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Angelina, horrorizada, reconoció en el muerto a su hermano de toda la vida. Era Clairvius Narcisse, un aparente vagabundo de andar desmañado.

Narcisse aseguró sobre su tumba haber sido plenamente consciente de su muerte durante el tiempo que duró su defunción / Fuente: Rick Genest, ahora Zombie Boy.
Narcisse aseguró sobre su tumba haber sido plenamente consciente de su muerte durante el tiempo que duró su defunción / Fuente: Rick Genest, ahora Zombie Boy.

Narcisse murió en 1962 como mueren todas las personas, y también así fue velado y enterrado en un funeral normal y corriente en el que hay un muerto que muere y unas honras fúnebres que acicalan. Pero Narcisse volvió de entre los muertos 18 años después, en primavera, cuando las flores encuentran en la tierra y en el aire el nervio necesario para explotar en arco iris. Sería cosa de la sangre.

Fue en L´Estère, Haití, la más ilustre productora de arroz del país y el escenario de la revolución de la madre independencia que hizo a Dessalines proclamarse emperador con el nombre de Jacques I. Allí vivió Narcisse, y allí volvió aquel día de primavera desorientado y con los ojos a medio vaciar. De esa guisa, con el andar fatigoso de un zombi cualquiera, el aparente vagabundo se acercó hasta Angelina, la mujer que, horrorizada, reconoció en el muerto a su hermano de toda la vida.

En aquella época era común en Haití dar escarmiento a los que no conviniesen con un determinado objetivo familiar. Así, aquel no quisiese, por ejemplo, casarse con quien estaba establecido, era expuesto al coup de poudre, la tetradotoxina (TTX) popularmente denominada «polvo de zombi» o «polvo para zombificar». Muy cinematográfico. También era común en Haití que fuese un brujo o bokor quien sometiese al castigado a este proceso, primero soplando sobre él esa tetradotoxina y después ofreciendo datura stramonium, el famoso estramonio estrella de las bacanales romanas cuyas propiedades alucinógenas devolvían el muerto a la vida, pero esta vez con sus facultades mentales anuladas. Así permaneció Narcisse, envuelto en un rol de vudú durante años trabajando hasta que su patrón murió. Sin voluntad es fácil que uno haga lo que el otro dice.

El muerto que volvió para trabajar

El caso suscitó un enorme interés, más aún a raíz de las declaraciones de Narcisse. El zombi aseguró sobre su tumba haber sido plenamente consciente de su muerte durante el tiempo que duró su defunción. Y como no podía ser de otra manera, un antropólogo se ofreció como roto para aquel descosido.

Wade Davis, que así se llamaba, animado por el jefe de la neoyorquina Unidad de Psicofarmacología del Rockland State Hospital, Nathan Kline, decidió ponerse manos a la obra para dar claridad al caso del zombi haitiano. Por eso viajó hasta el país de origen de Narcisse, para evidenciar con la seguridad que da tu ciencia el supuesto que reza que un hombre puede volver a la vida. Davis, que recogió sus indagaciones en un par de publicaciones, Serpent and the rainbow y Passage of Darkness: The enthobiology of the haitian zombie —muy cuestionadas, por cierto, por no haber evidencia científica del proceso—, había centrado sus estudios en los usos que las tribus hacían de los alucinógenos.

Para la supuesta zombificación de Haiti, el etnobotánico canadiense comparó los síntomas de Clairvius con otros similares que quedaban recogidos en la literatura médica japonesa. Como dos gotas agua. Por eso llegó a la conclusión de que un ser humano podía ser zombificado a través del doble proceso que líneas arriba se menciona: se mataría con el coup de poudre y se reviviría con el estramonio.

Un zombi de pacotilla

Japón es un consumidor asiduo del peligroso pez globo o fugu. En una entrevista a Pedro Espina, chef del prestigioso Soy de Madrid, Lourdes López analizaba en 2014 el interés que había despertado el consumo de este animal en España a raíz de «la aparición de ejemplares de fugu venenoso en el Mediterráneo». La periodista de La Vanguardia contaba entonces cómo el país nipón había prohibido su captura durante los siglos XVII y XVIII por el riesgo de muerte que conllevaba su mal consumo, y como tuvo que claudicar después ante la negativa de la población: «el gobierno de Japón decidió legalizarlo siempre y cuando su captura, consumo y venta se rigiesen bajo una estricta normativa», decía el chef.

Para el caso que nos ocupa, diremos a favor de la ciencia que la TTX se encuentra en las vísceras de este alimento. La potencia de esta neurotoxina es tal, que ingerida en dosis irrisorias —0,51 miligramos— hace imposible a nuestro cuerpo la contracción de sus músculos, que no la pérdida de consciencia. Por eso, un hombre intoxicado puede aparentar estar muerto durante varias horas, y por eso Clairvius Narcisse, el zombi haitiano, aseguró haber sido consciente desde su nicho de lo que se cocía en su entierro, pero a su vez incapaz de pedir auxilio.

¿Por qué?

Por dinero, claro. Por lo visto fue un hermano de Narcisse quien quiso dar escarmiento por unos asuntos relacionados con tierras familiares. Y lo dio pero bien: enterrado vivo —aunque sólo él lo supiese—, desenterrado a la fuerza y esclavizado durante años en una plantación con la cabeza a medio repellar fue el merecido de Clairvius Narcisse. Desde luego, el padre de todos los escarmientos.

Y como en Haití el miedo es libre, para evitar que los muertos de uno sean utilizados como esclavos, se acostumbra a cortar la cabeza del difunto o a inyectar en el finado agua salada. Al final, lo que se puede extraer de la historia de Clairvius Narcisse, el zombi real haitiano, es que ni muerto deja uno de trabajar.

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