El pavo que Franco utilizó como paracaídas en la Guerra Civil

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La técnica del pavo en la Guerra Civil fue empleada por los nacionales: el animal frenaba su aterrizaje y con él aseguraba la carga, que eran medicamentos en su mayor parte

 

Con los pavos aguantaron los nacionales un asedio de 8 largos meses
Con los pavos aguantaron los nacionales un asedio de 8 largos meses

 

La Guardia Civil que participó en el golpe de estado de 1936 pecó repetidamente de indecisión y Jaén no iba a ser menos. Fue demasiado el tiempo que la benemérita pasó dándole vueltas a la cabeza lo que terminó con en el asedio del El Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza. El desenlace, más allá del fracaso y de la decepción, y también de las bajas de pavo, rondó los 100 muertos. Y es que la desconfianza en estos casos bélicos es el pan de cada día. Y si no que se lo pregunten a Hitler y a su golpe del 23. Pero esa ya es otra guerra.

En el Jaén de la Civil hondeaba la tricolor después de que los nacionales hubiesen sido desarmados primero y atrincherados después, a la fuerza, en el Santuario de Nuestra Señora, en Andújar. Unas 1.200 personas que en su gran mayoría eran agentes de la benemérita compartiendo su jornada con algún cura y con algún paisano. Lo que tienen los asedios es que la dificultad para autoabastecerse alcanza en ellos su punto álgido. Uno no puede bajar hasta la localidad más cercana a por víveres así como así. Así es que los nacionales atrincherados tuvieron que arreglárselas como buenamente pudieron para llevarse pan a la boca.

Los pavos paracaídas que fueron de todo menos gallinas

El Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza se levanta en un alto «en pleno corazón de Sierra Morena». Allí fue construido en 1287 como «una pequeña ermita» destinada al culto de la santa que lleva por nombre. Pequeña ermita que siguió siendo pequeña para las necesidades de 1936. Por eso, por su reducido tamaño, el abastecimiento por aire a las tropas —también pequeñas— comandadas por el capitán Santiago Cortés se hacía inviable. Mucha puntería tenía que tener el piloto, de ahí el asunto del pavo.

Los pavos no vuelan, es verdad, pero mueven las alas enajenadamente. Eso permite, permitía, que tocasen tierra sin dañar la carga que llevaban. Los pavos frenaban su aterrizaje y con él aseguraban que su carga, medicamentos en su mayor parte, llegase a las manos de los asediados como había salido de los almacenes. Por no hablar de lo bien que venía la carne del animal.

Con los pavos aguantaron los nacionales 8 largos meses hasta que el primero de mayo del 37 los republicanos entraron en El Santuario para pintarlo de morado. Sin contar los animales, cien fueron las bajas que se contabilizaron en aquella pequeña batalla, además de «la destrucción del Templo y la pérdida de la imagen de la Santísima Virgen de la Cabeza». Pequeña batalla la de El Santuario dentro de una gran Guerra que enfrentó a hermanos, primos y demás familia.

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Sobre Virginia Mota

Virginia Mota
Coordinadora. Licenciada en Historia por la Universidad de Salamanca, donde además cursé un Máster en Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, aprendo cuando escribo, escribo cuando siento y siento cuando río.

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