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Ver a un mago me apasiona. En la magia no hay trampa ni ilusión. Todo lo que veo, y lo que no veo, es real. Recuerdo un clásico, palomas dentro de una jaula. Un paño negro por encima, las palabras mágicas y las palomas ya no están. Las palomas son reales, la jaula vacía también.

Todo fue real.

Dedicado a dos entrañables amigos. En la terraza de su casa ocurrió todo esto.

La magia es algo real
La magia es algo real

Habíamos decidió pasar el fin de semana en la casa que nuestros amigos, Carla y Mario, tienen en Matalpino, en plena sierra madrileña. El domingo por la mañana cada uno se dedicó a realizar actividades personales. Carla, mi mujer y mi hija se fueron a recolectar flores para secar; Mario dedicaba su tiempo a las tareas de jardinería y yo subí a la terraza para dedicarme a escribir, tenía pendiente algún relato del taller de escritura.

Estábamos a finales de marzo y el tiempo empezaba a mostrar los primeros indicios de la primavera. Un día soleado, temperatura agradable y ningún sonido que enturbiara ese apacible momento. Desde la terraza tenía una fantástica vista de la sierra, todo el entorno era propicio para desarrollar mi actividad. Me iba a poner manos a la obra cuando un sonido desagradable lo envolvió todo. Una furgoneta, anunciando un servicio de tapizado en casa, pasó un par de veces con un ruido machacón producido por sus altavoces. Dispuesto a comenzar con mi relato, otro sonido me volvió a incordiar. Era el producido por aquel bicho tipo abejorro que desde el sábado y cada cierto tiempo revoloteaba por la terraza. Mientras que de la furgoneta tenía claras sus intenciones, en el caso del bicho las desconocía, y eso me inquietaba.

Después de realizar varios vuelos, el animalito se posó en la barandilla de la terraza. Me tranquilizó que se quedara quieto, pero me mantenía alerta no saber cuál sería su siguiente paso.

Dado que no tenía muy claro a qué tipo de ser me enfrentaba, decidí curiosear en internet y descubrí que se trataba de un Bombus terrestris. Menos agresivos que las abejas, solo clavan su aguijón cuando se sienten amenazados. Mientras leía la información, lo cual no me tranquilizaba para nada, oí que alguien me preguntaba cuál era la razón de mi inquietud. Pensé que era Mario, que estaría oyendo mis continuos movimientos de desasosiego. Me levanté y asomado a la barandilla vi a Mario en el jardín montando, como si fueran las piezas de un mecano, los diferentes artilugios del riego automático. Le llamé, me miró sorprendido y me dijo que él no había abierto la boca.

De nuevo en mi asiento, el abejorro seguía allí y pensé que no era mi día, que no sería capaz de escribir ni una línea. Otra vez la misma voz, grave y suave, que me decía:

—Pedro, soy yo, solo quiero hablar contigo.

Miré a las casas de alrededor. Allí no había nadie. Con los dedos me sacudí los oídos e intenté concentrarme, pero aquella voz sonó de nuevo:

—Pedro, soy yo, estoy en la barandilla.

Me toqué la frente. Me preguntaba si un repentino ataque de fiebre me estaría produciendo alucinaciones. Miré fijamente a aquel bicho.

—Pedro, no te asustes, mira, soy yo el que te habla. Voy a hacer un vuelo en forma de cruz para que compruebes que realmente soy yo.

Sorprendido vi como hacía un movimiento de arriba abajo y de izquierda a derecha. ¡Era una forma de cruz! “¡Ostras, esto no es un bicho, es un extraterrestre!”. Fue lo único que pude pensar. Lo miré y, en voz muy baja, no fuera a ser que Mario al oírme pensara que estaba hablando solo, le dije:

—¿Estás de broma o me estoy volviendo loco?

Lo observé fijamente y vi cómo se movían sus alas mientras hablaba:

—No te preocupes, Pedro, no quiero hacerte daño ni que tú me lo hagas a mí, solo quiero hablar contigo. Soy una abeja reina y acabo de salir de mi hibernación, me encuentro sola y estoy preparando un lugar donde anidar. Te he visto y he pensado que a lo mejor te gustaría hablar conmigo.

