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Cientos de miserables fueron quemados en la hoguera y otros cientos murieron agotados. El Baile de San Vito no tenía ninguna gracia en sus orígenes

El baile de San Vito se achacaba a Lucifer y, por defecto, a la malicia del pagano
El baile de San Vito se achacaba a Lucifer y, por defecto, a la malicia del pagano

Llegaba sin esperarlo. Quien padecía el Baile de San Vito comenzaba a convulsionar sin remedio, a mover brazos, piernas, orejas y demás carnes en un bailete descabellado que no tenía ritmo ni coreografía. Tanto, que se achacaba a Lucifer y, por defecto, a la malicia del pagano y a la magia negra de los infiernos.

Y algo de infierno sí tenía. Una vez tranquilizado el cuerpo, sobrevenían los dolores de San Vito, achaques insufribles que hacían del bailongo un ser incomprendido a sus ojos y endemoniado a los de los demás. Por mencionar, diremos que en la Francia del XVI, Frau Troffea comenzó un buen día a bailar y, en algo más de un mes, eran 400 los danzarines que acompasaban por las calles de Estrasburgo. 30 días que dejaron a la mayoría en el camposanto debido al agotamiento físico y a la rotura de sus corazones.

Le debió sentar bien la muerte

Antes que santo, Vito fue un niño muy dado a los milagros. De todos, el más conocido, al menos en la hagiografía, es el favor que hizo al emperador Diocleciano. El más burócrata de todos los líderes romanos tenía un hijo epiléptico. En la época, la epilepsia era una enfermedad que se escondía del entendimiento y, por ende, era portadora de miedos ajenos y de piedades, y también de clemencias y de misericordias humanitarias. Esto quiere decir que, por desconocida, también generaba temor.

Un día cualquiera, Vito acudió a las dependencias de Diocleciano y sanó a su hijo. Porque el emperador era de buen agradecer, como recompensa por tan buena acción metió a Vito en una olla de aceite hirviendo. Dice la leyenda que, en vez de cadavérico, Vito empezó a bailar y, con él, los que estaban esperando su ración de muerte diaria.

Que el baile estuviese desencadenado por el horror de morir en un caldero de aceite hirviendo es algo tan posible como la vida misma. Cuando algo quema, uno salta como una rana. Pero la hagiografía explica que Vito fue rescatado por un ángel y volvió a su hogar a seguir faenando como milagrero.

La explicación

Nada tenía que ver Satanás con el baile alocado que desencajaba los cuerpos de aquellos que lo padecían. No; no era cosa del tridente; tampoco del averno o del fuego endemoniado. El culpable de aquellos espasmos era una bacteria.

El progreso ha ido concluyendo que el Baile de San Vito es uno de los síntomas de dos enfermedades raras que afectan al sistema nervioso: la Corea de Sydenham y la Corea de Huntington. Ambas provocan que el cuerpo se mueva sin ton ni son y sin el consentimiento de aquel que lo sufre.

Por eso en la Edad Media, el zapateo de San Vito ocurría en cualquier parte, lo mismo daba que fuese Iglesia que taberna. Y claro, unido lo desconocido al gusto que por aquel entonces se tenía por la herejía y por la lumbre de las hogueras tamaño natural, el resultado no pudo ser otro que el asesinato de cientos de miserables que no podían dejar de danzar de un lado para otro.

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