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Los minutos que la jaula tarda en llegar a la superficie, parecen años. En los metros finales comenzamos a ver la claridad natural del exterior.

El candil de sapo: el encierro que viví (V)
Candil de sapo

Lunes, 14 de febrero. Nos encontramos en la zona del embarque esperando para salir al exterior. Estamos nerviosos y no cesamos de dar cortos paseos, desconocemos el ambiente que nos vamos a encontrar al salir y nos preocupa. La ansiedad de la espera se agolpa en nosotros. Pensando en la familia, los amigos y los compañeros. Solo deseamos llegar a nuestros hogares y estar con los nuestros, en nuestro pequeño mundo, olor de hogar y ropa limpia, respirar aire puro, ver luz natural.

Embarcamos en planta; dos comporteros nos vienen a recoger. Ascendemos en silencio, solo el traqueteo de la jaula contra las guiaderas corta nuestro silencio. Los minutos que la jaula tarda en llegar a la superficie, parecen años. En los metros finales comenzamos a ver la claridad natural del exterior. Cuando la jaula se detiene y abre sus compuertas, veo a mucha gente que se concentra a ambos lados de la jaula. Oigo aplausos y siento palmadas en la espalda, pero no distingo a nadie.

Miro al cielo y veo que el día está muy gris, con unas nubes bajas de “panza de burra”, siento cierto alivio aunque los nervios tensan todo mi cuerpo, continúo aturdido, pero camino con las manos en los bolsillos detrás de mis compañeros de encierro hacia la lampistería y la sala de baños.

Voy perdiendo de vista a mis compañeros que se van quedando atrás con familiares y amigos. En algún momento, una voz cálida que reconozco me llama familiarmente por mi nombre. Me coge del brazo y a su lado camino hasta la lampistería, Sé que está llorando y noto su mano que con firmeza aprieta mi antebrazo. En ese mismo momento… ya me encuentro en casa.

Epílogo a un encierro

El martes día 15 de febrero fue una jornada de reencuentros con la familia, de visitas y preguntas. Por la tarde salí a la montaña, necesitaba estar solo para ordenar e interiorizar un montón de sensaciones. El aire puro y el retorno a los colores y olores del campo me ayudarían bastante.

Los primeros brotes de los cerezos silvestres y las flores blancas de la espinera anunciaban el fin de aquel invierno. Fue un paseo largo de agradable reflexión; solo perturbada por el siseo de las hojas secas bajo mis pies y el quebrarse de alguna rama.

El miércoles acudimos al trabajo, y al día siguiente los sindicatos, después de tomar nota de nuestras peticiones, se reunía con la Empresa. En el orden del día llevaban varias propuestas. El conflicto había dado un giro muy significativo. La Empresa había recibido un toque de atención de su Dirección General, y ahora se avenía a sentarse y buscar una salida al conflicto.

Se rebajaron las toneladas de carbón por jornada y picador y se aumentó el número de ayudantes mineros para reducir el tiempo de “tira”. No fueron grandes logros para un sacrificio físico tan grande como el de aquel encierro. Pero fue a partir de entonces cuando comenzamos a poder trabajar en paz y sin provocaciones; ganándonos el respeto de los facultativos de la mina, que más “suaves” pasaban ocasionalmente a ver la marcha y funcionamiento del taller.

Hubo voces críticas de otros compañeros, que se sintieron extorsionados a causa de nuestro encierro, al no poder acceder a sus puestos de trabajo (habíamos paralizado las instalaciones), este hecho no me causo cargos de conciencia, siempre apoyé las movilizaciones y paros de otros colectivos. Incluso me uní a huelgas y luchas de colectivos ajenos a la minería, ya fueran de la construcción, el metal, la hostelería y hasta en las protestas estudiantiles nos tuvieron a los mineros hombro con hombro junto a ellos.

Entramos en aquel encierro con la misma humildad que salimos, sin aspavientos sin voces críticas ni protagonismos. En nuestro pensamiento estaba un encierro de años atrás protagonizado por los secretarios generales de CC.OO. y SOMA-UGT y sus respectivos “delfines”, los cuales hicieron a la salida del pozo Barredo una pantomima entre abrazos y focos de televisión que nos produjo un rechazo y una vergüenza ajena muy grande. Salieron como estrellas de cine, con gafas de sol para no “dañarse” los ojos con la luz exterior.

Mientras en las calles, los mineros que a diario bajábamos a los pozos a ganarnos el sueldo manteníamos el tipo entre cargas policiales durísimas, en barricadas entre botes de humo pelotas de goma y detenciones que terminaban en un cuartel con represión incluida. En aquella época la fuerza policial antidisturbios, era muy numerosa, venían refuerzos de otras provincias; las cuencas mineras estaban en estado de sitio. Absolutamente.

Nos saltamos las directrices sindicales, porque no queríamos ser brazo de madera de ninguna organización sindical. No dejamos que nos marcaran los tiempos, porque llegó un momento en que no nos sentimos ni representados ni amparados por ellos. Después de nuestro encierro, se replantearon la forma de continuar haciendo labores sindicales mirando de nuevo a sus bases, al menos así fue en nuestro pozo.

Una década más tarde, cuando el fantasma del cierre de las minas de carbón volvió a sobrevolar las cuencas y hubo que volver a tomar las calles, fuimos ejemplo de posteriores encierros. El nuestro, fue una parte importante de su bandera, pasábamos al bando de los héroes dejando atrás el de los villanos, éramos un referente para una mina que agonizaba un poco más. Pero esa guerra… ya no nos pertenecía.

Desde estas líneas rindo un homenaje, un abrazo y un sitio en mi corazón para estos compañeros y amigos que durante esos días de lucha permanecieron conmigo en las trincheras subterráneas del pozo San Nicolás: Rafael (Falo), Abelino, Rubén, Héctor, A. Catrófes y Andrés (fallecido).

Ya basta de cantores de la mina,

que jamás en la mina trabajaron.

No canten al carbón que no picaron,

ni a las noches de miedo y de neblina.

Albino Suárez

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