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“’Recuerdos y olvidos’ porque los recuerdos de aquella época parecen de otra vida o de otro mundo y, obviamente, uno ya no piensa mucho en ello, aunque no se ha olvidado por completo de esas vivencias.”

ETA, recuerdos y olvidos
Hubo períodos de tiempo en los que los atentados y asesinatos perpetrados por la organización terrorista ETA eran noticia todos los días en las portadas y columnas de los principales periódicos nacionales.

Era el 17 de octubre de 1991, a eso de las 2:30 de la tarde y estaba tomado un café con una compañera del Instituto. De repente empezaron las noticias en Telemadrid y vimos las atroces imágenes de una niña, tirada en el suelo, con el cuerpo ennegrecido y las piernas amputadas. Sí, la niña era Irene Villa. Ese día, ETA atentó tres veces en Madrid.

Después de esas horribles imágenes, en la noticias empezaron a hacer un resumen de los atentados con coche bomba que ETA había perpetrado en Madrid. Llegado un momento mi compañera, una chica menudita, de tez blanca, pelo rizado y rubio; hizo un comentario sobre las imágenes que estábamos viendo: “En ese atentado fue en el que murió mi padre”. Enmudecí por completo. No sabía ni por lo más remoto que decir o qué hacer. Me sorprendió mucho la calma con la que lo dijo, sin alzar mucho la voz y sin hacer ningún aspaviento.

Yo iba a un colegio de la Asociación de Huérfanos de la Guardia Civil, el Colegio Infanta María Teresa, que estaba en la madrileña calle Príncipe de Vergara, pegado al Parque Automovilístico del Cuerpo. En el colegio había internos y externos. Los internos eran todos huérfanos, un buen número de ellos a causa del terrorismo, y de entre estos, se daba la muy penosa situación de que a algunos les faltaba el padre y la madre.

He decidido incluir en el título de este artículo la frase “recuerdos y olvidos” porque los recuerdos de aquella época parecen de otra vida o de otro mundo y, obviamente, uno ya no piensa mucho en ello, aunque no se ha olvidado por completo de esas vivencias.

 

Recuerdos y olvidos…

Recuerdo que el 23 de noviembre de 1988, mis compañeros de clase que vivían en los pisos de la Dirección General de la Guardia Civil, nos contaron cómo se les habían caído los cristales de las ventanas encima por la bomba que habían puesto la noche de antes en uno de los laterales de dicha Dirección. El resultado, en esa ocasión, fue que murió un hombre, cámara de TVE que, casualmente, estaba parado en el semáforo de la calle de aquella esquina con su coche particular. También, el Guardia Civil que estaba en la garita de la calle San Francisco de Sales, sufrió la amputación de las piernas a causa de la explosión.

Aquella tarde, casi todos los externos del colegio nos saltamos las clases y fuimos a concentrarnos a las inmediaciones de donde ocurrió el atentado. En un momento dado, espontáneamente, nos pusimos a cantar el himno de la Guardia Civil, tras lo cual, un chaval de nuestra edad, se nos acercó y nos dijo que aquello no era una concentración de tipo político y que, por lo tanto, nos abstuviéramos de cantar himnos de ese cariz. La cara de desconcierto que se le quedó cuando le dijimos que ese himno no era político, sino el de la Guardia Civil.

Recuerdo cómo en junio de 1994, figuraba yo enfundado en un chaleco antifragmentación, con un CETME colgado a los hombros, y dando vueltas en solitario al cuartel de la Guardia Civil de Canovellas, en Barcelona. Siempre decíamos que estábamos bastante “vendidos” solos ahí afuera, y la solución del Cuerpo fue darnos un walkie-talkie.

Los alrededores del cuartel no disponían ni siquiera de bolardos para evitar que los coches estacionaran en sus alrededores. Los domingos, con el mercadillo, siempre se nos estacionaban dos o tres coches en la parte de atrás, incluso llegaban a quitar las vallas amarillas que indicaban la prohibición de aparcar ahí. Lo hacían en los pocos minutos que tardábamos en hacer el relevo del guardia de exteriores y ¿qué queréis que os diga? no nos hacía ni puñetera gracia, porque uno de esos coches podría ser un “pepino” contra nosotros.

