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Nuestra reivindicación no era un tema económico, lo que le pedíamos a la dirección de la empresa era la humanización en las condiciones laborales

El candil de sapo: el encierro que viví (I)

Hacía meses que la protesta se había recrudecido. En la lampistería del pozo, en el relevo de las 7.20 de la mañana, los nervios y el malestar se desataban cada día y con más intensidad. Una capa de carbón, la 8ª Oeste del pozo San Nicolás explotada entre las plantas 7ª y 8ª y a una distancia del embarque de tres kilómetros y medio; que recorríamos a pie todos los días para llegar al tajo entre resbaladizos raíles y abundantes charcos de barro, era el primer escollo a vencer para llegar al taller de la capa 8ª; lugar donde realizábamos las labores de picar el carbón y su posterior posteo.

Era una capa vertical, de una potencia media de 1.90 metros. Un carbón de cierta dureza y con unos hastiales irregulares que hacían penoso el posteo, debiendo emplear más cantidad de madera para su sostenimiento y por tanto el tiempo empleado en esta labor se multiplicaba en nuestra contra, ya que las tareas estaban sujetas a un convenio de destajos.

Nuestra reivindicación, no era un tema económico. Lo que pedíamos a la Dirección de la Empresa, era humanización en las condiciones laborales. Por la dureza del carbón que arrancábamos manualmente y por las dificultades en el posteo, pedíamos que se nos facilitara un equipo de “tira” (grupo de ayudantes mineros encargados de la distribución de la madera necesaria a los distintos tajos del taller), para nosotros poder cumplir los objetivos de arranque de mineral y posterior posteo de los huecos ahorrándonos así un tiempo muy preciado y humanizando el destajo. La empresa, exigía una producción de 35 a 40 vagones de carbón por picador y tajo, puestos sobre raíl en la 8ª planta diariamente.

El taller constaba de 18 tajos, que variaban entre 17 y 20 dependiendo de las irregularidades de la rampla (taller), en los avances de estos tajos incluía el de la sobre guía en la galería inferior y el tajo del rasgado trasero de la galería superior. El destajo que la empresa quería imponer era desproporcionado.

Llegar caminando (¡casi cuatro kilómetros!), dar “tira” a la madera para cada tajo y picador, arrancar el carbón a martillo manual y portear los huecos en un tiempo de siete horas y diez minutos era una labor penosa e inhumana, que con las prisas que el destajo imponía, iba a repercutir en nuestra seguridad e integridad física ya que el ritmo de trabajo llegaba a descuidar las atenciones en el posteo, con el consiguiente riesgo de roturas y hundimientos del fragmentado y peligroso techo. “Rápido y bien… no hay quien”.

Posicionamiento de la empresa

La empresa, HUNOSA, ya hacía bastantes años que a nivel general y en todas las explotaciones de las distintas cuencas mineras asturianas era deficitaria. Como el resto de la minería nacional, ya fuera esta pública o privada carecía de rentabilidad, (el mineral importado salía más barato). Por ser el carbón en Asturias uno de los pilares de su economía y principal estrategia, se seguía manteniendo su actividad (y se sigue manteniendo).

Las ayudas al carbón que la comunidad económica europea fue otorgando a la minería asturiana, fueron mal administradas, revirtiendo muy poco en la mejora productiva de las minas y fracasando a veces en los nuevos sistemas de producción mecanizadas. En otros casos fue un dinero mal administrado, invirtiéndolo a veces en proyectos absurdos, como la construcción de museos etnográficos, algunos de escaso interés u obras tan descabelladas como casinos. La región continúa sin reindustrializar; e intentar sacar una producción industrial fuera de su comunidad, aún resulta muy costoso. La orografía montañosa que comunica con el resto del país, así como un sistema aeroportuario con escasa proyección nacional e internacional son algunas de las causas de su retroceso.

En mi opinión, creo que no se tomó el ejemplo de países como Alemania y Bélgica por citar algunos de la Comunidad Europea. Estos países, cuando la crisis del carbón les llegó; con las ayudas comunitarias que fueron recibiendo, crearon y fortalecieron industrias alternativas; tales como fábricas, talleres y otras industrias afines. Los mineros rebajaron sus jornadas laborales, para emplear el tiempo restante en el reciclaje y formación en otras profesiones como calderería, soldadura, automoción, hostelería… ¡¡Se habían reciclado!!

Estaban formados en otras profesiones y la crisis del carbón no les golpeó con la contundencia que en Asturias fue dejando en el sector y en la economía de la región. Un albañil, un mecánico, un hostelero lo son y pueden desarrollar sus profesiones en su ciudad y del mismo modo hacerlo en cualquier parte del mundo; pero las labores de mina y sus sistemas de trabajo, no son extrapolables a otros ámbitos profesionales. Esta es la causa que limita al trabajador minero cuando es apartado de su “ecosistema subterráneo”.

