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Mostró su verdadera cara por primera vez, su despotismo, su intolerancia, sus ganas de joderme la vida. Después, yo era la persona con la que pagaba sus frustraciones

Y es que una vida tranquila muchas veces es salud
Y es que una vida tranquila muchas veces es salud

Mi nombre es… Bueno, digamos que me llamo Libertad y estoy en esa edad indefinida entre los treinta y los…

Por decir algo más concluyente, diré que son varias las relaciones por las que he pasado. Fruto de una de ellas tengo a mi hijo Jonathan, el motor de mi vida a pesar de lo torpemente que me muevo por estos vericuetos. Lo primero que considero a la hora de valorar cualquier cosa es el bienestar de mi hijo, pero luego, por otro lado, soy incapaz de ver mucho más allá.

Ya hace algunos años que resido en este pequeño pueblo costero: llegué siendo una adolescente y ya ha transcurrido aquí la mitad de mi vida.

De mis primeros recuerdos al llegar aquí, está su sonrisa, su pose de machito trasnochado, su habla canalla, sus miradas de reojo o esas otras descaradas en las que le sorprendí en más de una ocasión al darme la vuelta. Era un juego de chavales que desde la distancia veía al otro como lo prohibido, como lo inalcanzable, y fruto de aquellos suspiros vinieron muchos años después estas consecuencias, con la diferencia que entre lo uno y lo otro medían casi dos décadas y esos son muchos años.

Pero lo mejor será volver a aquellos tiempos y contaros mi historia de una manera cronológica para que la podáis entender. Eso sí, por mi torpeza innata soy capaz de ponerla en planta.

Fueron solo algunas semanas, pero recuerdo esas noches tórridas de verano. Allí, con la humedad de la playa y esa brisa que algunas noches resulta abrasadora, pensaba en él, en su cuerpecito, en su risa socarrona que cuando se daba cuenta de mi presencia parecía ser más fuerte. ¡Y cómo levantaba la voz¡ para que yo recayera en su presencia!.

Un fin de semana de mediados de julio vino a visitarme mi novio de la ciudad. Las cosas llevaban tiempo sin terminar de funcionar, pero el cambio de clima, algunos lugares románticos y, pocos días después, Isi —ese joven que llenaba mis noches—, se esfumó de mi vida de golpe.

Al terminar esas vacaciones descubrí aquello que de golpe cambio mi vida y que hoy es mi alegría: el anuncio de que Jonathan estaba en camino.

Mi vida cambió por horas. Del disgusto inicial a planificarlo todo. Un niño estaba por llegar y muchas cosas por preparar. Fueron años sin alma en mi vida, salvo mi pequeño que lo llenaba todo para mí. No me apetecía salir de casa, la ropa dejó de interesarme. Solo sentirme cómoda y estar al cuidado de mi niño.

Pocos años después me di cuenta de que mi vida en pareja era inexistente y que lo único que nos unía era el niño. No me resultó nada traumático romper con aquello, al menos para mí. Creo que a él tampoco, ya que después de tomada la decisión, te llegan los primeros rumores, después la confirmación y al final me sentí degradada de tal manera como mujer, que me costó años superarlo.

Sí, tengo que aceptar que el amor entre nosotros hacía años que había desaparecido, que seguramente el hijo que tuvimos en común fue más fruto de un error que de un sentimiento, pero al menos esperaba lealtad, algo de sinceridad, en lugar de vivir su vida, hacerlo a su aire y cumplir ante los ojos de los demás. Esos ojos que habían sido testigos en muchas casos de múltiples infidelidades, e incluso cómplices de esa nueva relación que ya duraba casi un año antes de decir la ruptura definitiva.

Sí, esta deslealtad fue un calvario para mí. No entendía nada, pero mostró su verdadera cara por primera vez, su despotismo, su intolerancia, sus ganas de joderme la vida. Hasta el día de hoy lo sigue haciendo. Él vive su vida. A su lado son al menos media docena de mujeres las que han estado, pero ninguna de ellas ha sido por más de algunos meses. Después yo era la persona con la que pagaba sus frustraciones, haciendo nuestra relación insoportable y enturbiando la natural relación con nuestro hijo.

