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La corrupción en España viene de lejos, de muy lejos. De siglos me atrevo a decir, pero, sin irnos tan lejos, viene de nuestra historia contemporánea, del caciquismo del XIX y principios del XX. Del régimen anterior y, cómo no, de nuestra actual democracia.

España, país de miserias y glorias
España, país de miserias y glorias

Esta mañana veía en Antena-3 Internacional un fragmento de la entrevista que Jordi Évole le hacía a Felipe González. Concretamente, pillé el final en el cual Évole quería hacerse el guay (nada poco habitual en él) y tender puentes entre independentistas y socialistas. Leía un mensaje que Oriol Junqueras dirigía a expresidente Felipe González. A ver, no me cae mal Jordi Évole, a pesar de que lo encuentro bastante parcial, creo que el tipo hace su trabajo lo mejor que puede y que crea momentos con bastante interés periodístico.

El caso es que, en esta ocasión, tenía enfrente nada más y nada menos al que fue presidente de España durante 14 años, a pesar de los casos Guerra, Gal, Filesa, etc… González, lejos de entrar en la ansiedad por contestar con la mayor prontitud a las preguntas de su entrevistador, se tomaba su tiempo, hacía sus pausas de varios segundos y, cuando por fin contestaba, lo hacía con mucha mano izquierda y diplomacia, dando soberanos capotazos a las envestidas “del Jordi”.

Évole, con todos mis respetos, a pesar de que somos de la misma quinta, o bien en tu tierna infancia y juventud no te interesaba la política (cosa comprensible), o bien tu memoria te falla. Reconozco tu trapío, por seguir con términos taurinos que, aunque yo no sea nada aficionado a ese “arte”, he de reconocer el amplio acervo que deja en nuestro noble lenguaje para hacer metáforas. Sí, lo reconozco, porque te enfrentaste sin complejos a Felipe González, pero quizás, y solo quizás, se te olvidaba que fue un señor que se le invistió como presidente tan sólo un año y medio después del golpe de estado.

Un político que estuvo en la clandestinidad, que supo terminar las negociaciones y hacer entrar a España en la Comunidad Económica Europea. Un tipo que, aunque dijo a la OTAN “de entrada, no”, ganó el referéndum en el 86 para que nos quedáramos dentro. Un individuo que se zafó de aquellas notas de la trama del GAL en las que estaba escrito “Pte.”, he hizo creer que aquello significaba “pendiente” y no “Presidente”. Un señor que aguantó, sin despeinarse mucho, varias huelgas generales organizadas, entre otros, por UGT, el sindicato de su propio partido. Y no cualquier huelga general de pacotilla ¿Te acuerdas, por ejemplo, de la del 88? Aquellas huelgas en las que hasta la tele paraba y sólo cumplía servicios mínimos con los informativos. Así podría seguir hasta llenar páginas y páginas.

En los pocos minutos que vi, querías llevarle al huerto y sólo sacaste de él palabras moderadas, conciliadoras y nada comprometedoras. No hizo equidistancia, que tan de moda está ahora para hacerse el genial y el intelectual. Hubo prudencia y defensa de lo que hay, aunque sí que dijo:

“…si lo independentistas logran convencer a una mayoría de los españoles de cambiar la Constitución y las leyes, entonces sí que podrán llevar a cabo sus propuestas”.

Y no, no es que tus preguntas fueran fáciles, pero lo que te digo macho, que fuiste a por lana y saliste, no trasquilado, pero con la esquiladora sin ni una brizna para hacer un ovillo.

Esta larga introducción viene al caso por lo siguiente: Sería del todo ilógico negar la profunda crisis en la que está inmersa España. Para mí, estos lodos de la crisis social y política actual, vienen de los polvos de aquella crisis económica que empezó en 2008 y que todavía no se ha cerrado.

Lo que me toca las narices es que, continuamente, estén los mesías e iluminados de turno recordando las miserias de nuestro país o, simplemente, predicando su dogma con ese halo de superioridad moral. Lo mismo que tanto critican de la religión (concretamente de la Católica, que es la que más a mano nos queda), esto es, la fe ciega en sus creencias y el recién nombrado dogma, es lo que reproducen de forma sistemática y cansina hasta la saciedad ¡Manda narices!

El constante revisionismo del pasado que, por mucho que se revise, no va a cambiar. Esa es la extraña propiedad que tiene el tiempo pretérito, que es inamovible, a no ser que creas en Marty Mcfly y Doc o en Amelia Folch y su patrulla del Ministerio, y hasta estos últimos viajan al pasado para que todo siga igual, o sea, tal y como fue.

