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Pero entonces Fran me habló de sexo explícitamente, de esas primeras experiencias de juegos solitarios en los que unos meses antes, en Navidad, había sido introducido por su primo del pueblo

Empezando a vivir. El despertar al amor
Empezando a vivir. El despertar al amor

A estas alturas, me considero un auténtico inexperto en todo aquello que me rodea, pero supongo que esto es cuestión de edad y poco a poco iré adquiriendo experiencias en esto de la vida.

Creo que debo empezar por el principio. Soy Xavi, un chico de 15 años, hijo único, mimado, súper protegido por mis padres y, lo que es peor, por mis abuelos de ambas partes, ya que por el momento soy nieto único.

Hasta hace solo un par de meses, me he dedicado exclusivamente a ver pasar el tiempo, responder con escasa responsabilidad a aquello que se me exigía, estudiar y cubrir el expediente, tratar de mantener mi habitación recogida a mi manera y poco más. Tampoco he sido un niño problemático. No soy un chaval brillante en los estudios, pero jamás he suspendido, digamos que si de algo he de presumir es de saber navegar entre la mediocridad y de no destacar en nada ni para bien ni para mal. Pero una cosa es lo que uno con el tiempo va aprendiendo, esos pasos que a fuerza de repetir constantemente realizamos con una cierta maestría, y otra, lo inesperado que nos ofrece la vida.

A primeros de julio, como cada verano, la familia nos desplazamos hasta primeros de septiembre a un pueblecito costero de la costa levantina. Allí tengo mi pandilla de amigos consolidada después de años yendo al mismo lugar, nuestras costumbres, nuestra particular manera de pasar estos días de ocio y calor de manera muy distinta a lo habitual en la gran ciudad y, sobre todo, muy a nuestro aire, lejos de la mirada controladora de los padres.

La verdad que como cada año, yo no me había planteado nada especial. Lo habitual era dejarme arrastrar, tampoco soy una persona especialmente activa ni creativa, y normalmente son otros los que proponen, los que llevan la iniciativa; y yo me dejo arrastrar.

Nuestras mañanas de playa, nuestras tardes de excursiones en bici por los alrededores del pueblo. Un pueblo de pescadores lleno de tradición e historia. Las noches son de jornadas dobles de cine y de palomitas y coca colas hasta bien entrada la madrugada.

El primer cambio lo noté nada más llegar a la casa familiar. Entrar en mi cuarto y darme cuenta que algo allí no encajaba, que a pesar de llevar habitándolo todo la vida, al entrar este año por primera vez a deshacer mi propia maleta, algo me hizo sentirme incómodo.

Al abrir el armario fue realmente cuando tuve el primer shock al empezar de manera incontrolada a tirar cosas al suelo y prácticamente dejar el armario vacío de esas cosas que años tras año iba allí almacenando.

─¡Pero qué haces, Xavi! ─exclamó mi madre desconcertada al ver el desbarajuste producido en mi habitación, llenando el suelo de ropas.
─¿Pero tú has visto, mamá?
─¿Ver el qué? ¿El desastre que has organizado en unos segundos?
─¡Esta ropa, mamá!
─¿Qué le ocurre a esa ropa?
─Es de niño, mamá, y yo ya…

Mi madre me miró con ternura, me dio un abrazo y, sin decir nada, se puso a doblar y recoger el desaguisado que había hecho.

─Bueno, tendremos que ir de compras un día de estos.

Mientras, terminaba de doblar la ropa y hacer comentarios al respecto.

─¿Te acuerdas del día que estrenaste este bañador? Hay una foto con este pantalón y esta camisa cenando en el chiringuito de Ramón.

Mi madre, obviamente, recordaba esos momentos con cierta nostalgia. Yo, sin embargo, en mi interior sentía una sensación extraña que ni yo mismo comprendía, una sensación que me hacía renegar de todo aquello que hasta ese momento había sido mi vida, de mi propia esencia. Ni yo mismo era capaz de entender esto que en mí se estaba produciendo.

Realmente, lo que me alarmó fueron esos primeros días con la pandilla. Ya nada parecía fluir igual. De ese grupo alocado de chiquillos que durante años había sido el terror de allí por dónde pasábamos, apenas nos reconocíamos. La mayoría seguía siendo igual, pero luego, a parte estábamos dos grupúsculos más aburridos: el de tres chicos desganados de todo entre los que estaba yo, y un grupito de cuatro chicas que ahora se dedicaban a mirar de hurtadillas y a comentar en voz baja cosas que hasta este momento siempre habíamos compartido en pandilla.