Recuerdo un compañero, destinado también en la provincia de Barcelona, que pidió destino voluntario a Navarra con la lógica de que era un lugar más tranquilo que el País Vasco. Argumentó que le iban a venir muy bien las decenas de miles de pesetas más que iba a ganar por estar destinado allí. Palidecí un año y algo después cuando me enteré que una granada había entrado por la ventana de la habitación de su hija de 2 años, en la Casa-Cuartel de Yesa, en Navarra, y que sólo un milagro la salvó, puesto que el artefacto no explotó.

Recuerdo un curso antiterrorista que hice, dentro de la preparación para formar parte del Servicio de Seguridad de la Casa Real, ya en octubre de 1995. Nos decían aquello de que teníamos “suerte”, puesto que los terroristas de ETA eran cobardes, y que si veían una alta probabilidad de ser detenidos o abatidos, no actuaban. Quizás eso fue lo que salvó al Rey Juan Carlos en Palma de Mallorca en agosto de ese mismo año, cuando los componentes del comando encargado de quitarle de en medio, no vieron clara la forma de escapar de la isla y no se decidieron a actuar. De poco les sirvió, porque igualmente fueron detenidos.

Recuerdo las famosas medidas de autoprotección que, dependiendo de dónde vivieras y del nivel de amenaza que pudiera recaer sobre tu persona, tenías que aplicar más o menos estrictamente. Obviamente, los destinados en “el norte”, tenían que llevarlas a cabo a rajatabla. El lema principal de esas medidas rezaba: “Siempre prevenido, nunca atemorizado”.

El asunto, visto desde el prisma de hoy en día, era crear una rutina en ti, con un pequeño componente de paranoia, que previniera situaciones de riesgo y que, llegado el momento, hasta te pudiera salvar la vida. Así fue el 18 de noviembre de 1994 cuando el Sargento Carollo, del Ejército, se salvó de ser asesinado en la localidad vizcaína de Larrabetzu, al ser capaz de repeler el ataque, a pesar de ser herido de bala en un brazo, y además, los hechos facilitaron la captura del comando Vizcaya.

Recuerdo que cada vez que se capturaba y desarticulaba un comando en Madrid, muchas veces aparecían los datos de jefes o compañeros en los papeles que incautaban a los terroristas. Esos hechos te causaban preocupación y cabreo.

Recuerdo salir de casa una mañana de un día libre en el invierno del 2001, en chándal, a comprar el pan, ver a dos tíos en un Peugeot 405 gris. La lógica me decía que esos dos no deberían estar allí. Al llegar a la esquina, me paré, miré hacia atrás y vi como uno de ellos se bajaba del coche y el otro se quedaba dentro, pero no se iba. Cambié de acera, disimulé en un escaparate, y volví a mirar hacia mi espalda. El corazón me dio un vuelco cuando observé que el tipo también estaba cruzando la calle. Cuando llegué a la siguiente esquina, salí por piernas. No tenía ningunas ganas de quedarme a comprobar si la amenaza era real o una paranoia mía.

Agazapado detrás de un coche, unos ciento cincuenta metros más allá de la esquina, vi al tipo llegar al punto donde yo salí corriendo. Miró a un lado y a otro y, tras unos pocos segundos detenido, se dio la vuelta y regresó sobre sus pasos. Mi reacción oscilaba entre la angustia extrema y la incredulidad, recuerdo que me repetía interiormente: “¡No puede ser!”. Nunca pude saber a ciencia cierta si aquello fue, o no fue. Lo cierto es que meses después me mudé de aquel piso y, hoy en día, no podría asegurar si aquel hecho influyó en aquel traslado.

