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El inconformista
El inconformista

El taxista maldijo a las sempiternas obras de Madrid, a las viejas que cruzan por cualquier sitio sin mirar, a la lentitud de los autobuses, a los agentes que te muelen a multas y a los automovilistas impacientes que tocan el claxon como si fuera un juego de niños.

¡Me cago en el puto tráfico! Todos los días lo mismo. Este turno me agota, me mata. Sales de casa tan contento y en cuanto  has hecho tres carreras te enrabietas para todo el día.

¡Por fin hemos pasado el Rubicón!  Lo cierto es que no sé muy bien lo que es eso, creo que un río, pero cuando atravieso a estas horas la ciudad tengo la sensación de haber realizado una gesta.

-Adiós señor. Que pase buen día.

Y es que a mí lo que me gusta es la noche. ¿Si mi jefe quisiera cambiarme el turno? Pero no, él es el jefe y elige lo mejor. Cuando no hay tráfico, cuando te dan mejores propinas, cuando nadie protesta ni se queja porque llega tarde a la oficina, o a la consulta del médico, o a los juzgados, o al infierno. ¡Qué sé yo!  El caso es quejarse. Qué si vaya por aquí, que mejor por allá, como si yo no supiera cual es el camino más corto para llegar a los sitios. ¿A ver, quién es el profesional del volante?

La noche, la noche es otra cosa. Es la calma, la tranquilidad, la elegancia, las buenas maneras. Nadie tiene prisa. El que toma un taxi de noche sale a divertirse, a buscar placeres, al teatro, al restaurante o a tomarse unas copas en Chicote.

-¿Dónde vamos señora? ¿Al veinte de la calle Princesa? No irá usted con prisa, porque ya ve como está el tráfico.

El que sale de noche sale al casino a jugarse su dinero, a vivir la emoción de las apuestas y a regresar con los bolsillos llenos…o vacíos, ¡qué carajo!, pero satisfechos porque han vivido emociones fuertes. Vuelven a casa complacidos por una buena cena y por un buen vino, por conversaciones sabrosas, por risas compartidas y con suerte por un buen polvo. Cuando suben al taxi  llevan aún el perfume femenino sobre la ropa y en sus ojos  la chispa del champán que han tomado, sus manos no tiemblan de ansiedad porque aún les queda dinero en los bolsillos.

-“Ya hemos llegado. A esta hora ya se nota el tráfico más fluido. Gracias señora”.

La noche es una fuente de inspiración, por eso siempre me ha gustado poder trabajarla. Y es que tengo alma de poeta, pero por mi poca cabeza y por la necesidad de ganarme el sustento me he visto forzado a estar sentado todo el día en un vehículo, que ni siquiera es mío, viendo pasar la vida de los demás. ¿Hay algo menos poético que esto? Aunque si lo pienso bien quizá algún día pueda sacar partido de esta profesión. Aquí en el taxi se aprende mucho, yo mismo podría hacer un retrato psicológico de muchos de mis clientes. Viendo su aspecto, casi, puedo acertar su profesión, su carácter y si son felices o no.

A muchos se les nota a la legua que son unos amargados, otros van por el mundo perdidos, inseguros y hay muchos que son arrogantes y engreídos. Les observo un poco y zas, les hago una radiografía instantánea, ¡qué digo radiografía un escáner!

¡Uf, una embarazada!  Sólo falta que se me ponga de parto en el taxi. No, no parece que esté muy abultada.

– ¿Me dijo Bravo Murillo cuarenta y tres?

A estas horas da gusto conducir, ha pasado lo peor. Todo el mundo está ya en su puesto de trabajo. Como debe ser. Ahora me tomaré un café ahí en el bar de Julio. Así miro los mensajes que tengo en el móvil.

-Hemos llegado. Son diecisiete euros. Buen día señora.

¡Hostias! Pues no me dice mi jefe que me cambia el turno. ¡Menuda faena! Ahora cuando menos lo esperaba, me cede la noche a mí. Esto si qué es bueno. No lo esperaba ni de broma.

Es eso lo que querías, ¿no?” me dice. ¡Tendrá caradura el muy cínico!

Esto es que él ya no quiere hacer ese turno. Si no, de qué me lo va a dar a mí. Mira que se lo había pedido veces y nada, ni caso. Y ahora que estoy recién casado me lo cambia. A ver cómo le digo yo a mi mujer que voy a trabajar las noches. Ella no quiere dormir sola, no está acostumbrada, de soltera dormía en la misma habitación que su hermana y me lo repite siempre: “Menos mal Paco que no tienes el turno de noche, si no, no podría dormir”. Y eso sí que es una verdad como un templo, porque siempre duerme abrazada a mí, enroscada a mis piernas como un gusanito.

Lo cierto es que ahora que me cambian el turno me siento mal, culpable de lo que se avecina. Además la noche tiene muchos inconvenientes y muchos peligros. No es oro todo  lo que reluce.

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