Lo que sí observé era que en este grupo de chicas estaban las más mayores y los chicos éramos los tres de 15 mientras que el resto de la pandilla todos eran menores de 14.

Esa misma tarde, al salir de la ducha y contemplar el reflejo de mi cuerpo, me percaté de otros cambios físicos: un cuerpo más hecho, el incipiente vello en distintas partes de mi cuerpo y, sobre todo, esa sombra debajo de la nariz que ensombrecía mi rostro.

Esa noche, mi cuerpo experimentó sensaciones antes nunca vividas. Al despertarme por la mañana creí haber vuelto a la peor de mis pesadillas de niño, esa en las que amanecía mojado por las mañanas. En ese duermevela de primera hora de la mañana sentí la humedad en mi vientre. Inconscientemente me toqué. La humedad era distinta a lo conocido hasta ese momento. Era algo viscoso.

Salté de la cama. Afortunadamente, en ella no quedaba resto de eso que había descubierto en mi ropa interior. Me aseé como pude, me puse el bañador con el que estaba todo el día y busqué información en Internet.

Simplemente era un fenómeno natural, algo llamado polución nocturna, y una extraña sensación de que esto era el final de lo conocido y el principio de algo que de alguna manera me inquietaba por puro desconocimento. Al ser hijo único, al no tener hermanos, al carecer de primos, lo vivía con una intensidad desconocida.

Por lo exclusivo de la vivencia, esa mañana en la playa lo comentaba en ese pequeño grupúsculo de los chicos de 15. Ninguno lo conocía. Pero entonces Fran me habló de sexo explícitamente, de esas primeras experiencias de juegos solitarios en los que unos meses antes, en Navidad, había sido introducido por su primo del pueblo, que es unos meses mayor que él.

El mero hecho de esta conversación, estando tumbado en la playa sobre la toalla, tuvo una reacción espontánea en mi cuerpo. Obviamente no era la primera vez que sufría una erección, pero sí la primera que tenía una relación directa con la conversación que estábamos manteniendo, y todo parecía indicar que esto era un nuevo despertar a algo inexplorado hasta ahora. Este realmente fue el comienzo, la aparición de una nueva necesidad y una manera muy diferente de ver a algunas chicas del grupo, sobre todo a esas que ahora parecían tan tontas e inaccesibles.

La primera noche que fuimos al cine, los cambios quedaron patentes. En un rincón nos sentamos los mayores; el resto, a continuación, con la misma actitud de hacer ruido y hacerse notar que siempre hemos tenido.

A mi lado Jenny, mi amiga de toda la vida, aquí y en Madrid. Nuestros padres son íntimos amigos y siempre andamos juntos. A un lado estaban ellas cuatro; al otro nosotros tres. En el medio ella y yo, y a lo largo de esas dos películas, sensaciones extrañas y primerizas que me erizaban el vello del cuerpo y hacían reaccionar otras partes del cuerpo desconocidas para mí, como el revisionismo, las mariposillas en el estómago y la erección incontrolada aun sin tener pensamiento turbio alguno.

La primera película era una de esas de miedo. En el momento cumbre, Jenny me abrazó buscando mi protección. Yo disimulaba el mío propio. Me reía y trataba de calmarla cogiéndole fuerte de la mano. La segunda, una de esas románticas que después hemos visto cientos de veces en la tele y que, automáticamente, nos hacía evocar aquel primer verano tan diferente a otros.

El primer roce de nuestras manos coincidió con uno de esos besos de los protagonistas. Después se rozaron nuestras rodillas, se aproximaron nuestras caras, pero no se avanzó nada más. Después vino el desconcierto, unos días de distanciamiento, de apatía por parte de ella, sin participar de nuestros juegos, sin meterse en el agua con nosotros a darnos esas ahogadillas habituales, con el pretexto de que no se encontraba bien.

Su aspecto decía lo contrario. Yo la veía bellísima, llena de vitalidad, y lo achacaba a un retroceso, a una marcha atrás a esa noche de cine que tantas esperanzas e ilusiones me había producido.

Un buen día, casi una semana después, todo era sonrisitas entre ellas, y entre nosotros codazos y empujones de mis amigos hacia ella. No entendía nada. Estaba desconcertado hasta que oí hablar del periodo y de esos días raros que todas la mujeres sufren. Entonces lo comprendí todo.

A la semana siguiente, una de esa tardes aburridas de calima y tiempo no muy acto para el baño, hicimos nuestra primera excursión en bicicleta. Éramos más de diez, pero realmente a mí quien me importaba era ella, era Jenny, la única de la panda para la que tenía ojos en ese momento.

