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Alonso García, franquista de corazón, también considera que «con Franco nacían más y con Franco se vivía mejor», un denominador común en buena parte de la sociedad española

Jaime Alonso García es el vicepresidente de la Fundación Francisco Franco
Jaime Alonso García es el vicepresidente de la Fundación Francisco Franco

Enterrando el hacha de guerra bajo cuatro o cinco granos de arena, el jefe de la Fundación Nacional Francisco Franco, Alonso García, suelta en una entrevista a El Mundo opiniones, como poco cuestionables, que nada deberían tener que ver con el 2016.

Rafael Álvarez define a Alonso García como un «abogado, católico y de derechas, que se cargó al juez Garzón desde Manos Limpias y avaló la fianza del preso Conde con sus fincas». Alonso, con la nostalgia a flor de piel por no haber conocido al dictador más que a través de sus ministros, asegura que Francisco Franco era un sabio cuyo buen carácter y tranquilidad le hacían garante de la tolerancia verbal o, lo que es lo mismo, que muy grave había de ser la ocasión para que Franco dijese una palabra más alta que la otra.

Aunque tajante en su negativa de legalizar el aborto, el jefe de la Fundación asegura que no pasaría «absolutamente nada» si Francisco Franco viese jurar amor eterno en un altar civil cualquiera a dos hombres o a dos mujeres, porque «él entendería esa evolución —la del mundo— aunque no estuviera de acuerdo». El sólo hecho de empezar una guerra, da igual el precepto desencadenante y el ideal en el que germine, ya pone en tela de juicio la tolerancia de nadie.

Una pena de muerte un poco abstracta

Alonso García, franquista de corazón, también considera que «con Franco nacían más y con Franco se vivía mejor», un denominador común en buena parte de la sociedad española. Raro es quien no ha oído a algún octogenario asegurar que la vida era de color de rosa durante el mandato del dictador. Las opiniones, como los colores, lícitas, por supuesto, pero siempre y cuando no pasen de pareceres o puntos de vista porque, al fin y al cabo, la diversidad enriquece. Es la belleza de la dialéctica.

Para el jefe de la Fundación, la pena de muerte es la única forma de terminar con el terrorismo. Lo que no se define muy bien en sus palabras es si hay que cortar la cabeza de quien piense diferente a uno, es decir, de todos aquellos, políticos o no, que muy lícitamente creen lo que les apetece creer, lo mismo da el bando en el que se plante la flor.

Aquella muerte por obligación estilada desde el 36 en la España guerrera de entonces fue el medio que justificó el fin, por decir algo, porque parece que hoy en día la Guerra Civil española planea por las ciudades y por los campos de toda la geografía.

Pero él, aunque a favor de la pena de muerte, no apretaría el gatillo ni picaría con la letal a los que hubiesen cometido actos «terroristas y delitos de sangre especialmente graves». El periodista, enorme en su moral, responde que «claro, es que los que defienden la pena de muerte dicen que ellos no pondrían la inyección, ni ajustarían el garrote vil. Que lo hagan otros…».

Y por lo visto tampoco fue para tanto: los fusilados por rojos solo fueron «23.000, y es una cifra, entre comillas y salvando las distancias, ridícula comparando con lo que pasó en Italia, Francia o cualquier país afín al Eje». Comparativamente, puede ser inmensamente mayor a la de cualquier país que no haya matado a ninguno de sus compatriotas.

España grande y libre

La democracia que hoy intenta respirar en España es obra y gracia del franquismo. Esa es, al menos, la opinión del jefe de la Fundación Francisco Franco. Una democracia que parece no gustar mucho a Alonso García, igual que la Transición que, asegura, «no trató bien a nadie».

España, por derecho histórico, es más que el resto: «la diferencia entre Camerún y España es que nosotros fuimos una nación civilizadora, fuimos la aristocracia de Europa, uno de los países que culmina y lleva la evangelización al mundo, el país donde más tarda en cuajar la Revolución francesa». Camerún vio nacer al hombre moderno, el Homo Sapiens que fundó naciones y nacionalismos, al aristócrata, al evangelizador, al francés revolucionario y al afrancesado que no entendió bien la asonada.

Muertes que, según Alonso García, «no se hicieron por capricho». La obligatoriedad de matar a un semejante, sea cual sea el bando, es un cargo ilusorio que hierve en la cabeza de quien mata. No hay dictado moral, exigencia humana o ley ética que así lo indique. No es una condición del hombre.

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