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Buscan una mesa libre y se sientan todos menos uno. Un muchacho rubio, alto, que muy decidido se dirige a uno de los ordenadores

El secreto encanto de una biblioteca | Jarmoluk
El secreto encanto de una biblioteca | Jarmoluk

Aquel día lluvioso de setiembre pasé la tarde en la Biblioteca Nacional, recorriendo pasillos, revisando archivos, registros, escribiendo en el bloc de notas de mi tablet observaciones varias listas de libros que suponía serían útiles para preparar mi ingreso a una carrera universitaria.

Siempre me he sentido atraída por las bibliotecas, especialmente por esta, edificio histórico y monumental, ejemplo claro de la arquitectura gótica, es casi un templo, una catedral, un lugar de recogimiento, y también un espacio social donde se pueden encontrar personas con intereses en común. En este momento su director es un escritor llamado Jorge Luis Borges. La frecuento casi a diario.

Ya me disponía a salir cuando veo entrar a un grupo de jóvenes de mi edad. Intrigada me quedo expectante. No es común ver en esta biblioteca grupos de personas, la mayoría de los concurrentes somos seres solitarios que disfrutamos de un espacio donde se puede soñar sin restricciones ni espectadores y, en mi caso personal, lo considero más que especial: pienso que quizás algún día aquí encuentre mi alma gemela.

Era evidente que para esos jóvenes era la primera vez en esta biblioteca. Buscan una mesa libre y se sientan todos menos uno. Un muchacho rubio, alto, que muy decidido se dirige a uno de los ordenadores a revisar el inventario concienzudamente. El resto permanece esperando los resultados en una mesa contigua a la mía.

En pocos minutos el joven regresa junto a sus compañeros. No me cabe duda de que tiene el manejo del grupo. Aparentemente explica y los demás escuchan atentos.

En un impulso irresistible les digo en tono cordial y muy bajo para no interrumpir a los lectores y estudiosos que nos rodean:

—Me llamo Magdalena. Conozco muy bien esta biblioteca y podría ayudaros en su búsqueda… si es que lo necesitáis y estáis de acuerdo.

—¿Es tan evidente que esta es nuestra primera visita a este lugar?— inquiere el rubio, con una hermosa y varonil voz, mientras se sienta a mi lado.

—Sí, es muy evidente

—Estamos aquí porque este año terminamos el secundario y buscamos libros que nos ayuden a preparar el ingreso a la Facultad de Arquitectura.

Casualidad o causalidad —digo—. Estoy aquí por la misma razón, y también preparo mi ingreso a la carrera de arquitectura.

Entusiasmada, les sugiero seguir la charla y las presentaciones en el bar de la biblioteca. Todo el grupo se muestra encantado con mi idea y salimos rumbo al bar.

A los dieciocho años no tenía la menor idea de cómo sería el mañana para mí. Tampoco recuerdo si entonces el futuro me importaba demasiado. Pero algo tuve claro aquel día y en el aquel instante: mi hoy estaba allí con ese grupo de jóvenes, especialmente incluido el rubio de la cálida voz de locutor radial.

Se estaba comenzando a escribir una nueva página en el diario de mi vida.

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