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El encierro que viví (II): “Uno de los capataces da la voz de alarma, la orden es paralizar la jaula e impedirnos la entrada a los siete implicados en el sabotaje.”

El candil de sapo: el encierro que viví (II)
Pozo San Nicolás, en la localidad asturiana de Mieres

Lunes 7 de febrero. A las 7:20 de la mañana, una vez fichado y recogidas las lámparas y rescatadores de la sala de lampistería, nos encaminamos hacia el embarque junto a la caña del pozo con los demás compañeros de relevo, que a esa hora junto con el de la tarde son los más numerosos. En el ambiente se nota que algo va a suceder en el día de hoy.

El macuto que los protagonistas del encierro nos delata; en el sospechoso bulto van ropas para combatir el frío y la humedad, algún bocadillo de más, abundante agua potable y analgésicos. Uno de los capataces que se encontraba en la zona del embarque destinando a los mandos directos, da la voz de alarma y telefonea a los mandos superiores que en ese momento están en las oficinas del pozo. La orden es paralizar la jaula e impedirnos la entrada a los siete implicados en el sabotaje. En ese momento la jaula deja de funcionar por orden de la dirección del pozo hasta nueva orden.

Los siete reaccionamos, y con riesgo de nuestra integridad física, nos dirigimos hacia un antiguo pozo auxiliar, por donde se bajan las rocas estériles molidas para el relleno de los distintos talleres de arranque de la explotación. Es un pozo vertical que tiene unos quinientos metros de profundidad.

La dificultad y peligro, son grandes, la escasa conservación del pozo, unos escalones metálicos en mal estado, cortinas de agua y barro cayendo según vamos descendiendo, son penalidades que no creíamos encontrar. Algún macuto se precipita al abismo del pozo perdiéndose entre las luces y las sombras de nuestras lámparas frontales.

Llegamos a la 5ª planta donde termina el pozo. Estamos muy mojados. Las ropas llenas de barro y lodo. Bloqueamos la jaula principal para que nadie pueda bajar ni subir a la mina, y en un silencio de desaliento vamos quitando el barro y lodo de nuestra ropa raspándolo con cortezas de la madera. Los comienzos del encierro, no podrían ser mejores.

Las primeras horas las dedicamos a intentar secar las ropas con el aire de una turbina de ventilación que había cerca del embarque. Aunque en la zona próxima a la caña del pozo había luz artificial; decidimos dosificar las baterías de nuestras lámparas, usando una o dos máximo. Las demás permanecerían apagadas hasta que las primeras se fueran agotando.

Transcurrían las primeras horas y el silencio entre nosotros circulaba como las corrientes de aire en aquella galería, hablamos poco. Nos adentramos unos 400 metros de galería buscando una zona más apartada y a refugio de las frías corrientes de aire del embarque. Con las piezas de madera que por la galería fuimos encontrando, construimos una “choza” que posteriormente cubrimos con los cartones de cajas de dinamita que por allí fuimos encontrando.

Habilitamos con jergones hechos con tablas de madera el interior del habitáculo. Todas las herramientas de que disponíamos eran dos hachos un pico tres palas y un paquete de clavos. Por allí encontramos un rollo de alambre y trozos de tela metálica.

Mientras duró la actividad, nuestros cuerpos mantuvieron el calor y tono muscular aceptables. Al cesar la actividad y comernos algún bocadillo de los que llevábamos, el frío, la humedad de la mina, la incomunicación con el exterior y las ganas de fumar de nuestros compañeros fumadores. Sería la prueba a superar la primera noche.

El día y la noche, son conceptos que a 500 metros bajo tierra solo los determina un reloj en mi bolsillo. Recuerdo esa primera noche, intranquilo, dando vueltas sobre aquellos jergones, el crujir de las tablas al moverme o girar sobre ellas, una fuga de aire de alguna cercana tubería de aire comprimido y ruidos de una mina en continuo movimiento.

La tela fría y húmeda del tejido Mahón de nuestras ropas de trabajo, llegaba a ser desagradable. Fue un continuo duermevela y todos estábamos igual, capeando la situación e inmersos en nuestros pensamientos; la situación, la familia, las probables represalias por este sabotaje, despidos…


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