La Isabella se vio obligado a dejar su tesoro en el mar, y también su leyenda. Todo a unos 300 metros de la orilla.

Restos de El Carbonero. Tenerife
Restos de El Carbonero. Tenerife

Las costas de Málaga son el camposanto de La Isabella, un bergantín propiedad del naviero británico Robinson que se hundió allá por el 1855 debido a la tempestad del Mediterráneo. El velero surcaba el mar cargado con el mármol que un escultor de la época habría labrado para alguna de las impresionantes mansiones de Calcuta, en India.

Que la profundidad del naufragio se sitúe, según inventario del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, entre los 6 y los 10 metros de profundidad (medida tomada por Pedro Rodríguez Oliva), unido a la actividad que las corrientes marinas por la zona de Benalmádena vienen teniendo en los últimos tiempos, ha originado que la preciada carga del velero quede a merced de los expoliadores.

No es la primera vez que ocurre algo parecido en el pecio de Los Santos, nombre con el que también se conoce a La Isabella. Nada más hundirse, los saqueadores ya aprovecharon para cargar todo lo que sus fuerzas les podían permitir. Y es que no es fácil arrear con estatuas de mármol macizas. Así lo demuestra la rápida actuación del Grupo Especial de Actividades Subacuáticas de la Guardia Civil, que tuvo que utilizar para el rescate globos de reflote que ascendieron hasta la superficie sosteniendo dos círculos de mármol de 1,50 metros de diámetro. De las entrañas de La Isabella, Bien de Interés Cultural desde el año 2009, también se ha recuperado un clavo de bronce de 50 centímetros.

Un vacío irrecuperable que la ley actual no cubre

La definición de expolio es un concepto que motiva, irremediablemente por su ambigüedad, que se genere en torno a él un ciclón de incertidumbres y de dudas. Aunque el artículo cuarto de la ley 16/1985, de 25 de junio del Patrimonio Histórico Español recoja que será la Administración del Estado quien, independientemente de las competencias de cada Comunidad Autónoma, «dispondrá lo necesario para la recuperación y protección, tanto legal como técnica, del bien expoliado», estudiosos en el tema vienen quejándose desde hace años del vacío legal que existe alrededor de este término. Y es que además de las causas puramente naturales que propician el deterioro de los bienes históricos de los que disfruta el ser humano, se encuentra, más dañina por consciente, la actuación del mismo hombre, quien no necesita alejarse de su entorno para expoliar alguno de sus tesoros. ¿Motivos? Económicos, sí, pero también de autoridad, de pujanza, de señorío, ansias que han saqueado tumbas milenarias, han barrido patios y claustros y han desmontado artesonados y hasta catedrales. Todo con el beneplácito de la legislación vigente.

Una década un tesoro

En julio de 1961, Antonio Moreno Lucena descubrió la primera estatua de mármol que emergió de La Isabella. En un principio esta representación de Baco fue erróneamente datada en el periodo correspondiente a la Roma Clásica, hasta que, un mes después del descubrimiento, buzos del Centro de Recuperación e Intervenciones Submarinas de Barcelona, C.R.I.S., comprobaron que estaba construida con «maderas perfectamente machihembradas, recubiertas de finísima lámina de latón; clavos de metal estampado en frío; espárragos de cobre fundido…». Junto con la naturaleza de su carga, esto venía a significar que la nave, lejos de tener orígenes romanos, se podía datar con precisión en la época inglesa contemporánea.

Faltaba determinar el origen de la estatua, de la que muchos seguían asegurando pertenecer a los siglos III y IV de nuestra era. Diez años transcurrieron hasta que el Grupo de Actividades Subacuáticas Los Delfines de Benalmádena recuperó del lecho marino una estatua de la diosa Diana de 1,50 metros de altura. Igual que ocurrió en el primer estudio, los historiadores de la época establecieron para ella una datación romana. La morfología de ambas era idéntica, lo que hizo pensar que habían sido esculpidas por la misma escuela.

Otros diez años después, en 1982, Los Defines dieron con una de Apolo, una cabeza de Mercurio, y otra de una muchacha desconocida.

Resaca tras resaca, la mar ha ido devolviendo a la superficie diversas piezas que, con los años y con la curiosidad de algunos, han aclarado por fin el misterio de La Isabella. En su Homenaje a José María Luzón Nogué, Pedro Rodríguez Oliva escribe que entre estos restos hay «varios pernos cilíndricos de bronce en uno de los cuales se puede leer con cierta dificultad el nombre “Muntz” y la abreviatura de la localidad inglesa de Birmingham». De aquí se pudo deducir que las referencias serían del industrial G.F.Muntz, quien «a partir de 1840, produjo planchas de oricalco demandadas por la industria naval de la época y que iban destinadas a recubrir los cascos de los barcos».

A 2016, con el asunto del bric-brac inglés aclarado, quedaría ahora en el aire el conocer las manos que dieron forma a estas estatuas, algo que, como todo lo que desaparece y aparece trágicamente, acostumbra a levantar pasiones.

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