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Buchenwald no era suficiente. Los republicanos españoles merecían, según deseos de Franco, sufrir hasta la saciedad los tormentos de Mauthausen

Al terminar la Segunda Guerra Mundial habían perecido casi 5.000 españoles en Mauthausen
Al terminar la Segunda Guerra Mundial habían perecido casi 5.000 españoles en Mauthausen

22 españoles fueron transportados como ganado hacia Buchenwald en agosto de 1941. El mundo temblaba bajo los delirios del nacionalsocialismo, encabezado en ese momento por Adolf Hitler, el bávaro insurrecto de cordura.

Era común que los españoles cuya ideología tiraba hacia la República fuesen arrojados en Mauthausen, el campo de concentración austriaco que comenzó siendo único y terminó por englobar toda una serie de subcampos en los que la esclavitud humana alcanzó, como en el resto, el sumun del odio y de la falta de todo.

José Carreño, el relojero superviviente

En un primer momento, estos 22 españoles, hasta hoy olvidados, habían partido de la prisión nazi de Klagenfurt, también en Austria, y conocida en 2011 por haber sido el destino de una española que había pasado la vida haciendo honor al calificativo de viuda negra.

Pero al llegar a Mauthausen, todos «famélicos, sedientos, cargados con nuestros equipajes y con un sol abrasador», la sorpresa de los SS. No era habitual ver a españoles en Buchenwald puesto que este campo se consideraba un destino benevolente para los republicanos capturados por las tropas de Hitler en la invasión de la mitad de Francia. La otra mitad estaba ya cogida por Philippe Pétain.

El relato en primera persona salió de la pluma de uno de los seis supervivientes del horror nazi. José Carreño, relojero de profesión, y sus compañeros habían sido etiquetados con el calificativo de prisioneros de guerra, algo beneficioso por cuanto esto les permitía ser internados en los stalags junto a otros combatientes de su misma categoría profesional.

En estos campos, la suavidad del maltrato se debía a que la vigilancia y la organización no estaban en manos de las SS o de la Gestapo, sino que eran otros combatientes los que llevaban a cabo la guardia y custodia. Esta equiparación de rango hacía entender la importancia de los galones de los presos, y se traducía en una en mejor alimentación y un trato más clemente. Es famoso, por ejemplo, el Stalag Luft III, la huída que dio pie al famoso filme de John Sturges, La gran evasión.

Franco reculó

Pero 1941 no fue una buena fecha para estos 22 españoles. Recién llegados a Buchenwald, «el Rapportführer pregunta de dónde somos: unos responden ‘polacos’, otros ‘alemanes’, otros ‘españoles’. Spanien?, pregunta asombrado… ». El abrir de ojos se debió principalmente a que esa nacionalidad no solía ser habitual, por no ser los stalags lo suficientemente crueles.

Cuando se enteró, Serrano Suñer reclamó para sí los prisioneros con la intención de hacérselas pasar canutas por su endiablado republicanismo o, lo que es lo mismo, por ir en contra de las aspiraciones nacionales de Francisco Franco. Entonces fueron devueltos a Klagenfurt, y de ahí a Mauthausen, donde al terminar la Segunda Guerra Mundial habían perecido casi 5.000 españoles.

Llegaron 26 hombres —cuatro nuevos recogidos en la prisión—a sufrir de la forma que se estilaba en los campos de categoría III, y que eran el destino de aquellos cuya vida irremediablemente terminaría allí. Sólo seis sobrevivieron, entre ellos Carreño, que fue trasladado a Gusen un mes después de su vuelta:

«El crematorio […] vomita constantemente grandes nubes de negruzcos humos envuelto en una lenta llama de fuego. Despide un olor a carne quemada irrespirable».

Allí estuvo hasta que el 5 de mayo del 45 los estadounidenses liberaron Gusen. Con la mente hasta arriba de recuerdos angustiosos y desconsolados, Carreño murió en 2011 dejando testimonio del horror contemporáneo más grande se recuerda.

Fuente: Carlos Hernández para eldiario.es

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