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El hombre retiene por la cintura a la mujer que se deja llevar cual maniquí inerte y ambos se pierden en la profunda oscuridad

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El hombre misterioso de la calle sin nombre

Sábado, el celular de Julio indica las nueve de la mañana. Desde el zaguán de una casa que él sabe abandonada y que usa como guarida, mira con atención hacia el otro lado de la calle, de esa calle sin nombre, perdida en el confín de la ciudad.

Vigila los movimientos diarios, de un hombre desde hace bastante tiempo, cumpliendo con lo que cree la misión de investigación periodística de su vida, y espera pacientemente verlo salir como todos los sábados a la misma hora. Que saldrá con un grande y abultado bolso cuyo contenido jamás ha podido descifrar y estará fuera por tres horas.

Julio se ha munido de un manojo de llaves que irá probando, una a una, hasta encontrar la adecuada, pero no tiene dudas de que esas tres horas serán suficientes para entrar en la casa y revisarla sin ser visto.

La mujer no es un problema

Julio no cree posible que ella sea real, pero tampoco un producto de su imaginación.

Ella está ahí. Siempre, invariablemente siempre.

—Quizás sea un maniquí –se ha dicho muchas veces- porque  nunca sale a la calle… jamás acompaña al hombre… se mantiene en el mismo lugar y en la misma posición…

Con la seguridad de que algo raro sucede y que como periodista de investigación que se precie, el lo averiguará, ha registrado por meses las actividades que suceden en el interior. Así es como sabe a qué hora el hombre abre una ventana y se dedica obsesivamente a limpiar todos los rincones de la casa. Pero también que ella jamás se levanta del sillón y lo observa inmóvil.

Ha visto esta situación, día tras día,  durante ya demasiado tiempo.

¡Hoy desvelará el misterio!

Mira de reojo el celular por enésima vez. Es mediodía y el hombre no ha salido, es más hoy está cerrada la ventana y dentro de la casa no se registra movimiento alguno.

Es invierno y oscurece demasiado temprano. Apenas son las cinco de la tarde y ya es de noche. Julio está inquieto porque no ha podido moverse de su lugar en el zaguán durante todo el día, pero el  agotamiento no le impide seguir firme en su puesto de observador. A medida que pasa el tiempo su preocupación es mayor. Dentro de la casa todo es oscuridad, silencio y quietud.

De improviso  un hilo de luz escapa por la cerradura. Se abre la puerta y el hombre aparece apenas iluminado por una linterna de mano. Julio sorprendido, de un salto se interna un poco más en el zaguán. No puede ser visto.

Una tambaleante mujer  sortea con dificultad un escalón, el hombre rodea su cintura con firmeza.

Mientras con la mano libre saca una llave de su bolsillo y cierra la puerta con  decisión.

—¿Qué hace?  Se pregunta Julio que en la creciente oscuridad de la calle apenas logra ver los movimientos del hombre, ahora inclinado en el borde de la vereda.

El hombre misterioso de la calle sin nombre—¡Parece que va a tirar algo!

Pero no, el hombre se yergue nuevamente y dirigiendo la mirada hacia donde está Julio sonríe, dándole a entender que siempre supo que estaba allí, levanta el brazo, le muestra la  llave con gesto de triunfo y sin inmutarse la arroja dentro de la alcantarilla.

Retiene por la cintura a la mujer que se deja llevar, cual maniquí inerte y ambos se pierden en la profunda oscuridad de esa calle desierta y sin nombre, un sábado diferente.

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