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No sólo nos han traído bienestar; si en su momento nos proporcionaron la sensación de libertad y progreso, hoy el automóvil se ha convertido en un tirano.

El ayer y el hoy del automóvil
El ayer y el hoy del automóvil

En las primeras décadas del siglo XX las grandes empresas automovilísticas se lanzaron al desarrollo y producción en serie de vehículos de motor de combustión, capaces de alcanzar velocidades muy considerables.

A mediados de los cincuenta gracias al desarrollo económico y a los cambios culturales y sociales del conjunto de los pueblos europeos las ciudades se fueron poblando de turismos y ya en los años setenta había en el mundo más de 200 millones de automóviles, claro que la mayor parte se encontraban en América del Norte y en Europa Occidental.

En la actualidad ya hay más de 1200 millones de coches circulando por las carreteras de todo el planeta y no paran de crecer gracias a los países emergentes, principalmente China que ya cuenta con más de mil trescientos millones de habitantes.

El automóvil nació con una función social y recreativa. Para mejorar la calidad de la vida de las personas, para desplazarse de manera más cómoda, más fácil y más libre. Para lograr una mejor movilidad en pequeñas y grandes distancias, para alcanzar mejores relaciones interpersonales y de integración. En definitiva para hacer la vida más relajada y agradable, menos penosa y sacrificada, pues cualquier desplazamiento significaba hasta la llegada del automóvil, una aventura, que por otro lado tenía también su encanto y su aspecto romántico.

La llegada del automóvil privado junto a la gran conquista de vacaciones pagadas hicieron nacer el término turismo que engloba los viajes de tipo cultural, recreativo, de placer, de estudio, de peregrinaje y que fomenta relaciones familiares, amistosas, interculturales, etc.

Los que nacimos en los años 40 todavía recordamos las calles de las ciudades casi vacías de coches y no digamos las de los pueblos. Allí era un acontecimiento ver llegar uno. Fue en los años 60 cuando las carreteras se fueron poblando de pequeños utilitarios en principio y poco a poco de otros de mayor cilindrada y tamaño que hacían las delicias de todos los españoles que podían adquirirlos.

Como es evidente, el fenómeno del turismo de masas se aprovecha de la utilidad que los coches particulares nos han proporcionado, aunque de todos es conocido que en otros siglos ya habían existido grandes viajeros, aventureros famosos que llegaban a lugares desconocidos y lejanos. Pero eran la excepción.

Con el coche se acabaron muchos de los engorros que tenía viajar en los medios de transporte públicos: horarios, desplazamiento de equipajes, esperas, retrasos, lejanía de estaciones o aeropuertos y necesidad de tener que combinar varios transportes para llegar a nuestro destino.

El turismo es un factor de desarrollo social, cultural y económico que hemos alcanzado gracias a los formidables medios de transporte por tierra mar y aire y también a las grandes inversiones en infraestructuras por parte de las administraciones para estar a la altura del progreso maquinista.

Porque los coches no sólo nos han traído bienestar. Si en su momento nos proporcionaron la sensación de libertad y progreso, hoy el automóvil se ha convertido en un tirano, en un lujo por lo caro del combustible, del peaje, del seguro, de los impuestos, pero también por todas las trabas que las administraciones nos ponen.

No podemos aparcarlo cerca de casa lo que nos obliga a vagar por los alrededores hasta que la suerte nos eche una mano, nos penalizan si el coche es viejo, nos obligan a pasar revisiones (ITV) que costeamos nosotros mismos, nos timan en los aparcamientos privados con unos precios abusivos y nos colaron la trampa de que poner zonas de pago para aparcar en las calles de las grandes ciudades nos facilitaría las cosas. La realidad es que sigue siendo tan difícil aparcar como antes.

Nos controlan la velocidad con radares en sitios estratégicos y nos muelen a multas exageradas, que no corresponden con los sueldos que se ganan, muchas veces con razón, pero otras aplicadas con excesiva rigidez. Para la DGT el cliente no tiene nunca la razón.

Entre todos nos hemos hurtado el derecho a pasear por las calles con tranquilidad, hemos visto como se ensanchaban las calzadas y se reducían las aceras, como desaparecían los bulevares y los árboles y como llenábamos de humo nuestras ciudades.

La velocidad nos ha poseído y ahora viajamos por autopistas lo más deprisa que podemos, ya no contemplamos el paisaje, ni cruzamos por pueblos, ni hablamos con la gente de los lugares por los que circulamos.

Hay que luchar por conseguir que los países se conciencien de los efectos adversos que el coche de motor de combustión, gasolina o diésel, tienen para el medio ambiente: contaminación y ruidos, causantes de enfermedades cardíacas y respiratorias, así como auditivas.

Debe ser una meta conseguir que se comercialice el vehículo eléctrico y dejar de producir los de combustión poco a poco, para hacer una atmósfera más limpia, reducir velocidades que producen una gran siniestralidad con costes humanos y económicos y lograr bajar el nivel de los ruidos.

Para distancias cortas apostar por los medios de transporte públicos, por la bicicleta y por el placer de caminar. Andando también se hace camino.

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