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Anda muy movido el río con el casoplón de Pablo Iglesias e Irene Montero. Dice el refranero: “nunca digas de este agua no beberé”. Y es precisamente lo que le ha pasado al líder y a la “lideresa” de Podemos.

 

Casoplón de Pablo Iglesias e Irene Montero con un cartel en la valla que invita a los refugiados y ocupas.
Casoplón de Pablo Iglesias e Irene Montero con un cartel en la valla que invita a los refugiados y ocupas.

 

Que si consulta a las bases, que si el cartel que les colocaron en el cerco de la casa que decía “Welcome refugees & ocupas”, que si una multitudinaria quedada a través de Facebook para hacer una barbacoa en el lugar.

Irónicamente, ha circulado estos días un vídeo en el que Iglesias salía corriendo junto a Ana Rosa Quintana, que le estaba entrevistando. Justamente en el vídeo hacía alusión a lo desconectados de la realidad que podrían estar los políticos que vivían en un chalet de 600.000 euros.

 

 

Mira Pablo, si hubieras dicho otra cifra, no sé, 700.000, 800.000, quizás el revuelo y el cachondeo hubiera sido menor, pero, cosas de la vida, tuviste que decir precisamente 600.000 y entonces, pues nada…, que se lo has puesto a huevo a cualquiera que quisiera despellejarte.

A mí me parece muy lógico y muy normal que quieras vivir bien, con comodidades por encima de la media y demás porque, lo que hagas con tu dinero, no es cosa mía. Pero claro, las críticas te han venido por aquello de la coherencia. Esta es una cosa que llevo años y años repitiendo y es que, cualquiera que se vaya hacia los extremos, cae irremediablemente en la peligrosa zona de la incoherencia. Y esto sirve para los dos bandos. Ya lo decía mi padre con mucha razón: “Mira hijo, en la moderación está la virtud”.
Tu discurso de “todo es de todos…” queda incompleto. Habría que añadirle: “…menos lo mío, que es mío”.

Por otra parte, y aunque aparentemente no tenga nada que ver, hace unos días a todos nos sorprendió por las noticias el video del abogado racista, un tal Aaron Schlossberg, que increpó a dos empleadas en Nueva York por estar hablando en español.

Reconozco que, recién vi la noticia, me metí en internet a investigar quién era el iracundo individuo. Mi intención era localizar la página web de su trabajo y dejarle un mensajito escrito en perfecto castellano.

Inmediatamente descubrí que habían despedido al tipo de la oficina de abogados, cosa que me pareció de lo más normal, porque sería muy mala publicidad para la misma mantenerlo en su puesto.

Pero lo que me sorprendió cuando volví a ver la noticia en la noche fue que, además, el casero de su apartamento le había pedido que le entregara la vivienda y que se habían hecho concentraciones en la puerta del edificio, cantando música en español.

Para que mentiros, la noticia me arrancó una sonrisa por la rocambolesca situación. Un tipo que no quiere escuchar a otros hablar español, tiene que soportar unas buenas serenatas en nuestro noble idioma.

 

 

A lo que voy es que hoy en día toma más sentido que nunca la frase: “Uno es esclavo de sus palabras y dueño de su silencio”. Si lo pensamos bien, la línea entre lo público y lo privado se ha borrado ya completamente. En cuestión de minutos se difunde dónde vives, dónde trabajas, tus amigos, tus creencias, etc.

Tan pronto se plantan unos de las juventudes de VOX en la cerca de tu casa para cachondearse de tus ideas y discursos y las incongruencias de los mismos, cómo que te montan un festival de mariachis en la puerta del edificio donde vives. Por no hablar de los escraches que les montaron a diversos políticos en la puerta de sus casas hace unos años.
Esta mañana leo atónito en las redes sociales cómo un amigo justifica los escraches, pero condena el acoso al que están siendo sometidos Iglesias y Montero ¿De verdad?

