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Es Arqueología Experimental el reproducir la técnica del pasado para comprender el presente. Es respirar hoy el cómo empezó todo.

Homo neanderthalensis vs. Homo sapiens
Homo neanderthalensis vs. Homo sapiens

Hay que saber cómo sobrevivir para poder empezar a vivir. Esto es así, y no es difícil. Para ello está la Arqueología Experimental. Con estos cuatro pasos, algunos de los más importantes en la Historia de la Humanidad, cualquiera, con un poco de maña, podría poner a circular su genética. Quién sabe de qué vientre surgirá el genio de este siglo, y quién sabe qué legado dejará.

Una navaja como otra cualquiera

Un bifaz: dos filos terminados en punta. Con él podremos trabajar la madera, cortar fibras vegetales, descarnar animales y cavar en el suelo. Un lujo de multiusos. Para hacernos con uno necesitaremos una piedra de sílex, que apoyaremos sobre uno de nuestros muslos. Ahora se trata de adelgazar su perímetro. Para eso hay que golpear sus dos caras de forma alterna con una piedra más dura, una cuarcita mismo. Alterno quiere decir golpe, vuelta al sílex, golpe. Para afinar el filo —porque aún es tosco— golpearemos de nuevo, pero esta vez con un percutor blando, un hueso de asta o un trozo de madera dura, de encina, por ejemplo. Y para que sea casi como las navajas de Albacete, eliminaremos las últimas imperfecciones con otro percutor blando, pero esta vez de pequeño tamaño.

Si no encuentras una cueva, hazte una

Tres ramas con un grosor considerable nos servirán de estructura si las unimos en su parte superior con una cuerda de fibras vegetales, al estilo de los cinematográficos tipis estadounidenses, y las clavamos por el otro extremo al suelo. Será más firme si rellenamos los tres agujeros con piedras y con tierra. De esto hay de sobra. Por travesaños, palos flexibles; así la cabaña resistirá vientos, mareas, y tempestades si hace falta. Y con juncos trenzados en los travesaños tendremos hecha nuestra techumbre.

El poder del fuego

Para cocinar, para calentarse, como defensa; pero el fuego también es el nudo con el que atar las relaciones sociales. Así es que si tenemos yesca, sílex y alguna roca rica en hierro a mano, la cosa queda clara: golpear ambas y recoger la chispa en la yesca. Si no, no nos queda otra que frotar. Calma: el éxito está garantizado sólo con un palo, una tablilla y algo de paja. ¿Cómo? Apoyando el palo contra el extremo de una de las ranuras que habremos realizado en la tabla de menor dureza; cuestión de oxigenación, nada más. Ahí, en esa ranura, caerá la brasa, y de ahí la llevaremos hasta un nido de paja seca para envolverla. Y soplaremos con fuerza para que nazca la llama. Y abrigaremos la llama con ramas secas.

Y se hizo la luz… sin humo

El tiempo erosiona, eso lo sabe cualquiera, así es que tendremos que buscar una piedra con una cavidad natural que nos sirva de soporte. No es difícil: Europa, por ejemplo, tiene más de 10 millones de kilómetros cuadrados. Después, necesitaremos un tuétano, una médula cuyo cometido sea el mismo que el de la cera de una vela, es decir, alimentar la llama. Animales hay muchos, pero mejor sacarla de uno de tamaño considerable, de su pata. Con los dedos o con lo que uno pueda se debería colocar el tuétano, a ras, en la cavidad de la piedra, y en él, una trenza de fibras vegetales como mecha. Como ya tenemos fuego, nos costará poco encender la lámpara.

La Arqueología Experimental es tan amplia como uno quiera que sea. Agujas, bastones de mando, plaquetas, venus y pinturas rupestres, instrumentos musicales, telares, calzado. En definitiva, la Arqueología Experimental pone al alcance de la mano la comprensión de todo lo que ha permitido que el hombre sea hoy quién es.

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