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La pobreza de Fuerteventura en aquellos años caló en el alma del poeta sensible al sufrimiento y a las penurias de un pueblo sediento.

Fuerteventura, mar y viento
Fuerteventura

Cuando el avión aterrizó en Fuerteventura, la isla no me pareció como una de las llamadas afortunadas. Desolada en sus ocres, sin contrastes, sin montañas, sólo suaves ondulaciones, sin árboles, sin apenas palmeras. Sólo el mar azul  que la rodea le daba unos perfiles amables. Un viento suave y pertinaz nos mostraba el carácter fuerte de la isla.

Poco después supe que había grandes tesoros allí, pero había que descubrirlos poco a poco.  Sus playas, su tranquilidad, sus complejos hoteleros, su clima, su gastronomía estaban esperándote pacientemente, abiertos de par en par al viajero. ¿Qué más se puede pedir para pasar unos días de descanso?

Pensé en el impacto que tuvo que sufrir don Miguel de Unamuno escritor, filósofo y poeta cuando llegó a esta isla en su destierro en Febrero de 1924, como castigo por sus reiterados y constantes ataques al rey Alfonso XIII y al régimen del general Primo de Rivera.

El general  con el beneplácito de Alfonso XIII había suprimido la legalidad liberal parlamentaria y Unamuno fue el único intelectual que levantó la voz y armó tanto revuelo que decidieron castigarlo con el destierro. Pero si fue un castigo por la separación de su familia y su destitución como catedrático de griego no fue una condena para su alma, que supo adaptarse a la vida majorera y sacar provecho de su paz y su calma.

Cuando llegó al exilio en Fuerteventura se encontró con una miserable isla en la que pensó que no podría sobrevivir, a primera vista inhóspita por su sequedad  por su falta de vegetación, por sus peladas lomas y por sus largas y blancas dunas. Una isla llena de cabras y ovejas que pastorean buscando briznas entre las piedras. Un paisaje desolador para un hombre del norte, de 59 años, cesado en los cargos de vicerrector y decano en la Universidad de Salamanca donde vivía con su numerosa familia. Una isla tan diferente de su adoptiva y cultural Salamanca.

La pobreza de Fuerteventura en aquellos años caló en el alma del poeta sensible al sufrimiento y a las penurias de un pueblo sediento que vive en una tierra donde hace falta trabajar mucho para conseguir algún fruto.

Unamuno se alojó en una pensión acompañado de otro español también desterrado como él  en Puerto de Cabras, ahora Puerto del Rosario la capital de la isla. Pasó seis meses en el destierro, rodeado de gentes amables y sencillas, los majoreros,  y de buena comida. Encontró amigos con los que conversar y poco a poco la isla se convirtió para él en un lugar fecundo y acogedor.

Pronto se acostumbró a esta situación y aprovechó para descansar, pasear, observar, escribir y disfrutar del excelente clima. Recibía a gente que iba expresamente a visitarle, escribió cartas en las que no dejaba de denunciar  la política caciquil del “cirujano de hierro”. Vapuleó a los gobernantes y a los militares desde su confinamiento, porque su pasión y compromiso con España no cedió jamás. Intuía que su patria caminaba hacia el abismo y en algún momento escribió aquello de “la España que agoniza”.

En Julio del mismo año sabiendo que ha sido amnistiado se exilia voluntariamente en Francia, primero en París y luego en Hendaya, para más tarde volver a Salamanca donde le esperaba un apoteósico recibimiento. Puerto del Rosario le homenajeó  abriendo una casa museo en Mayo de 1995,  en el mismo lugar donde se alojó el escritor.

Hoy, Fuerteventura es otra isla. No la reconocería Don Miguel si pudiera verla. Sin embargo permanece la esencia de un pueblo que ha mantenido sus costumbres y tradiciones, que sigue siendo amable y acogedor con los que llegan a sus playas. El mismo viento, el mismo mar, las dunas y los pueblos blancos, pero también una joven y nueva brisa se ha incorporado a sus vientos tradicionales.

Se trata de gente viajera que quiere explorar esas arenas  y ese mar, donde se puede practicar surf en las enormes playas del norte y del sur de la isla. Allí cientos de jóvenes esperan sumergidos en el agua a que llegue la cresta de la ola para encabalgarse a ella infinitamente.

Son otros tiempos.

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