Así nos encontramos ahora revisando la transición, criticando la herencia recibida y bla, bla, bla. De la misma manera, veo a gente muy joven hablando de corrupción como si fuera patrimonio exclusivo del PP ¡Ay, amigos! Si hay algo realmente transversal en nuestro país, y no es de los últimos diez ni quince años, es la corrupción. Pero claro, la conciencia queda muy tranquila identificando a los malos (herejes) y a los buenos (creyentes) ¿De verdad nos os suena de algo? Porque a mí me suena a muy antiguo, a inquisición, a fascismo, a comunismo, a fundamentalismo.

La corrupción en España viene de lejos, de muy lejos. De siglos me atrevo a decir, pero, sin irnos tan lejos, viene de nuestra historia contemporánea, del caciquismo del XIX y principios del XX. Del régimen anterior y, cómo no, de nuestra actual democracia.

De gente mediocre, de todas las ideologías, metidos a políticos que, de repente, se encontraron con muchos recursos y no tenían obligación ninguna de justificar los gastos. De cómo Europa soltaba fondos estructurales a diestro y siniestro en los ochenta y cuando se les pedía rendir cuentas a, por ejemplo, los sindicatos, la respuesta de estos a los encargados españoles de repartirlos era: “¿Vosotros queréis acabar en una cuneta?”. Tan feo y tan verídico como suena.

Pero, por favor, no me vengáis con dogmas, con soluciones mágicas y situaciones ideales en las cuales todo el mundo es muy bueno. Me viene a la mente Grecia, donde se vivió una fiesta y una mentira más grande que la de España. Me viene a la mente el idealismo de Tsipras, tan genial, tan lleno de promesas populistas, de eso que todo ciudadano cabreado quiere escuchar ¡Qué poco se habla ahora Grecia! ¿Por qué? Porque es la Merkel la que ha venido con la rebaja y a poner en su sitio al “pobrecito” país del sur de Europa.

Sí, Europa, esa gran colonia alemana que no consiguió Hitler con sus tanques, sus divisiones y su blitzkrieg, pero que casi 80 años después los teutones han impuesto a base poderío económico. Ahora, eso sí, se le atribuye a ese loco del Tercer Reich una famosa frase cuando sus generales le propusieron invadir España después de tener ya dominada Francia: “¡Ni hablar! Los españoles ya gobernaron una vez el mundo, son el único pueblo mediterráneo verdaderamente valiente e inmediatamente organizarían guerrillas en nuestra retaguardia. No se puede entrar en España sin permiso de los españoles”. Sin duda, algo tuvo que leer acerca de la invasión de Napoleón y de lo que pasó después porque, por mucho que los anglosajones nos vendan lo de Waterloo, lo cierto es que la primera batalla que Napoleón perdió fue la de Bailén.

Y a eso voy. No se trata de recordar constantemente lo que está mal. Se trata de ser consciente de ello, pero sin caer en las recetas fáciles y rápidas. Se trata de elegir las batallas y las prioridades. Se trata de expulsar de la política a los caraduras y no dar cuartel al sinvergüenza y al lameculos. Se trata de no lamentarse tanto, de arremangarse y tomar conciencia de lo pragmático dentro de lo político. Lo siento idealistas, el realismo acaba por imponerse, y más en los tiempos que vivimos.

 

País de miserias y glorias

España es un país de miserias, sin duda, como todos los países del mundo en mayor o menor medida, pero también es un país de glorias. Vamos a mirarlo como el vaso medio lleno. Es el país que visitan 82 millones de personas al año, que se dice pronto, y ¡por algo será! Es uno de los países más seguros de la UE con una tasa de criminalidad 17 puntos por debajo de la media europea, a pesar de mafias internacionales y ser la base de entrada a Europa del narcotráfico. Somos líderes mundiales en trasplantes, lo cual denota la profunda solidaridad que, aunque no nos demos cuenta, llevamos dentro. Es un país en el que, a pesar de la convulsa historia de los últimos dos siglos y de las décadas de aislamiento, logró incorporarse a todos los organismos internacionales. Es un país que es parte de la historia mundial, para bien y para mal. Que ha pasado por mil adversidades y que ha logrado salir adelante sin desmoronarse. Un país de una riqueza y variedad cultural que ya quisieran muchos.

¿Qué nos falta mucho que avanzar? Por supuesto, pero eso se arregla de una forma: Regeneración. No con destrucción o revolución, aunque no veo yo mucho ímpetu revolucionario a gente que está cómodamente sentada en su sofá detrás de un teléfono móvil y una red social. Hay unos buenos y profundos cimientos ¿Los queremos aprovechar o queremos destruirlo todo para volver a empezar?

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