Yo, sinceramente, condeno cualquier tipo de acoso al que puedas ser sometido en tu ámbito privado y no hago distinción entre motivos, por muy grave que sea lo que hayas hecho o dejado de hacer, o por muy opuestas que sean tus ideas y valores a los míos.

Creo que todos tenemos derecho a la intimidad en nuestros hogares, sin excepción, y esa intimidad solo puede ser violada por las fuerzas del orden con motivo de que estés cometiendo un delito fragrante o, en su caso, amparada la acción bajo una orden judicial.

Por muy de acuerdo que esté con la libertad de expresión, las concentraciones, actos de presión, pintadas, carteles colgados y así un largo etcétera de actos intimidatorios o molestos contra las personas en el entorno de sus domicilios privados, me parecen deleznables.

Os voy a contar una anécdota: El otro día intenté (y digo intenté porque hemos estado bastante enfermos toda la familia durante los últimos días) dar un paseo con mi mujer y mi hija aprovechando el fabuloso día que hacía en Santiago de Chile (pronto nos tuvimos que volver a casa por un ataque de tos que le entró a mi mujer).

Estábamos cruzando un paso de cebra cuando nos encontramos de bruces con un mercedes blanco muy lujoso, conducido por un señor de unos setenta y tantos años, y que bloqueaba el paso hacia el rebaje de la acera, lo cual hacía muy complicado que yo pudiera seguir la marcha con el carrito de mi hija. Le hice señas para que retrocediera un poco y me dejara pasar. El tipo sí lo hizo, pero se quedó mirándome fijamente, a lo cual yo continué con la mirada al frente. Cuando ya sobrepasé el coche y estaba subiendo a la acera, me sorprendió que la señora que le acompañaba había bajado la ventanilla de su lado y al conductor no se le ocurrió otra cosa que gritarme: “¡Imbécil!”.

Si hay algo en este mundo con lo que no puedo es con el insulto, y menos si este es gratuito.

Me giré hacia atrás y, acercándome a la ventanilla del coche le dije: “Señor, ¿es que usted no sabe dónde tiene que pararse en un semáforo? Y ¿qué me ha dicho?”.

Volvió a repetir…”¡Imbécil!”. Esta vez más cargado de soberbia e insolencia.

El primer insulto estaba dispuesto a dejarlo pasar, pero el segundo no, así que le grité: “¡Gilipollas!” (a riesgo de que no entendiera el insulto, pero me daba igual, me salió de dentro). Me giré y continué mi marcha y, alejado ya unos pasos, volví la cabeza y pude observar que el señor me estaba dedicando una “peineta” con su dedo corazón y cara de prepotencia.

A su tercer insulto y desprecio le contesté con sonoro: “¡Viejo de mierda!”, que seguro escuchó, aunque ya había subido la ventana. Por suerte, mi mujer ya estaba a unos treinta metros delante y se había hecho cargo del cochecito de nuestra hija (luego me dijo que me había desentendido de él de forma un tanto desaforada, cosa de la que, obviamente, no fui consciente).

A ver, uno es humano y tiene un límite. El viejo, no solo estaba faltando a las más elementales normas de civismo, sino que también tuvo la osadía de insultar gratuitamente a una persona mucho más joven cómo yo que le podría haber dado sopas con hondas. Quizás confió en que, al ir acompañado de una niña pequeña, no me iba a poner violento. Quizás no me vio pinta de chungo. No sé, pero vamos, deporte de riesgo el del incívico carcamal.

En fin, que la próxima vez, en vez de cabrearme y disgustarme por lo cretinas e irrespetuosas que pueden llegar a ser las personas, lo que voy a hacer es sacar el móvil y grabarlo todo desde el principio, para que no quepa ningún género de dudas. Así, alguien conocerá al lerdo desquiciado de turno y, con un poco de suerte, las hordas justicieras de las redes sociales se le vendrán encima y le fastidiaran de lo lindo por, precisamente, sus “lindezas”.

Cómo dijo Arturo Prat (héroe naval chileno) un día como hoy hace 139 años: ”¡Al abordaje muchachos!”, aunque ello le costó la vida.

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