumbrado presidente del gobierno llamaría por teléfono a su homólogo extranjero para decirle que qué pena. Había decenas de niños muertos en la playa de Zuwarah. Muertos de los que se habla poco, porque como se mueren en casa de otro parece que huelen menos. Son los muertos “que no cuentan”.

Algo así debieron de pensar los dos periodistas de Cádiz que, tras ver la foto de las playas libias salpicadas de cadáveres, asumieron que la noticia duraría en los medios lo que dura un eco. Hace cuatro días esos dos periodistas organizaron en la playa de Santa María del Mar una recreación del macabro escenario de la playa de Zuwarah. Decenas de voluntarios se tumbaron en la orilla, vestidos, empapados, dejándose empujar por las olas, inmóviles, medio enterrados en la arena mojada. Algunos de los que pasaban se quedaron mirando. Otros se tumbaron en el suelo, espontáneamente, empáticos ellos. Muchos se dieron la vuelta para no mirar, por aquello de que el corazón no siente lo que los ojos no ven. La escena impresionaba aunque fuera de mentira y allí oliera solo a salitre.

Porque, pensemos: ¿y si esas ciento diecisiete personas, en lugar de ser muertos que no cuentan, hubieran muerto aquí? ¿Y si en lugar de ser sirios, o iraquíes, o paquistaníes, o nigerianos… fueran “de los nuestros”? Hay quien dice, sin pudor ni rubor alguno, que por supuesto que lo que está cerca duele más. Que dónde vas a comparar el dolor de perder a tu hijo con la muerte de tu vecino. Y hasta ahí, lógicamente, todos de acuerdo: la sangre no es agua. Que dónde vas a comparar a tu vecino con un desconocido. Que dónde vas a comparar a un desconocido made in Spain con un extraño parisino o bruselense. Que dónde vas a comparar a un extranjero francés o belga con un sirio al que tampoco conoces. Que los sirios, aún, pase, por lo de la guerra y tal, pero que todos esos africanos… ni en pintura. Defienden su teoría como si los grados de lejanía marcaran lógicas e inexorables pautas de deshumanización, como si por decreto ley tuvieran que doler menos aquellos que estos, con el efecto de una anestesia progresiva: cuanto más lejos pillan, menos te tienen que importar, por narices. Y luego, a lo mejor, mezclan churras y merinas y sacan la artillería pesada: que con los problemas que tenemos aquí, que con el paro y los desahucios, que con las pensiones y la corrupción… para preocuparnos estamos de aquellos, que a lo mejor hasta vienen a robar, a traficar, a prostituirse o a atentar… hombre, por Dios.


Así, como si la solidaridad fuera un producto limitado y escaseante, exclusivamente producido para autoconsumo nacional. Como si el dolor o la solidaridad tuvieran que tener un destinatario único y fueran incompatibles con la extranjería. Como si sintiendo pena por una familia que ha huido de la guerra con su mundo en una mochila, la orfandad en el alma, un hijo pequeño en brazos y la única protección de un poncho de plástico le quitáramos genuinidad a la sincera lástima que nos da también el señor de Cuenca que a los cincuenta y pico años pierde el trabajo, o la familia asturiana que tiene que dejar su casa porque se la queda el banco, o el anciano de Murcia que rebusca en los contenedores de basura, o la viuda gallega que tira adelante de milagro con una pensión miserable, o el joven navarro que tiene que coger sus bártulos y emigrar para buscar un futuro mejor (¡y dichoso él, que su huida está bien vista!)… Como si lo único que pudiera justificar una empatía que no comprenden, desafortunados ellos, fuera esa cosa que llaman buenismo hipócrita, porque parece que últimamente poner esas palabras juntas suena tan moderno y tan a culto. Pero haberla, hayla, la empatía. Gracias a Dios. O a Allah. O a quien corresponda.

Ayer por la tarde fui a la función del colegio de mi hijo. Fatalidad, a él le tocó hacer el papel de mar, con una corona de tela azul trenzada, adornada con gotas de cartón forrado con papel de aluminio. Se sentó en el escenario junto a otros ocho o diez niños de tres años y la maestra les puso por encima una tela de tul turquesa. Los niños, moviendo las manos arriba y abajo, hacían como que eran olas. Sonreían, divertidos. A mí, aquejada de esta empatía que me voy a tener que hacer mirar porque ni en la función del colegio se puede deshumanizar tranquilamente una, me vino a la memoria Aylan Kurdi. Pequeño como ellos, agitando las manos bajo las olas de un mar mucho menos gentil. Será que soy buenista, qué le vamos a hacer. La cosa es que no se me olvida. Ni quiero. Desde el día que Aylan se ahogó, otros ochocientos pequeños han muerto en el mar, sin foto, sin nombre que recordar. En la playa de Zuwarah había muchos. Las criaturas en el palco de la escuela representaron su mejor papel, el único que tendrían que conocer: el de niños, cogidos de la mano, cantando, ajenos a todo lo demás… Yo, como cualquier mamá orgullosa, aplaudí con entusiasmo. Pero un trocito de mí estaba en otra parte, en ese lugar en el que la consciencia escuece.

Al menos mil refugiados han muerto ahogados en una sola semana. Muchos eran niños.
Al menos mil refugiados han muerto ahogados en una sola semana. Muchos eran niños.

 

Porque pasa a nuestro lado, cada día, aunque los periódicos lo cuenten por encima, aunque en la tele no se vea, aunque parezca mentira, aunque tengamos cosas mejores en las que pensar para sobrevivir. Porque en algún lugar del mundo la representación es real: las olas no son un trozo de tul que ondea. Hay cuerpos descomponiéndose en la orilla. Hay cientos de niños muertos bajo el mar.

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