Retomando el hilo de las causas, y postura de la Empresa ante el conflicto que teníamos; esta se posicionaba hacia la no negociación con los trabajadores, negándose a sentarte ante una mesa para dar una salida y solución al problema. La dirección del pozo San Nicolás, tenía una postura estratégica muy particular; al no sentarse a negociar, el conflicto se prolongaría en el tiempo, con lo cual ya tenía el motivo suficiente para justificar las perdidas y el incumplimiento de producción ante la dirección general de la empresa HUNOSA. La dirección llegó a decir, que nos prefería en casa y parados que produciendo carbón… para la dirección del pozo era la justificación perfecta a su mala gestión del pozo.

Fueron varios meses de conflicto; llegó un momento donde las necesidades básicas de cada uno de nosotros comenzaban a flaquear; había que presentar batalla a la empresa, y la contundencia tendría que resonar fuera del pozo. La acción debía de tener repercusión mediática y hacer vibrar las paredes de las oficinas centrales de la empresa en Oviedo, así como una repercusión en los medios periodísticos y de comunicación de la Región.

La decisión

El viernes día 4 de febrero del 2000, entramos a la mina con la intención de reunirnos todos en la galería de 7ª planta al pie del taller de la capa 8ª. El objetivo, era tomar una resolución entre todos los mineros de la explotación afectados por el problema. Creo recordar, que éramos unos 23 productores entre picadores y ayudantes mineros. Nos reunimos allí para no alertar a la Dirección del pozo de nuestras intenciones. La opción de encerrarnos allí abajo ya circulaba por nuestras cabezas. No quisimos hacer partícipes de nuestra causa e intenciones a los sindicatos del pozo (en aquellos momentos eran CC.OO. y SOMA-UGT), ya que durante estos meses de conflicto ni nos dieron soluciones ni se mostraron solidarios con nuestra causa. Por el contrario silenciaron el problema evitando dar la cara ante la empresa. La empresa, ya se encargaba de “amansarlos” con privilegios y horas sindicales, para que no hicieran mucho ruido.

Cortamos el paso de trenes al interior del taller, para que nadie ajeno a los trabajadores de la capa 8ª, conociese nuestra clandestina asamblea. Había mucha tensión y la gente estaba con muchas ganas de presentar batalla.

Años atrás, yo había vivido un intento de encierro en el interior del pozo Santa Bárbara de Turón. Era en protesta por el despido injustificado de un compañero. Éramos un colectivo demasiado numeroso los encerrados y la situación se nos fue de las manos. El encierro apenas duró veinticuatro horas, fracasando estrepitosamente al no acercar posturas entre tan variopinto grupo con intenciones muy diversas y disparatadas. El miedo de unos al castigo y despido, la ansiedad de otros al verse encerrados y otras circunstancias hicieron aguas en una nave tan cargada.

Cuando se votó por unanimidad el encierro indefinido; yo en mi turno de palabra, expuse mi experiencia en el fracasado encierro del pozo Santa Bárbara y lancé la propuesta de hacer una selección de no más de diez personas en el encierro. Los demás, tendrían la difícil misión de hacerse oír en el exterior, así como lidiar con las voces discordantes que sin duda irían surgiendo, además de cavar las oportunas trincheras ante las represalias que la empresa pudiera tomar.

Cualquiera de nosotros, era lo suficientemente válido para encerrarse allí abajo indefinidamente. Todos estábamos curtidos en protestas, manifestaciones con carga policial y detenciones incluidas. En los años 80 y 90; las protestas por el futuro del carbón y los convenios colectivos, llegaron a ser muy violentas, con fuertes cargas policiales. Mi consuegro; Lorenzo Gallardo Caro, murió arrollado por un vehículo en una barricada que junto con otros mineros estaban levantando en señal de protesta en la autovía A-66, que comunica Asturias con Castilla-León. Fueron años duros de lucha por el futuro del carbón.

El éxito del encierro pasaba por una lucha de “guerrillas”, un grupo reducido allí abajo, tomando el mando de la explotación, y un ejército más numeroso en el exterior “cavando y fortificando trincheras”. Encerrar a todo un ejército de 23 personas en el interior de la mina, era meter ovejas en un aprisco; al lobo, se le pondría fácil el “degüello”. Al final la razón se impondría, y la decisión fue que nos encerraríamos seis de nosotros indefinidamente a partir del lunes día 7 de febrero. Se dio por finalizada la asamblea y salimos al exterior con la decisión ya firme.

A la salida del pozo, Abelino, secretario general de CC.OO. del pozo, voz discordante dentro de los “mansos” del sindicato. En CC.OO. Había tres facciones: los oficialistas, los críticos y la izquierda sindical; estos dos últimos en contra de las políticas del sindicato. Abelino, se identificaba con la última. Conocedor del problema, nos comunica que se quiere unir al grupo de los encerrados. Se trata de una persona legal y solidaria, dentro y fuera del sindicato. Su postura nos sorprende al principio.

La reflexión que hace nos refuerza en nuestra lucha. Encerrándose él —Secretario General—, obliga a los sindicatos a posicionarse a favor o en contra de sus afiliados. Dejando con “el culo al aire” a los sindicalistas “domados” por la empresa. También cabe la posibilidad, que en caso de represalias más duras, nos veamos un poco menos indefensos. Aceptamos su propuesta de unirse al grupo de los encerrados, todos somos conscientes de su lealtad y compañerismo. Al final los encerrados seremos siete.

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