No recuerdo cuál fue el origen de este cuento, creo que fue en un paseo cuando volvía del trabajo. Como todos los cuentos, es fruto de la imaginación, de una idea repentina que organizamos, la modelamos y muchas veces no sabemos cómo terminar. Ni siquiera si tiene fin, no importa. Si no encontramos el fin, volvemos al inicio.

A los dioses les gusta jugar

Ocurrió cuando el tiempo no había sido creado; los dioses, aburridos, decidieron ponerse a jugar. Crearon un tablero de juego, un espacio infinito al cual fueron incorporando elementos como fragmentos de una única partitura.

Cada dios era un intérprete que incorporaba al conjunto elementos con características propias, crearon estrellas, galaxias, planetas, cometas, meteoritos, satélites… Fue así como Retsma concibió un nuevo planeta, Alkiber lo dotó de árboles, plantas y vegetación. Sanganak creó los océanos, los mares y los ríos. Valkima incorporó las montañas, los valles y los desiertos. Atneo concibió a los animales, dotó de una especial particularidad a una de las especies: le permitió pensar.

Cuando los dioses decidieron que el nuevo planeta estaba terminado, solo faltaba incorporarlo al tablero de juego. Para ello necesitaban la aprobación de Ercanok, el dios de los dioses.

Se reunieron en la gran sala de juegos, colocando en su centro el nuevo planeta. Alrededor de él, sentados, todos los dioses. Sobre sus cabezas, el espacio.

Cuando se hizo el silencio, entró Ercanok y se acercó al nuevo planeta. Lo observó detenidamente mientras daba vueltas a su alrededor. Una sonrisa de aprobación se dibujó en su cara y de manera solemne se dirigió a los dioses:

—Habéis creado un planeta extraordinario superando todo lo que hasta ahora tenía nuestro tablero de juego. Lo llamaremos «Tierra», y a partir de este momento, ni yo ni ninguno de vosotros podrá interferir en su evolución. Los animales que piensan serán llamados «hombres» y poseerán un don único que los diferenciará de los demás, tendrán la capacidad de imaginar.

Terminado su discurso, Ercanok se acercó al nuevo planeta y con un suave soplido lo elevó hacia el espacio, convirtiendo la Tierra en un elemento más del tablero de juego.

Los dioses se reunían en la gran sala y observaban el desarrollo del juego, cómo se relacionaban entre sí los diferentes elementos del espacio. Les sorprendía la evolución de los hombres, con su imaginación se convirtieron en los dominadores de la Tierra. Imaginaron y crearon cosas increíbles, algunas invisibles como el tiempo. Esto les permitió imaginar el futuro y fabricar objetos con los que podían alcanzarlo.

Cuando la Tierra se les quedó pequeña, los hombres decidieron explorar fuera del planeta y de esta manera descubrieron un espacio al que llamaron universo. Empezaron a imaginar qué habría más allá y cuál sería el origen de todo aquello.

Algunos dioses empezaron a estar preocupados: si los hombres descubrieran su pasado podían interferir en su juego. Ercanok los tranquilizó:

—Los hombres podrán imaginar y crear su futuro, sobre el pasado podrán imaginarlo y hasta descubrirlo, pero nunca podrán interferir. El pasado es único y siempre estará en manos de los dioses.

Los hombres siguieron imaginando, siguieron buscando en su pasado y fue así como crearon a los dioses.


* A los dioses les gusta jugar es uno de los cuentos cortos que Pedro Sande recoge en 150 palabras.

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