Al final terminé porque esta relación fuera inexistente hasta el punto que el exiguo contacto que manteníamos por correo eléctrico se ha tenido que eliminar y dar paso a comunicados a través de los abogados o el mismo juzgado.

Jonathan ha manifestado cientos de veces que no quiere ir con su padre, pero yo estoy obligada por ley, y aunque a veces se me parta el corazón, debo de mediar, y así lo seguiré haciendo hasta que mi hijo tenga plenamente la potestad de elegir libre y legalmente lo que quiera hacer.

Pasaron años hasta que de nuevo abrí las puertas de mi corazón al amor. Más que Libertad, me debí de llamar enjaulada o, mejor, arrestada, ya que mi vida era eso: las cuatro paredes de mí casa y mis padres con los que he vivido todos estos años y que sin su apoyo y ayuda, la vida de Jonathan no hubiera sido tan positiva como lo ha sido. Le han cuidado, criado como un hijo más y me han ayudado en su educación.

Pasó mucho tiempo hasta que llego a mi vida Fran. A mí me costó muchísimo abrirme y aceptar lo que mi corazón de buen agrado aceptó mucho antes que yo. Era un hombre sincero, cercano, sin apenas parafernalias en su vida, un hombre transparente y sencillo, fácil de tratar y de convivencia agradable. Él me hizo olvidar muchas cosas, me hizo pensar que otra vida era posible, que aún estaba a tiempo de tener una vida feliz y plena a su lado.

Hoy lo veo con otra perspectiva, pero la crisis nos hizo en varias ocasiones aplazar planes de vida en común, y eso me hizo derrumbarme como un castillo de naipes.

La verdad es que me volví caprichosa, exigente, y cuanto más difíciles él tenía las cosas, yo más le reclamaba. El tiempo lo pone todo en su sitio, pero a veces juega con nosotros y fue en este impasse cuando Isi nuevamente apareció en mi vida. Ahora lo veía algo más arrogante, más directo, más engreído, pero igual de canalla. Acababa de terminar una relación. Los rumores sobre él no eran buenos, pero eso más me enardecía y más me hacía perder el sentido común.

El encuentro fue fortuito. Creo que ninguno de los dos, para ser honesta, lo propiciamos, pero hubo miradas. Las primeras palabras. Esa noche al entrar en Facebook me encontré su solicitud de amistad.

Luego todo vino rodado. Un café, el intercambio de números de teléfono y el primer encuentro furtivo. Ya fue un no parar hasta verme en la tesitura de elegir: o Fran que suponía la rutina y la tranquilidad —aunque últimamente por la falta de trabajo me empezaba a incomodar— o Isi. He de reconocer que no fui yo la que elegí, que fue simplemente mi espíritu aventurero, las ganas de salir de la rutina, de vivir con intensidad, de recuperar todos esos años que había estado adormecida.

Isi era una brisa de aire fresco, lo inesperado. Siempre todo terminaba en una buena cama. Por momentos sentí que la vida al final se estaba portando bien conmigo, que el cielo estaba al alcance de mi mano.

Realmente fue todo un espejismo. Primero empezaron a llegar comentarios de sus relaciones anteriores. Me tapé los oídos, no di ni la más mínima oportunidad a la duda, pero el tiempo termina poniendo las cosas en su sitio y solo hicieron falta algunos meses para que mostrara su propia cara o yo dejara de deformar esa imagen ficticia que tenía de la relación con Isi.

El detonante llegó en el momento más inesperado, en un romántico fin de semana que pasamos juntos en una idílica casa rural. Allí, dejó claro quien era, qué esperaba de mí, lo que significa yo en su vida.

Me acababa de despertar. En el exterior de la cabaña de madera que habíamos alquilado en la sierra, un magnífico día invitaba al paseo, a expandir los pulmones con este aire fresco que acariciaba la piel, a cansarse por las diferentes rutas de senderismo para, después a la caída de la tarde y con el frescor de la noche, encender la chimenea y dejarnos llevar.

─Venga, Isi, holgazán. Levántate; hace un día precioso para pasear un rato.
─¡Déjame! ¿No ves que estoy durmiendo?

Su salida de tono en un principio me lo tomé a broma. Me lancé sobre él haciéndole cosquillas y tonteando un poco.