En esta excursión, como en todo lo que ocurría este verano, hubo un antes y un después, y en mi vida se ha vuelto a repetir una circunstancia igual: que un accidente, termine en algo tan agradable.

Así recuerdo que ocurrieran las cosas, y son tantas las veces comentadas entre nosotros, que al final todo termina idealizándose.

Íbamos absortos en el paseo. Yo no tenía ojos ni para el paisaje ni para los demás, solo para ella. Fui testigo de este raro movimiento del manillar de su bicicleta y su precipitación al suelo. Mi reacción fue rápida, apenas acababa de caer cuando yo tiré mi bici a un lado y me lancé a socorrerla. Todo fue un susto y unos pequeños arañazos en la rodilla y en un brazo. Había reventado una rueda al pillar un cristal y esto la desestabilizó. La excursión había concluido para ella.

─Chicos, continuad. Yo me quedo con Jenny y nos volvemos andando al pueblo.

En el grupo, más animado por las carreras y las bromas, lo que menos les apetecía era concluir la excursión y estuvieron de acuerdo en proseguir.

Esperamos a que le grupo se alejara, meditamos unos segundos la estrategia a seguir y, pocos segundo después, decidimos hacer el camino de vuelta al pueblo,a pie. Era cerca de una hora de caminata, con las bicis a remolque, pero al menos la compañía sería agradable y eso era lo que más deseaba en ese momento.

Entre los dos ocupábamos casi por completo el estrecho sendero. Las bicis, en la parte exterior; nosotros, juntos en el medio del camino, rozándonos a veces involuntariamente y a veces a propósito. Entonces ocurrió, entonces nuestras manos se buscaron y se entrelazaron. Yo con la izquierda tenía dificultades para seguir controlando la bici, pero a duras penas avanzamos hasta que una fina lluvia comenzó a azotar.

Éramos muy jóvenes, muy inexpertos en todo y solo se nos ocurrió cobijarnos bajo un gran nogal. Nos sentamos muy juntos uno pegado al otro, pero la incesante lluvia comenzaba a escurrir a través de las hojas del árbol. Me quité la camisa, quedando con mi torso descubierto, y con ella nos cubrimos las cabezas,impidiendo así, por solo unos instantes, que el agua nos mojara.

Entonces ocurrió. Fue algo involuntario. Ella me hablaba. Yo me giré hacia ella para ver su rostros y nuestras caras se enfrentaron, nuestros alientos se unieron y nuestras bocas se buscaron. Primero en un inexperto beso de juntar boca con boca; después ella entreabrió sus labios y mi intrépida lengua se introdujo en su jugosa boca para jugar con su fresca lengua. Entonces esa nube de verano cesó. Nos miramos con vergüenza y bajamos la mirada al suelo. Mientras, en el cielo, el sol impetuoso y rabioso de julio quemaba el camino apenas refrescado por unas gotas de lluvia.

─Creo que debemos volver antes de que vuelva a llover.

En la lejanía se contemplaba la silueta tan conocida del pueblo a nuestras espaldas. El griterío de la panda volviendo a toda prisa de su excursión nos hizo volver la mirada y llegar a la entrada del pueblo, todos nuevamente a la vez. Ninguno había sido testigo de lo ocurrido, pero no fue necesario hablar sobre ello para darse por entendido que entre Jenny y yo algo especial había ocurrido.

Mirando hacia atrás con una cierta perspectiva, Jennifer recuerda aquel verano. Me recuerda como ese joven fuerte y seguro de mí mismo que destacaba del grupo y que solo en unos días había pasado de ver como su compañero de juegos de infancia para contemplarlo como el hombre de su vida.

Ahora, 25 años después de ese primer beso, de ese paseo iniciático en bicicleta, vamos camino del pueblo, seguimos la tradición que arrastramos desde niños. Nuestros padres siguen manteniendo las casas en el pueblo. Ahora somos nosotros los que traemos a nuestros hijos. Carlota, nuestra hija mayor ya está en esa edad tonta. A Alex, año y medio más pequeño, tal vez aún le quede algún verano más de infancia, de pandilla, de vacaciones sin problemas ni complicaciones.

Pero Jenifer es súper protectora con nuestra hija. Hoy, mientras miramos una hermosa noche de luna llena en el paseo marítimo desde la terraza de una heladería, inmortalizamos en nuestras memorias, nuestros veranos de niñez, con nostalgia pero con alegría. Recordamos esa tarde de paseo en bici, ese primer beso, nuestro táctico compromiso que 25 años después permanece intacto, puro e intenso como el primer día.

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