En aquel momento mi sorpresa había superado todos los límites de lo imaginable. ¿Qué hacía yo allí conversando con un bicho? Le pregunté cómo era posible que estuviera hablando con él y si el resto de los de su especie tenían la posibilidad de comunicarse con los humanos, que aquello no era normal. Me pareció ver dibujada una leve sonrisa en su cara y de nuevo se puso a hablar. Dijo que había muchos animales que poseían esa característica y que en los de su especie solo lo podían hacer las reinas. Le pregunté cómo era posible que los humanos no conociéramos esa habilidad. En su respuesta me indicó que en muy raras ocasiones lo hacían y que tenían una total desconfianza en la mayoría de los hombres, cuyo objetivo era siempre dominar y controlar todo, hasta lo desconocido. Seguí insistiendo con mis preguntas:

—¿Cómo es posible que los seres humanos que han descubierto esta habilidad no la hayan divulgado?

Su respuesta me sorprendió:

—Nadie los creería y los tomarían por locos -me dijo.

Me empecé a sentir como en la película de Mars Attack. Imaginé una gran nube de abejorros volando a nuestro alrededor clavándonos sus aguijones, método mediante el cual se convertían en dominadores de la Tierra. El bichito, por decir algo, de nuevo dibujó una sonrisa en su cara y mirándome fijamente me dijo:

—Pedro, si quisiera hacerte daño ya lo habría intentado. Los de mi especie y la mayoría de los animales solo atacamos cuando nos sentimos amenazados. Además sabemos que con los humanos siempre tenemos las de perder y que, en muchos casos, aun estando amenazados, la única opción que tenemos es evitar la lucha. Eso nos permite aumentar nuestro tiempo de supervivencia.

Le pregunté que cómo sabía que no iba a intentar atacarla y me dijo que no lo sabía, pero que intuía que no lo iba a hacer.

—Pero si yo soy como el resto de los humanos -le dije-, en cualquier momento podrán surgir mis intenciones dominantes.

No hizo mucho caso a esto último y me propuso dar un paseo. Me quería enseñar dónde estaba haciendo su nido y contarme algunas de sus costumbres.

Bajé las escaleras pensando qué demonios hacía yendo a pasear con un bicho. Al salir fuera de la casa allí estaba, revoloteando con su típico zumbido. Me estaba observando, miré alrededor, podía aparecer alguien que viera lo que estaba haciendo y entonces directamente me encerrarían.

Nos dirigimos hasta un pequeño prado y allí el bicho se posó encima de la rama de un árbol. Empezó a darme explicaciones sobre lo idóneo del sitio donde iba a hacer su nido. Me aclaró que ella era la única que sobrevivía al invierno. Su misión era encontrar un nido que tuviera cerca flores y plantas que le suministrarían el polen y el néctar necesario para su consumo y almacenamiento. Su objetivo, como reproductora, era poner los huevos de donde saldrían las obreras, que serían las que finalmente se encargarían de todo el trabajo, y así ella viviría como una “reina”.

En el suelo, sobre un pequeño agujero, me mostró la entrada del nido. Me agaché para verlo de cerca. Cuando estaba en aquella curiosa postura, a cuatro patas sobre la hierba, apareció el pequeño Beltrán, el perro de mis amigos. Se puso a mi lado dando vueltas sin parar y olisqueándolo todo. Con él llegaron Carla, mi mujer y mi hija. Las caras con las que me miraban era todo un poema. Solo se me ocurrió decirles que estaba dando un paseo y que se me cayeron unas monedas de la mano y estaba buscándolas por el suelo.

Hicieron unos comentarios jocosos mientras siguieron su camino. Simulé ir hacía la casa, las vi desaparecer y volví sobre mis pasos. En las ramas del árbol no había nadie, del agujero del suelo salió la cabeza de aquel bicho. Mientras lo miraba con un ojo y con el otro observaba los alrededores, me dijo lo hábil que había sido para salir de aquella situación comprometida. Decidimos volver a la terraza. Allí podíamos estar más aislados de miradas embarazosas. Mientras subía las escaleras de la casa, me toqué de nuevo la frente, deseaba tenerla ardiendo y que la fiebre fuera la responsable de aquella alucinación. Pero me encontraba perfectamente. En la terraza, aquel bicho, con su sonrisa en la cara, estaba posado sobre la barandilla. Lo miré fijamente y pensé que aquello no podía estar ocurriendo.