─¡Te he dicho que me dejes! ¿Es que no has entendido lo que he dicho o eres tonta?

Me quedé algo destemplada con su mal despertar y con sus palabras zafias, pero lo que realmente me dejó pensativa fue el empujón que acompañó a sus palabras haciéndome perder el equilibrio y caer de la cama.

Permanecí unos segundos esperando su reacción. Pensaba que enseguida se levantaría, me ayudaría a incorporarme y me pediría perdón. Pero nada ocurrió así. Solo indiferencia. Me levanté y lo dejé dormir hasta bien avanzada la mañana. Yo salí al porche con una fina manta sobre los hombros. En el pueblo es el olor a mar, la brisa fresca en los atardeceres y esos largos paseos descalza por la playa, pero en la sierra es muy diferente. Son multitud de sonidos, de pajarillos, ruidos desconocidos de los cientos de habitantes de este ecosistema prodigioso bastante desconocido para mí.

En el interior de la cabaña, unos ruidos me anunciaron que ya se había levantado. Esperaba que saliera, que me abrazara, que me diera un beso, que me pidiera perdón, ¡Qué confundida estaba¡

─¡No hay café hecho!

Si me hubiera dado una bofetada no me hubiera sentido tal mal. Me quedé petrificada, sin capacidad de reacción. Permanecí inamovible con la mirada perdida en el horizonte, como hipnotizada.

─Además de tonta te has quedado sorda. ¿Me escuchas?

Ya no aguanté más. Salté como un resorte:

─Ni tonta, ni sorda, ni tampoco soy tu madre. Si no hay café y te apetece te lo preparas tú. ¿O crees que soy tu criada?.

El fin de semana transcurrió en ese tono. Conectó la play y me ignoró. Solo se acordaba de que no estaba solo cuando tenía hambre, reclamando algo con lo que apaciguar su estómago. Yo no pude pegar ojo,

A ratos pensaba que esto no iba a ningún sitio. Otros que lo había pillado en un mal día, que tal vez era incapaz de entenderlo, de saber su estado de ánimo, de empatizar con él.

Tuvimos un par de días de frialdad de vuelta al pueblo. Yo me refugie en una amiga, que no entendía mi actitud.

─Libertad, no te arrastres de ese modo por ningún hombre.

A esas alturas yo tenía muy claro lo que sentía, lo mal que me había tratado, la mierda que me había sentido, esas horas a su lado. Pero al alejarme de él su ausencia me mataba, me faltaba hasta el aire, nada merecía la pena si no estaba a su lado.

Este episodio se repitió otras dos veces más. La última nos faltamos al respeto los dos. Nos dijimos cosas que ninguno de los dos seguramente sentía, pero al menos me sirvió para abrir los ojos.

Yo era consciente de mi dependencia de él y probablemente él de mí, pero también de que nuestra relación no iba a ningún lado, que no hacíamos cosas en común, que todo era rutina a pesar de los pocos meses que llevábamos juntos.

De esto hace cuatro meses. Pocos días después de este episodio, después de nuestra ruptura, recibí una llamada de Fran. Quedamos para tomar un café, se lo debía. No me había portado bien con él, lo había compartido durante un tiempo con Isi, no había sido sincera con él y ahora…

En aquel café lo empecé a ver de manera diferente. Ahora lo podía comparar, ahora podía ver con alguna perspectiva las relaciones con los hombres de mi vida y, por primera vez en mucho tiempo, fui consciente de la vida errática de estos últimos meses.

No tardé en decidirme. Esa misma noche le mande mi primer mensaje: «Me he sentido muy a gusto, tomando un café contigo». Después de mensajes de ida y vuelta, me llamó por teléfono. En la conversación me sinceré. Le pedí perdón, le confesé lo mal que lo había hecho con él.

Hoy llevamos juntos tres meses. Oficialmente somos pareja de nuevo y tenemos proyectos de futuro. Hasta ha dejado caer que le gustaría que tuviéramos un retoño y, la verdad, a mí es una idea que me empieza a agradar.

Esta mañana me han dado los resultados de los análisis que me hago con regularidad. Mi médico se ha sorprendido de lo equilibrados que están. Y es que una vida tranquila muchas veces es salud.

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