¿Qué ocurriría si la luna desapareciese ahora mismo?

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Veranos de 100 grados e inviernos de 80 bajo cero serían sólo un par de los mil males que caerían sobre la Tierra si la luna desapareciese en 3, 2, 1…

Miles de especies serían incapaces de adaptarse a los repentinos cambios en sus ciclos vitales
Miles de especies serían incapaces de adaptarse a los repentinos cambios en sus ciclos vitales

 

Borges habla en uno de sus poemas de un hombre que en su pretensión de cifrar el universo, se había olvidado de la luna. Una de las fatalidades de la desaparición de Catalina, como le dicen, sería el desamparo del poeta por la muerte de una de sus musas. Muchas odas y muchos sonetos quedarían, si no viudos, sí descasados.

El menor de los males que pulularía por la Tierra si la luna desapareciese de repente sería la oscuridad. Si después de cenar, por ejemplo, uno se asomase a la ventana a reposar el yantar bajo la luz de la luna, se quedaría con la digestión a medias. No se vería nada más que lo que la luz artificial nos dejase ver. Y eso es bastante menos de lo que se aclara hoy la noche. Como contrapartida, con la Tierra a oscuras uno podría disfrutar de las maravillas estrelladas que se esconden tras las reverberaciones de Catalina.

¿Cuándo migro? ¿Cuándo duermo? ¿Cuándo me reproduzco?

Si la luna desapareciese en este momento —¡chas!—, muchas especies animales y vegetales se verían obligadas a cambiar su modo de vida. Especies que han evolucionado a lo largo de la Historia Natural dentro o a las puertas del agua. ¿Por qué? Sin la luna, la marea no subiría. Esto quiere decir que las especies animales a las que las fluctuaciones marinas proveen de alimentos se quedarían con el estómago vacío. También aquellos animales y vegetales que viven de las corrientes de agua.

Sin embargo, el mayor desastre natural que derivaría de la fulminación inesperada de la luna, sería la extinción de miles de especies incapaces de adaptarse a los repentinos cambios en sus ciclos vitales, originados, a su vez, por los cambios climáticos. ¿Cuándo migro? ¿Cuándo duermo? ¿Cuándo me reproduzco? Todos los que hemos ido al colegio —y seguro que muchos de los que, por trancas o por barrancas, no han podido escolarizarse— recordamos el dibujo del ciclo de la vida del libro de Naturaleza, una circunferencia formada por un sol, una planta, un animal y un hombre que normalmente vestía pantalones azules de campana. Estaban todos conectados por flechas rojas que iban de uno a otro cerrando el círculo. Bien, pues la desaparición de algunas especies vegetales haría lo propio con algunas animales, y estas últimas, a su vez, tendrían el mismo efecto sobre el hombre, igual da los pantalones que llevase. Extremo, pero gráfico.

Máximas de 100 grados y mínimas de 80, casi nada

Nada de mareas. Al menos lunares, que son las que más interesan. Sólo quedarían las debidas al sol, que son la mitad de intensas que las provocadas por la luna e insuficientes para que las aguas marinas y oceánicas se drenen como se tienen que drenar. El nivel del mar aumentaría, y también la temperatura. Una fatalidad.


Si la luna desapareciese en un plis plas, el eje de rotación de la Tierra se desestabilizaría, quedando a merced de los grados de inclinación, de 0 a 90, que son muchos para la estadística. Así, llanamente, con una inclinación errónea del eje, caerían sobre nuestras sombrillas de playa hasta 100 grados centígrados, y hasta 80 bajo cero sobre la cabalgata de reyes. Y más, porque de ser la alineación de la Tierra directa al sol, se producirían vientos de más de 300 kilómetros a la hora por las diferencias de temperatura que causaría el estar parte de la tierra expuesta directamente al sol y parte siempre a la sombra.

Así es que no es sólo el descalabro poético lo que ocurriría si la luna desapareciese de forma fugaz, que va. La vida cambiaría su modo hasta que el nuestro fuese un suplicio. No, Catalina está perfectamente colgada dónde está, y sólo dormida.

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Sobre Virginia Mota

Virginia Mota
Coordinadora. Licenciada en Historia por la Universidad de Salamanca, donde además cursé un Máster en Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, aprendo cuando escribo, escribo cuando siento y siento cuando río.
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