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«¡Hacedlo en broma, hacedlo en serio! Tratad a vuestro amado prójimo como está acostumbrado a que lo traten. Estimulad su rabia y su furia y guiadlo hacia el camino adecuado» Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda de Adolf Hitler.

¿Por qué Adolf Hitler?
Campo de concentración nazi

A punto de cumplirse el aniversario de la muerte de Adolf Hitler, la figura de este austríaco de nacimiento que a lo skorzeny destruyó la democracia alemana de Weimar en el año 1933, sigue siendo el blanco de intensos debates. Aquel hombre de pequeño tamaño y bigote centrado transformó el camuflado nacionalsocialismo que venía germinando en Europa desde casi siempre, en más de 55 millones de cadáveres repartidos por las tierras de medio mundo, y en otros tantos que pulularon por ellas hasta que la vida terminó claudicando. Él, y otros miles de seguidores; porque uno no hace si el otro no quiere.

Cómo prendió la mecha es algo que aún hoy uno se pregunta. El poder de persuasión de Hitler, su capacidad de síntesis, su oratoria desconocida hasta aquel momento no sólo en Alemania, su personalidad comprometida, su nacionalismo exacerbado o su convicción de haber sido tocado por Dios para cumplir sus designios divinos no son más que palabras vacías que no sirven, ni de lejos, para explicar el fenómeno que se trata.

Cierto es que la coyuntura de los 30 del siglo pasado fue caldo de cultivo en el proceso de desmembración de los derechos y libertades de Alemania, pero también lo es que el hombre tenga plena capacidad de decisión. Como ocurre en cada ciclo histórico, la vulneración de los derechos básicos de un pueblo volviéndose insoportable es la antesala de la democracia. Para muestra, la Transición española. Sin embargo, la devastadora inflación de 1922 producida por la Gran Guerra y por la posterior posguerra, y  la Gran Depresión que tiró por tierra la Bolsa de EE.UU. en 1929, no explican los pogromos contra los judíos alemanes ocurridos la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, la Noche de los Cristales Rotos. Allí la revolución no fue tal, no hubo atisbo de hermanamiento, no hubo línea decisoria ni meta común, tampoco consideración. Aquel ajetreo espontáneo que encarnó las ideas del nacionalsocialismo sólo personificó en individualismo la esencia de Hitler.

Se considera también que el nacionalsocialismo bebió del Tratado de Versalles. De aquí parte la idea de que fueron las clausulas de éste las que embalsamaron al pueblo alemán con aires de humillación. Que las altas esferas de la política, del ejército y de la sociedad, considerasen la injusticia como algo personal podría caber en la mente de cualquiera, atendiendo siempre a intereses particulares. Pero que el pueblo llano lo tomase en sus propias carnes no es tan fácil de entender, menos aún en aquellos sembrados fuera de las fronteras de Alemania.

Podría ser que el ciudadano de a pie considerase que con Hitler las cosas no podían ir a peor, o pudiera ser que esa idea fuese el principal objetivo del nacionalsocialismo. Para ello, el Hitler de 1930 se esforzó en ofrecer algo novedoso a todos sus compatriotas: la unidad que daba el no hacer distinciones de clase. Así, el programa del partido presentó a un líder obrero para el campesino —¡Alemania obrera, despierta!¡Rompe tus cadenas!, proclamaba Goebbels en Der Angriff—, soldado para el belicista, intelectual para el erudito; regó los oídos de cada uno con aquello que quería escuchar, y habló de aranceles a los campesinos empobrecidos por la caída de los precios agrícolas, de sindicatos a la clase media, de la deshonra que suponía ser pobre a la clase alta, y de ideales a los propios idealistas. No se paró en enfrentar a unos contra otros excepto a la hora de atacar al sistema, al rojo que había llenado Alemania de parados y de deudores a cambio de sus ahorros de toda la vida.

Y todo ello partiendo de la base de que «en el interior de todos los hombres late un sentimiento de insatisfacción». Hitler se dedicó a saciar este sentimiento contraargumentándose en discursos rítmicos en los que trataba temas sensibles que llegaban al alma del espectador, protagonista éste indiscutible del destino de Alemania. Así meneaba la vanidad del ciudadano común. Y todo ello con una campaña política extremadamente intensa en la que Goebbels organizó 6.000 mítines, cientos de desfiles teñidos con el color rojo y millares de páginas que cayeron sobre el país en forma de ediciones especiales, algunas de ellas maquetadas como la prensa comunista con el objetivo de atraer para sí al obrero berlinés, el gran olvidado hasta entonces en materia política.

En definitiva, es imposible considerar una de estas causas por separado como el germen del nacionalsocialismo. No puede ser una sin el resto. No así la base, que como siempre ocurre, fue una coyuntura marcada por el beneficio de unos pocos y la miseria de otros muchos. Cabe preguntarse ahora qué hubiera sido si Hitler, político nato que se inspiraba en sus baños de multitudes, hubiese elegido el camino correcto, la senda del bien y no la del Holocausto.

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3 Comentarios

  1. Yo pienso que hitler y toda su compañía y hablo de gente de ha pie también no son ni serán los únicos hdlgp ha ávido y hay muchísimos mas remedio erradicar ha esta gentuza del mundo es muy fuerte pero lo mismo que en muchos países hay pena de muerte para cuatro pringaos con esta gentuza se debería hacer lo mismo y como se suele decir muerto el perro se acabo la rabia