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Gotor se ofreció a matar. Y como de rivalidad andaba sobrado, Mala Sombra hizo lo propio jurando mancornar el que iba a torear el Ochavito, que era el más bravo de todos

Pío Baroja, el escritor de «Memorias» por excelencia
Pío Baroja, el escritor de «Memorias» por excelencia

Ciudad Rodrigo fue, después de que Cádiz hubiese caído en manos de los absolutistas, el último refugio liberal de la Península, un obstáculo —al igual que ocurriese en 1812— para la restauración del Antiguo Régimen. Su rendición se firmó en el Monasterio de Nuestra Señora de la Caridad el 15 de octubre de 1823.

La leyenda dice que en ese año se encontraban en Ciudad Rodrigo las tropas de Juan Martín Díez, El Empecinado, un liberal de vocación que puso frente al absolutismo que Los Cien Mil Hijos de San Luis traían por encargo de Fernando VII.

Loco de amor

A las órdenes de éste trabajaba el capitán Porras, Mala Sombra, conocido así porque la suerte nunca le acompañaba. De Conchita Aguilafuente, diecisiete años de edad, estaba éste locamente enamorado, lo mismo que le ocurría a un teniente de nombre Gotor.

Durante el tiempo que duró la requisa de vacas por las tierras de Vitigudino, Mala Sombra se hizo íntimo de un italiano llamado Pancalieri. Comenzó a aficionarse tanto a su compañía «que le trataba como si fuera su hermano; le hizo confidencias acerca de sus amores, y le pidió consejo».

El que este se hospedase en la casa de Conchita le sirvió al Capitán tanto de excusa de visita como de vigía. Así es que para celebrar el éxito de Alba de Tormes, cuando «los realistas, consternados y en la mayor perplejidad, volvieron de nuevo grupas buscando una salida, y comenzó la desbandada», y con el Ochavito y el Buñolero como reclamo, que eran dos nacionales en la columna, se organizó en la Plaza Mayor de Ciudad Rodrigo una corrida de toros en la que, sin anuncio previo, Gotor se ofreció a matar. Y como de rivalidad andaba sobrado, Mala Sombra hizo lo propio jurando mancornar el que iba a torear el Ochavito, que era el más bravo de todos:

«Pregunté al Ochavito en qué consistía esto de mancornar: ‘Un hombre puede coger —así decía él— un novillo de tres años; pero a un toro es imposible sujetarlo. Cuando se trata de coger un toro, se le debe primero capear, haciéndole sufrir todo el destronque posible, y cuando se nota que ya está sin fuerzas, lo cual se consigue muy pronto en sabiendo bien sacarle la capa, va uno y le agarra de la cola; el que mancornea, al pasar el toro junto a él le coge el pitón derecho con la mano derecha y, con la izquierda, el pitón del otro lado. Entonces, a fuerza de pulso, se le vuelve al animal la cabeza y se le echa en tierra’».

La tragedia

El día del festival, Conchita y Pancalieri disfrutaban desde un balcón próximo al Ayuntamiento, en «un segundo piso de la Plaza Mayor, en la casa de un Comerciante». Gotor mató como debía; Mala Sombra tumbó el toro del Ochavito de un empujón y con su pie le tapó el hocico.

Pero la tragedia, que completa siempre un buen amor, hizo que Mala Sombra, impaciente por ver la reacción de Conchita, buscase con sus ojos los de ella. Aunque la leyenda dice, llena de romanticismo como todas, que nadie sabe qué vio Mala Sombra en aquel balcón, Pío Baroja lo deja cristalino:

«Miré al balcón de Conchita. Ella estaba encendida. Pancalieri, con un aspecto cínico y sonriente. Ella aprovechaba las ocasiones de frotarse con él, y se estrechaban las manos sin que la madre les viera. A veces ella entraba en la sala y se besaban, y estaban largo rato con los labios unidos. El forcejeaba con ella, y ella se escapaba de sus brazos y volvía a salir al balcón encendida y con un aire compungido».

Sea como fuere, de inmediato el capitán soltó los cuernos del toro, y en ellos encontró la muerte.

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