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Las tazas de té humeantes y la ropa tendida, pero ni un alma. El barco fantasma recorría la mar en busca de la vida que habría perdido en algún lugar del Atlántico

El Mary Celeste era la escena cotidiana de un día cualquiera pero sin protagonistas / Oxlackinvestigaciones
El Mary Celeste era la escena cotidiana de un día cualquiera pero sin protagonistas / Oxlackinvestigaciones

De Nueva York a Génova, este era el itinerario marcado en el diario de a bordo del bergantín Mary Celeste, el buque de un par de palos timoneado por el capitán Benjamin Briggs en 1872. Eran diez los tripulantes los que zarparon de puerto y nunca arribaron a tierra, al menos a la porción de ella que constituía su destino final, porque sí hicieron un descanso en las Azores. Aquel asueto fue la última vez, que se sepa, que los ocho hombres, mujer y niña del Mary Celeste pisaron el firme de un continente; o de una isla.

Que partieron de Génova fue lo último que puede asegurarse a ciencia cierta. El 5 de diciembre de ese mismo año, 1872, un bergantín con las velas abiertas y 30 metros de eslora se balanceaba sobre las olas del Atlántico, rítmicamente. Su baile al son del mar levantó las sospechas de otro navío que surcaba las mismas aguas y que, curiosamente, había zarpado del mismo puerto neoyorquino. Tres marineros del Dei Gratia, que así se llamaba el segundo, se acercaron con la templanza que da las aguas hasta el Mary Celeste, y de puntillas abordaron la embarcación. Nada.

Y los fantasmas no aparecieron

El bergantín era la escena cotidiana de un día cualquiera pero sin protagonistas, una jornada eterna que empezaba y terminaba una y otra vez sin avanzar más que las horas que marcaba la voluntad del azar: ropa tendida, tazas de té humeantes, un pollo en el fogón; todo para tres. La vida aún echaba humo a bordo del Mary Celeste. Por eso fue que los tres marineros del Dei Gratia decidieron recorrer el bergantín de cabo a rabo en busca de los propietarios de esa vida. Nada.

Uno de ellos, Oliver Deveau, informó por escrito de lo que allí se había encontrado. Al parecer, el diario de a bordo había sido actualizado por última vez el 24 de noviembre. El marinero comprobó también que faltaban algunos instrumentos necesarios para la navegación, como el cronómetro o la corredera, por ejemplo.

Quizás fuese eso lo que animó a Brian Hicks a asegurar que el fantasmagórico Mary Celeste perdió la tripulación por cuenta ajena. Esto quiere decir que para el escritor, las causas de que los tres marineros del Dei Gratia no encontrasen a los diez del bergantín se debieron a los miedos de su capitán al comprobar que su carga, más de 1.700 barriles de ron, se había evaporado. Según Hicks, los diez miembros de la tripulación habrían puesto pies en polvorosa dejando al bergantín con las velas de par en par a merced de la mar.

Pero agua sí quedaba almacenada, por lo que los miedos del capitán Briggs mucho fundamento no tenían más allá del delirium tremens, claro. Deveau, que no era tonto, se dio cuenta de que la tripulación había salido del Mary Celeste a todo correr. Lo que no se explicó el marinero del Dei Gratia era el por qué de esa huida: el barco estaba como un caballero nuevo.

Con el Mary Celeste navega el misterio. Sin embargo, la causa arriba en cada persona que conoce la leyenda. Pulpos gigantes, envenenamientos y temporales traicioneros o tramas entre capitanes al estilo de las más palaciegas de todas son algunas de las explicaciones que hoy se intentan dar para curar el espanto del barco fantasma. Pero los espectros, por inexplicables, atraen igual el temor y la curiosidad; y alimentan, que es muy importante.

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