Recuerdo la monotonía con la que en los medios de comunicación se daban las noticias sobre atentados y muertos durante décadas. Mi teoría es que, tristemente, al no ser noticias excepcionales, y sí hechos frecuentes, nuestra piel como ciudadanos, estaba endurecida, incluso un tanto insensibilizada. Supongo que, en el inconsciente, muchos nos decíamos a nosotros mismos que “eso no me va a pasar ni a mí, ni a ninguno de los míos”.

Visto desde la perspectiva que proporciona el tiempo, realmente le podía haber tocado a cualquiera. Es lo que tiene el terrorismo, que suele ser indiscriminado y que a los terroristas les importa un pimiento los “daños colaterales”.

Yo soy hijo de un oficial de la Guardia Civil y, además, pertenecí al Cuerpo durante casi 17 años. Son muchos y variados los recuerdos. Muchas las personas conocidas a las que les tocó ser víctimas. Muchas las historias que escuché a sus protagonistas en primera o en tercera persona y, cuanto más cercanas eran esas historias, más te solían tocar la fibra sensible.

Ayer leí un artículo de Pedro J. Ramírez en que insinuaba que el verdadero fin de ETA vino de la mano de las negociaciones que el Presidente José Luis Rodríguez Zapatero autorizó con la banda. Este periodista, de larga y dilatada trayectoria en el seguimiento del asunto, sin duda debe de manejar mucha información y datos de primera mano. De hecho, en su extenso artículo, hablaba de varias entrevistas que él mismo había llevado a cabo a terroristas y presidentes del Gobierno.

Pedro J., no seré yo el que niegue el parecer de un periodista de tanto prestigio como tú, pero sí que me atrevo a puntualizar que probablemente no se hubiera llegado a donde llegó Zapatero sin la tenacidad de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y el sacrificio de tantos y tantos compañeros.

El triple frente policial, judicial y político que se llevó a cabo en los años anteriores y que llevó a la banda a una situación de precariedad e incomodidad cómo jamás tuvo en su historia, creo que colaboró mucho. Lo que no pudo la guerra sucia del gobierno de González, lo que no terminó de poder la tardía colaboración de Francia, parece que sí que pudo la asfixia económica y organizacional en la que cayeron los terroristas en la segunda mitad de la década de los 2000.

Al comienzo de esa década, en un viaje al País Vasco, un amigo de mi entonces pareja, Andoni de nombre, me hizo un somero resumen de la historia de la banda:

“Mira, en los años setenta ETA se surtía de ideólogos con un halo de intelectualidad. Yo mismo, cuando era pequeño y adolescente, me sentía atraído a integrarme en su estructura, hasta que vi en vivo cómo le “limpiaban el forro” (mataban) al alcalde de mi pueblo con un tiro en la cabeza. Entonces se me quitó toda la tontería. Hoy por hoy esto es un negocio. Muchos jóvenes, normalmente los más tontos y que no valen para mucho, son los que acaban dentro. Simplemente lo ven como una salida laboral.”

Me impresionó mucho ese testimonio y me hizo entender porque, aunque el apoyo social a ETA en la zona había ido en descenso, seguían surtiéndose gente. Me impactó lo sincero que el tío fue conmigo, sabiendo que yo era Guardia Civil. La confesión que me hizo de que él mismo estuvo atraído a entrar en la organización, con un chacolí en la mano y sin temblarle ni el pulso ni la voz.

Coincido con Pedro J. Ramírez en su opinión de cómo se ha llegado al fin de la banda entre la frialdad y la indiferencia de la sociedad y la opinión pública española. Quizás, tristemente, eso sea parte de los olvidos de título de este artículo. Una vez más se hace realidad eso de que somos un país con poca memoria.

Estos son parte de mis recuerdos, que no quería dejar de compartir con vosotros. Otros tendrán los suyos. A cada víctima corresponderá decidir si perdona o no perdona y si olvida o no, porque no se me ocurre nada más personal que eso, que el perdón o el recuerdo de cada uno.

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