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Si le va el siseo, existen por el universo virtual toda una serie de blogs que enseñan el reprobable arte del hurto menor que, algunos, como yomango, definen como un «robo ideológico»

Guía para robar en supermercados y en tiendas de ropa
Yomango se fundamentó en saquear las grandes multinacionales desde la profesionalidad

Así, sin más. Internet es un filón. Lo mismo puedes construir un cohete espacial que unirte a foros quijotescos en los que entre todos los miembros se aprende y se enseña a hacer cualquier cosa que al lector se le esté pasando ahora mismo por la cabeza. Como convertirse, por ejemplo, en el mejor y más efectivo mangante de ropa o en el rey de los cacos comerciales.

Hablábamos hace algunos días de las webs dedicadas a fomentar temas escabrosos y adictivos que, en no pocas ocasiones, desembocan en una mesa de disección. En el tema que tratamos ahora, el usuario no llegará tan lejos, sino que quedará, como mucho, en los ficheros policiales. Nada de barrotes.

Si le va el siseo, existen por el universo virtual toda una serie de blogs que enseñan el reprobable arte del hurto menor. Son estos los puntos de encuentro de todos aquellos que, conscientemente o no, han terminado por embeber el robo hasta considerarlo algo normal y corriente a su propia existencia.

Autorregalos permitidos

Un email, y listo. No se necesita más para formar parte de estas comunidades. Pero, ¿son legales? Cuando uno intenta acceder a la más popular de todas estas webs, la reina del consejo del caco menor, se encuentra una serie de términos y condiciones que, bien explicados, avisan al futuro usuario de cuáles serán sus derechos y sus obligaciones al ingresar en la colectividad. Los administradores de la web pueden «cambiar estos términos en cualquier momento». Por eso, para evitar sorpresas desagradables, le aconsejan que «sería prudente que los revisase por su cuenta periódicamente».

Aunque la información que usted deja en la web «está protegida por las leyes de protección de datos aplicables en el país en el que estamos instalados», los administradores se reservan el derecho de «eliminar, editar, mover o cerrar cualquier tema en cualquier momento», eso sí, sin olvidar que toda esa información quedará a buen recaudo en una base de datos. En realidad, esto no es nada que no se suela ver en cualquier otro sitio de Internet.

Lo que sí es diferente es el tema que se trata, y que es solo uno: el gusto por lo ajeno. Respecto al porqué, diremos que, como en todo, la cosa va de experimentar. Se comenta y se pasa a la acción. ¿Qué hay por casa? Uno va con una cuchara a una tienda de ropa, se mete en el probador e intenta desconsoladamente arrancar el imán antirrobo mientras otro compañero vigila con torpeza desde fuera del campamento: «Dale, que no viene nadie». Si, por fortuna, la cosa no va bien, la pareja de dos abandona la tienda con las orejas agachadas y con la anécdota en la cabeza para los restos. El problema llega cuando el cucharazo sale a pedir de boca. Entonces el sisador se envalentona y prueba de nuevo. Los impulsos se descontrolan y se olvida si uno necesita ese objeto que se lleva entre unas manos y que, como esos impulsos, están fuera de sí. Son los autorregalos permitidos.

En este sentido, uno que acostumbra a meterse en el bolsillo todo lo que se le pone por delante, nos asegura que las multinacionales «tienen previsto un fondo para pérdidas por robo. Además, la ropa está fabricada en China y allí explotan a los trabajadores, por no hablar de las condiciones de mierda que tienen en España». ¿Son estas argumentaciones lícitas o tan solo el discurso que se fabrica una mente que busca excusar un comportamiento poco correcto? Que cada cual se conteste como quiera.

Para otros, robar en grandes superficies no se hace por casualidad: «Así no me da cargo de conciencia». ¿Por qué? Porque, como en la declaración anterior, las multinacionales parecen los ricos de Robin Hood: «Venden objetos a más del doble del precio por el que los compran», y se vuelven otra vez a poner en duda las condiciones laborales de los curritos españoles. Entre la plebe, el recurrente robar a los ricos para dárselo a los pobres.

El robo como protesta social

Escapando de la posible cleptomanía que acompaña a un ratero, encontramos un movimiento social de desobediencia política y civil que utilizó y utiliza el robo como su forma de protesta: Yomango, «una marca tan antigua como los abusos de la propiedad», según dicen ellos.

Lo que en su día se denominó como «robo ideológico» surgía en Barcelona en el año 2002 como una protesta desobediente frente al consumismo exacerbado que caracteriza la propiedad privada de los motores de producción dentro del libre comercio. El capitalismo occidental que mata ideológicamente el progreso y hiere el porte del subdesarrollo fue el némesis de este movimiento civil catalán que poco tardaría en exportarse a otros territorios, eso sí, con libertad para jugar con el logo —pudiendo, incluso cambiarlo o modificarlo— y dotando al país de adopción de libre albedrío.

 

Guía para robar

Yomango se fundamentó en saquear las grandes multinacionales desde la profesionalidad, sin proponer «la acumulación de cachivaches y quesos camembert». Para ello ponían en común sus tácticas de hurto en torno a una mesa, sobre la se practicaba el antediluviano arte del trueque. Todo para interrumpir el enriquecimiento de esas empresas, incluyéndose aquí la aniquilación de las propias marcas. Decía uno de sus pilares, Paul Bannister, que esa «meta psicológica» que se obliga a cruzar a todo aquel que posee una determinada marca, también se pone en juego en Yomango, «pero quita dinero de la ecuación, por lo que es un parásito que destruye el trabajo que las marcas están haciendo».

Por esa huída del capitalismo, el movimiento nunca pretendió conceder tintes de legalidad al acto de hurtar. Más allá, cuando uno de sus miembros era cazado por la autoridad, aceptaba el castigo —que no pasaba de multa— con resignación:

«Hemos de hacerlo visible y transformarlo en un mensaje, en una historia, en un momento de reapropiación de aquellas cosas que la publicidad no para de prometer pero nunca cumple».

La cleptomanía no entra aquí en juego, como tampoco lo hace el robo a personas. En un cuestionario del Instituto Europeo para Políticas Culturales Progresivas, Bannister respondía las preguntas de una chica italiana que se encontraba en aquel entonces en plena elaboración de su tesis doctoral. Respecto a la licitud de robar a personas, el portavoz de la plataforma declaraba que

«todo el sistema de las mismas —multinacionales— es absolutamente impersonal, tanto en lo que se refiere a la inexistente libertad de empresa, de la cual carecen los titulares de los negocios en franquicia (los cuales deben asumir por sí solos los riesgos empresariales y repartir las ganancias con la empresa ‘madre’, sin poder ejercer de ninguna manera su propia creatividad)».

Hoy, yomango.org enseña cómo poner en práctica «el estilo de vida yomango». Diez claves ayudan a mimetizarse con la ideología anticapitalista de «llevar al extremo la libre circulación de bienes», de materializar un deseo y convertirlo en cosa en las grandes superficies «donde no hace ni frío ni calor y donde hasta mear cuesta dinero».

Buscar la sombra de los espejos, falsear un embarazo, utilizar la manga del abrigo como saca y cientos de trucos más que, también impresos en libros y resumidos en vídeos que circulan por la red, acaparan la atención de los activistas del robo ideológico, que no son pocos.

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