El candil de sapo: Manuel

4.9/5 (10)

Maldigo la mina que no te ha dejado volver. Maldigo esta tierra negra que pare y devora a sus hijos. Mis ojos ya están resecos y agotados. El espejo cada mañana, me devuelve la imagen de una anciana, que cada día y con más canas… me viene a buscar.

El candil de sapo - Manuel

Llegabas con tu chaqueta de Mahón gastada y gris. Las pastillas de “la nave” y el “azulete” ya apenas podían devolver su anterior color azul marino. Aquellos ojos, tan hundidos por tantas horas de oscuridad. Perfilados con el polvo del carbón tras las pestañas. En un rincón de las pupilas aún quedaba sin apagar la última llama temblorosa de tu lámpara de gasolina.

Me rodeabas con tus brazos —tan inmensos—, mientras yo notaba esa barba áspera y dura en mi tez. De nuevo ese olor inconfundible de humedades grises de carbón y tierra estéril, se me iba aposentando en esa “caja de zapatos” de la memoria; donde guardamos los tesoros para siempre.

Olías como el interior de esas ermitas de piedra, madera y yeso. A bosque oscuro y húmedo de troncos muertos cubiertos de musgo. Rebuscaba en tu bolsa de tela, entre bombachos y toallas sucias. Siempre ese olor. Y encontraba, como siempre, aquel “paquetito” de papel de estraza atado con hilo de bramante. Lo desenvolvía con prisa sentada en el suelo, junto a la vieja “Hergóm” de carbón y leña. Extendía el papel en mi regazo, y descubría el trozo de pan con tortilla que tú me guardabas de la última merienda.


Contemplaba aquello; miraba mis manos sucias, negras del polvo depositado sobre el papel y que tiznaba el pan y mi piel. Era como un ritual. El llevarme aquello a la boca me hacía más tuya; por un momento olvidaba nuestras miserias y sueños arruinados. Ya estabas en casa, un sábado más a tu lado. La “tramuntana”, con sus nieblas que agotan mis ojos esperando verte aparecer, te devolvía a mis brazos un sábado más.

Preparaba tu aseo. Como un ara votiva, colocaba la desconchada palangana de zinc sobre la mesa. A un lado la toalla, al otro la pastilla de jabón “El Chimbo”. Me sentaba frente a ti. Te quitabas tu camiseta de felpa, ya devorada por tantos “remiendos”, y te observaba como sacabas de tus poros las últimas partículas de polvo negro. Te ayudaba a secarte, te vestía esa camisa que olía a prado y almidón, y nos íbamos a comprar la media docena de buñuelos como cada sábado.

De vuelta a casa, cogida a tu mano áspera; pero cálida e inmensa, iba sorteando los charcos de piedra en piedra. A veces, la luna con su reflejo me confundía, y mi zapato se hundía en algún charco. Entonces tú me rescatabas llevándome en volandas entre risas y sonoros besos. La tarde y noche de los sábados, a tu lado, siempre duraba un poco más.

Sábado, Tres de Abril. ¡Qué ironía más cruel! Mis piernas no me sostienen, y la ropa no toca mi espalda. No sé cuánto tiempo llevo apoyada en este poste de la bocamina.

Faltan tres. Miquel, el de Alaró, Antón… y mi Manuel. Esta puta mina ha doblado sus rodillas aplastándolos. Hay mujeres que, entre suspiros y “ayes” acompasados, se abrazan. Hombres que con sus lámparas colgadas del cuello van surgiendo de la oscuridad como ánimas irreales.

Al despuntar la noche, una camilla cubierta con una raída manta y portada por cuatro hombres tiznados de negro se detiene. Una explosión dentro de mí, seguida de un zumbido sordo, me lanza sobre la camilla. Descubro tu rostro inerte, gris, frío. Un caos de manos me apartan de tu lado. Tus ojos entreabiertos. En el último forcejeo, toco con mis dedos el hilo de sangre, que en tu cara se va enfriando. Me lo llevo a los labios…

Hasta pronto, Manuel.

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