Sobre los árboles de la casa de enfrente había dos palomas torcaces, le pregunté si ellas también tenían la misma habilidad. Las miró con cierto desprecio mientras me explicó que era una habilidad que solo tenían los individuos que ocupaban el nivel jerárquico más alto en las distintas especies. Seguía observándola con incredulidad y entonces ella me preguntó que si teniendo todas las especies la capacidad de comunicarse a través de palabras, sonidos, colores y movimientos, por qué no iba a ser posible que nos pudiéramos comunicar nosotros dos.

—Los hombres os creéis superiores, cuando una cosa no se puede demostrar decís que es imposible, y cuando os interesa recurrís a la fe.

Cada vez me sentía más perplejo, aquel bicho no solo podía hablar, ¡también tenía capacidades de un ser racional!
Después de un rato de conversación, mi duda era saber qué iba a hacer con aquella historia. Si se lo decía a mis congéneres, las posibilidades de que me tomarán por loco eran altísimas. Podía callármelo y mantenerlo en secreto, pero sabía que no sería capaz de guardármelo. Se lo pregunté al bicho y su respuesta fue que usara mi imaginación. En ese momento se despidió de mí, deseándome que pasara un buen día y esperando que nos volviéramos a ver.

Me quedé inmóvil y pasmado, no había sido capaz de escribir ni una línea.

La voz de Mario me despertó, me llamaban para ir al pueblo a tomar el aperitivo. Bajé las escaleras totalmente aturdido. Había tenido un profundo sueño y solo tenía leves recuerdos de una historia que me parecía de ciencia ficción. Me mojé la cara con agua fría, me estaban esperando a la puerta de la casa. Iba a entrar en el coche cuando Carla, risueña, me preguntó si había encontrado todas las monedas. De repente, toda la historia me vino a la cabeza, no podía ser verdad, todo aquello había sido un sueño.

La expresión de mi cara fue la excusa para que me dijeran que todavía no me había despertado, les dije que me iría andando para ver si el paseo me despejaba. Recorrí el mismo camino que había realizado en mi sueño, recordaba el árbol y la rama, lo que no era de extrañar, había pasado muchas veces por allí.

Disimuladamente mire los alrededores, en el suelo no encontré ningún rastro. Revolví las hojas con la punta píe, nada que me llamará la atención. Pensé que efectivamente había salido a dar un paseo y que, posteriormente, me había quedado profundamente dormido, lo que me generó cierta confusión.

Decidí seguir mi camino cuando de repente oí a mis espaldas un zumbido familiar. No quería volverme, pero la curiosidad hizo que me diera la vuelta. Allí estaba, revoloteando sobre aquella rama, el mismo bicho de mis sueños. Me quedé parado, mirándolo fijamente. Aquella sonrisa se dibujó de nuevo en su cara cuando me dijo:

—Adiós, Pedro.

No había nadie en los alrededores, una sonrisa también se dibujó en mi cara y le dije:

—Adiós, Bicho.

Había pasado una semana desde aquel día, nuestra vida en Madrid transcurría en la cotidiana normalidad. Solo había una cosa que me producía desasosiego: ¿qué iba a hacer con aquella historia? Sentía la necesidad de contársela a los demás y había intentado racionalizar una solución. Nadie me iba a creer, tampoco podía demostrarlo, y por lo tanto, si insistía me tomarían por loco. Curiosamente, nadie podía demostrar lo contrario: damos por cierto la imposibilidad de que los humanos hablemos con seres de otras especies, eso es tener fe.

Se me ocurrió una solución. Recordé lo que me había dicho el bicho, debería ser imaginativo. Así fue como decidí utilizar aquella historia como relato para el ejercicio final del taller de escritura en el que estaba participando. Dejaría que cada lector tomará su propia decisión sobre aquella historia. Sería como un ejercicio de magia donde todo lo que ocurre es real, pero el artista deja que la imaginación del público sea quien decida cómo se han producido las cosas.


* La magia es algo real es uno de los cuentos cortos que Pedro Sande recoge en 150 palabras.

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