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Los contratos de formación para menores de 30 años responden a las decisiones paternalistas de quienes acaban poniéndonos el chupete hasta bien entrados los 40

Lo malo de poner límites por edades en los cursos de formación es el circo que se monta en cuestiones de relatividad | Skeeze
Lo malo de poner límites por edades en los cursos de formación es el circo que se monta en cuestiones de relatividad | Skeeze

Para muchos, muchísimos, pasar los 30 años supone dar el pistoletazo de salida a una vida que lleva planificándose desde que la cabeza ronronea. Siempre a expensas del destino, eso sí, ajeno y cuasi-impuesto en este caso. Estos bocetos que se dibujan a la par por las entretelas viscerales y la razón son cimientos fuertes para uno pero endebles en el contexto social de España. La casa por el tejado, no.

Por eso, hablando de formación, completar de cabo a rabo el currículum con carreras problemáticamente delimitadas, másteres sangrantes hasta decir basta, cursos ineludibles e idiomas deslenguados es hoy lo necesario para hacer molde autobiográfico. Sin embargo, a pesar de cumplir esas exigencias del sistema, el resultado ha sido más estéril de lo que se esperaba. Prometían buenaventura, pero no pasó de cuatro traspiés mal dados por un camino lleno de piedras administrativas. Juraban calidad y sosiego de almas, pero se olvidaron que, en un sistema abarrotado de ilusiones y vistas futuras, la decisión de quien gobierna desde un firmamento irreal rebana y hastía el devenir de uno. En definitiva, somos tullidos históricos.

Tenemos 30 —y alguno más—, amigos, y andamos tambaleándonos entre las decisiones paternalistas de unos pocos que acaban poniéndonos el chupete hasta bien entrados los 40. De ahí a calzarnos el pañal de nuevo, un suspiro. Es esta la teoría del niño eterno, el hombre a quien reprenden con cachetes burocráticos por querer levantarse sobre sus sueños. Toma un sonajero, chaval, pero no hagas mucho ruido. En definitiva, un adormecimiento psicotrópico moderno que deja adictos a la formación, niños eternos.

¿Qué pasa con la madurez profesional?

Voluntad, dicen, pero es voluntariado infinito. El Ministerio de Empleo y Seguridad Social parece no enterarse de que la vida dura un suspiro. Debe ser este descuido folclórico lo que hace que contenga la respiración perdonando a las empresas hasta el 100 por 100 de la seguridad social en cada contrato de formación a un menor de 30 años, que no es que esté mal, sino que no atender a los que están por encima de la treintena es algo así como ponerles la soga al cuello hasta que se asfixian irremediablemente.

Para eso José Manuel ha iniciado una petición a través de una conocida plataforma, para intentar algo justo, porque, como nos cuenta, ha sido su propia «experiencia y frustraciones» lo que ha hecho que intente que el resto abra los ojos:

«Fruto de la desesperación y de no encontrar salida ni futuro, por lo menos intento algo justo. Lo único que quiero añadir es que pido a toda la gente, sin distinción de ideas, que se conciencie de una vez».

Es de esos que llevan vividas más de tres décadas. José Manuel se define en el perfil de la plataforma como un «desempleado y con poca esperanza de encontrar empleo digno y estable. Camarero de profesión con 16 años de vida laboral en los papeles y sin derecho de prestación de desempleo». Esto es como es. Si encontrar trabajo es una acción tremebunda ya de por sí, hacerlo a una edad determinada supone, además, un deambular escatológico por los despachos de recursos humanos y webs laborales que suele terminar en el vacío más absoluto:

«Con este tipo de contrato se materializa una criba totalmente injustificada en la que las empresas de toda España se apoyan para ahorrarse un dineral en seguridad social».

(Pre) Parados

Pero cuidado, el contrato de formación no es un contrato en prácticas. En el primero se trabaja para hacerse con alguna titulación educativa no universitaria o con un certificado de profesionalidad, y tiene vigencia durante un máximo de tres años. El sueldo que recibe un menor de 30 con este tipo de contrato es proporcional a las horas que trabaja, ya que en el de formación se incluye un 25 por ciento de teoría y un 75 de práctica. Por ejemplo: un muchacho con un contrato de formación como fontanero se vendería a 700 por jornada completa.

Lo malo de poner límites por edades es el circo que se monta en cuestiones de relatividad: Lunes, 30 años: Como eres un chico sin formación, te abrimos los brazos para que puedas conseguir tu certificado y accedas al mercado laboral; toma 700 euros altruistas por ocho horas de trabajo. Martes, 31 años: Tío, eres todo un hombre y, como tal, ya no necesitas nada. Haber estudiado.

Y se nos llena la boca con palabras como incentivar el empleo, apoyar la economía o desarrollar el potencial de la juventud, es decir, blanquear ilusiones para colorear el panorama laboral del país. Pero en realidad no pasa de ventisca, de aire que entra limpio por las ventanas de los despachos de quienes tienen 50 y el culo ardiendo en una silla que cuesta sueldo y medio del ciudadano de a pie, y sale pesando kilo y pico de despropósito.

Porque a pie vamos por ese camino que parece laberíntico. Fórmate, trabajarás; fórmate, trabajarás. Otra vez: fórmate, hombre, que trabajarás. Pero no, no se hace de acuerdo a los derechos que también nacen en el paritorio, sino que engrosamos sin pena ni gloria la lista de nombres que guarda la Tierra en su bolsillo evolutivo, un disparate que se paga al trabajador con lingotes de agradecimiento. Eso no alimenta. José Manuel escribe que «una persona de 35 años contratada a ocho horas le costaría 600 euros al empresario. Una pasta. ¿No sería de sentido común abaratar a más de la mitad esa cantidad para todo el rango de edades, desde los 16 años hasta los 65?».

De 30 para arriba, la niñez. Somos frustrados impotentes metidos en la cama de la Tierra, que nos la abre, deseosa, cada noche.

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