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Los periódicos que durante tres días se habían hecho eco de la noticia en sus principales páginas, ahora corríamos el riesgo de ser una simple nota de prensa sin interés

El candil de sapo: el encierro que viví (IV)
Pozo San Nicolás, en la localidad asturiana de Mieres

Viernes, 11 de febrero. Hoy nos visita “Lito”. Ha sido el mediador directo en el exterior. Fue el artífice principal de hacernos llegar la primera sopa, ropas limpias, mantas y las comidas de los días posteriores. Sabíamos que estaba sosteniendo una dura batalla con los mandos más directos de la Empresa y algunos compañeros que se sentían afectados al no poder acceder a sus puestos de trabajo a causa de nuestro encierro. Sabemos que aguantó bastantes tensiones y en distintos frentes; a pesar de todo ello, supo manejar los tiempos con mucha prudencia, evitando trasmitirnos en todo momento el desánimo. Un trabajo impagable, que solo la humildad y discreción de una persona como “Lito” podía hacer posible.

“Lito”, después de hacernos un balance de la situación en el exterior, un análisis de los diferentes colectivos afectados y tomando el pulso de las repercusiones de la protesta en muchos ámbitos sociales; nos propuso poner fecha de caducidad a nuestro encierro. Según nos explicó los objetivos estaban cumplidos. Prolongar la situación por mucho más tiempo lo único que se conseguiría sería un efecto contrario.

Los periódicos que durante tres días se habían hecho eco de la noticia en sus principales páginas, ahora corríamos el riesgo de ser una simple nota de prensa sin interés. También que los colectivos que hasta ese momento nos dieron su apoyo; al seguir perjudicándose su economía, flaquearan en su posicionamiento favorable hacia nuestra lucha.

La Empresa, nunca se pronunció sobre posibles castigos o despidos, la situación del conflicto y la paralización del pozo, justificaba aún más las pérdidas del pozo; coartada perfecta ante estamentos superiores, que seguiría justificando la mala Dirección y gestión del pozo en aquel período. Nos comprometimos a darle una respuesta al día siguiente.

Debíamos tomar una decisión entre nosotros y hacer un balance de nuestra situación personal, así como del “y después que”. Lo que en ese momento teníamos todos claro era que no saldríamos ese fin de semana. La imagen de salir a “disfrutar” del domingo, no nos apetecía en absoluto. El encierro fue una decisión muy firme que nos estaba hasta ese momento marcando mucho. El fin de semana del pozo en condiciones normales, siempre me pareció como los restos arqueológicos de una industria centenaria. En ese momento me imaginé esta naturaleza muerta en medio del silencio del valle ajena a las siete vidas que están respirando en sus entrañas… Me puse metafísico, que le vamos a hacer.

Siguen los dolores y la afonía, esa noche algún acceso febril seguido de “tirirona” nos ha venido a visitar. Comienzan los problemas de piel; hongos, pequeñas grietas en los pliegues de los dedos, picores, edemas. Lo normal en aquellos ambientes palaciegos.

Sábado, 12 de febrero

En el día de hoy solo recibimos la visita de Manuel, “Lito”. La decisión ya ha sido tomada, no sin cierto desacuerdo y frustración al no haber tenido por parte de la Empresa ninguna propuesta en firme aun con la que poder negociar; únicamente se compromete a “suavizar” los destajos y rebajar el volumen de toneladas de carbón diarias. Solo se sentará a escucharnos cuando el pozo retome la normalidad, y nosotros hayamos vuelto a nuestros puestos de trabajo. Bueno, al menos ahora estaba disposición de recibirnos; algún toque de atención de estamentos superiores parece que les obligaba a buscar una solución.

El lunes 14 de febrero, que romántico, pondríamos fin a nuestro encierro a las nueve de la mañana. La única condición que pusimos, fue la de poder salir con la mayor discreción ducharnos e ir a casa con nuestras familias. “Lito” adquiere el compromiso de trasladar nuestra petición a la asamblea del relevo de las siete de la mañana del lunes día catorce de febrero.

Domingo, 13 de febrero

Hoy es día de limpieza general. El campamento ha de quedar en perfecto orden. Como escolares obedientes y disciplinados ponemos en buenas condiciones en aquel pequeño “ecosistema”, que durante una semana fue nuestro hogar. Intuimos que en el momento en que abandonemos el encierro; personal directivo de la empresa, vendrá a inspeccionar el lugar. Nos consta, como así fue, que esta adaptación al medio que siete “humanoides” han compartido durante tanto tiempo ha despertado la curiosidad de los mandos del pozo. Imagino hasta estudios antropológicos de campo, de esta “civilización espontánea” que surgió de la nada y sobrevivió una semana.

Todo va a quedar recogido y en perfecto orden. Restos orgánicos enterrados en pozas. La improvisada pila del aseo limpia y hasta el jabón colocado en una artesana jabonera hecha con trozos de malla y alambres. Las mantas dobladas y recogidas y el suelo limpio. Las lámparas de mina agotadas las depositamos en una pila cerca del embarque y nos quedamos con las que aún tenían batería. Nos iban a servir para salir.

Allí abajo han quedado recuerdos de interminables charlas, confesiones, experiencias compartidas y la parte más humana que surge siempre de las circunstancias adversas, cuando estas son vencidas con el esfuerzo y trabajo en común. La solidaridad, aflora cuando el equipaje con que viajamos va ligero de prejuicios.

El lunes, día siete de febrero del año dos mil, siete compañeros comenzaron un encierro en una galería a quinientos metros bajo tierra. El lunes, catorce de febrero del año dos mil, salieron a la superficie siete amigos.


El candil de sapo: el encierro que viví (I)
El encierro que viví (I)
El candil de sapo: el encierro que viví (II)
El encierro que viví (II)
El candil de sapo: el encierro que viví
El encierro que viví (III)
El candil de sapo: El encierro que viví (V)
El encierro que viví (V)

 


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