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La Asturias de 1936 no podía con tanta lágrima, así es que Jesús Alba y sus camaradas debían escapar por el río Narcea como bien manda la geografía, que lo hace salir por la izquierda del Nalón

Revolución Asturiana de 1934
Revolución Asturiana de 1934

Tineo, la Asturias regada por los tres colores y alimentada de los favores de la leche y de la fruta cayó en manos franquistas en agosto de 1936. Entonces el hombre de estos lares tuvo que murmurar República mientras veía cómo el golpe de estado se quedaba, además de con la responsabilidad de sus actos, con la propiedad de sus haberes. El suelo de la Asturias del 36 no podía con tanta lágrima. Bajo la piel resecada, ríos sólidos de sangre, como sentía Garfias.

La historia nunca ha reposado sus guerras. No le dejan tiempo. Desde que el mundo lo es, los desacuerdos entre ases de corazones han terminado por resolverse en el campo de batalla, que acostumbra a extenderse por las cuatro esquinas de los territorios enfrentados. Ahí precisamente es donde hacen su vida los que la pierden sin tener culpa ninguna. Por esto, por el sometimiento impuesto del vecino, también la historia nunca ha descansado sus fugas. De uno u otro bando, cautivos irreverentes de y por ideas han engordado las carnes del mundo. Es en este sobrepeso donde se enmarca la fuga que orquestó Jesús Alba en el Tineo, Asturias, durante la Guerra Civil española.

Resumió su situación en el éxodo, y esperó

Campesino y con ocho bocas a su cargo, Jesús se encontró de sopetón con el combate, como tantos otros. En Valsoredo cargaba sus aperos de arar hasta que la guerra terminó de golpe con esa costumbre. Entonces tuvo que dejarlo para mañana y hacer suyo el porrazo mal dado: «Desde la ocupación de aquellos pueblos, Jesús Alba sufría la persecución de guardias civiles y falangistas. Como todos sus vecinos considerados ‘de izquierdas’ [que] vivían constantemente bajo la amenaza de la detención caprichosa», contaba el Avance de Gijón el 17 de junio de 1937.

Pero no había nada que hacer. El franquismo echaba raíces en el Tineo de forma poderosa mientras sus habitantes veían la alborada más roja cada vez. No querían mirar de frente. Contaba Jesús que la plaza del pueblo había sido tomada por las moscas y los gusanos:

«Había amontonados unos 23 cadáveres. Eran de otros tantos izquierdistas condenados a muerte y ejecutados. Estuvieron allí dos días sin enterrar».

En ocasiones, perder la confianza en el ajeno refuerza el vigor propio. Este es el caso de Jesús, quien decidió tomar la sartén por el mango para volver a territorio republicano: «Había que huir costase lo que costase», dijo a la prensa. Pero con cautela, no fuese a ser que los nacionales se dieran cuenta de que algo pasaba. Todo bien atado, como el crecer de los frutales. Así es que Jesús recorrió una y otra vez los 25 kilómetros que separaban Valsoredo de Bebares, otra aldea en discriminación ideológica. Anduvo y desanduvo el camino hasta que se encontró seguro de su éxito. Era factible escapar. Se había hecho más veces. De hecho, en aquel momento se estaba obrando de Luarca hacia Oviedo.

Y lo puso en común

Porque había otros trece hombres que desde hacía tiempo estaban dispuestos a ponerse el mundo por montera para tocar de nuevo su libertad. Entre ellos, el hijo mayor de Jesús. Debían escapar por el río Narcea como bien manda la geografía, que lo hace salir por la izquierda del Nalón.

Así llegó el día. A 13 de junio de 1937, los catorce hombres daban la espalda al Valsoredo franquista. Planeaban llegar de noche a Bebares, al Narcea, pero les cogió el día durante el camino. No podían arriesgar. Necesitaban las sombras, por eso esperaron a la siguiente luna tumbados en silencio sobre «el felecho». Una vez caída la oscuridad, el grupo de huidos retomó su camino. Y llegó al Narcea.

No iba a ser fácil. Para su desesperación, el caudal del río era abundante. Ninguno quería rendirse. Jesús ofreció 20 duros a un campesino de la tierra por una soga de carro, y envió a su hijo a bracear el río para llevar uno de sus cabos hasta la otra orilla:

«Cogidos a ella van pasando los catorce individuos. Pierden en este lance ropa, zapatos y objetos de uso personal. Pero tienen a salvo sus vidas».

Tras andar una hora más, el grupo de fugados alcanzó las montañas de Belmonte y, con ellas, la libertad. Mientras, en Valsoredo la familia de Jesús Alba.

Las huidas durante la Guerra Civil fueron algo común en las dos Españas. Lógico. Tanto que en la republicana el Avance aseguraba que la novedad de las noticias iba perdiendo intensidad debido a la frecuencia de aquellas. O sea que, aunque personalizado en catorce almas, el caso de Valsoredo es solo un kilo más en este sobrepeso histórico.

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