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Las minas que explotaron en Hoyo estaban caducadas desde 1974. Sus sistemas de seguridad fallaron matando a cinco hombres y dejando abrasados a otros dos

36 operaciones después, José Manuel sigue siendo un militar abandonado
36 operaciones después, José Manuel sigue siendo un militar abandonado

José Manuel Candón, teniente de Infantería de Marina retirado, busca la justicia que se le lleva negando desde 2011. Él, pero también su compañero Raúl y las familias de los cinco muertos que el febrero de aquel año dejaron su vida en Hoyo de Manzanares.

José Manuel es un militar retirado físicamente a la fuerza. No fue su propia voluntad la que lo separó de su vocación. Tampoco el azar. Fueron ocho minas explosionadas de forma inesperada las que lo convirtieron en un pensionista demasiado joven.

Y que no se equivoque nadie: es verdad que su caso pudo haber sido un «accidente fortuito» como en su día aseguró la jueza que llevó su caso, y es verdad también que pudo haber sido la falta de tino del azar. Pudo, pero no fue. El accidente de Hoyo de Manzanares en el que cinco hombres dejaron la vida y en el que otros dos se la llevaron abrasada se debió a una supuesta negligencia en toda regla, un descuido de los de libro, un desinterés, un abandono, una desidia.

Aquel febrero de 2011, las minas explotaron de forma repentina mientras los militares realizaban maniobras antes de partir hacia el Líbano en misión internacional. Todos eran expertos, todos sabían lo que hacían y a ninguno se le cayó nada encima del primer explosivo.

Esto viene a cuento por uno de los argumentos que se ha utilizado en el juicio para denegar la indemnización que solicitan José Manuel y el resto de afectados. La Comisión de Investigación del Ejército argumentó que, seguramente, la explosión se hubiese debido al contacto con la carga. Y se quedó tan ancha. Pero aquella debía de pesar al menos 300 kilos, que es lo que necesita una de esas minas para saltar por los aires, y la suya solo pesaba 18,5: «Una mina tiene una serie de seguros que aquel día no funcionaron», dice el teniente. Y no hay más.

No todos los muertos son iguales

El asunto, por lo tanto, no es que las minas explotasen, que ahí bien podría haber intervenido el destino. El asunto es que las minas en cuestión estaban caducadas:

Habían sido «fabricadas en 1974. Podía verse claramente en la etiqueta, pero nos dijeron que Defensa les había prolongado la vida útil hasta marzo de 2011», contó José Manuel en Interviu hace un año.

Por eso se supone que es de ley que el Estado tenga que responder ante su responsabilidad patrimonial, porque los militares habían solicitado minas semejantes a las que se encontrarían en el Líbano, ni más, ni menos.

Pero Defensa no presta atención a los reclamos y considera que los damnificados tienen suficiente con lo que ya se les ha pagado. De una parte, algo más de 22.500 euros a las familias de las víctimas; de la otra, en torno a 30.000 para cada uno de los heridos, más una pensión vitalicia. Los muertos valen menos en el suelo patrio a juzgar por la indemnización que se les hubiese concedido en caso de haber perdido la vida, por ejemplo, en el Líbano, que era a donde iban. En este último caso, la cuantía hubiese ascendido a 140.000 euros por considerase la muerte como un acto de terrorismo. Por eso parece que la explosión de Hoyo no mató igual. Tampoco hirió de la misma forma, sino que lo hizo con más ligereza y con más frivolidad, aun cuando no había guerra de por medio.

También voluble fue lo que ocurrió en el juicio de 2015. Entonces la justificación de la abogacía del Estado para denegar la petición de José Manuel fue que «yo cobraba 5.800 euros de pensión, algo que no es cierto». Por eso presentó las 12 nóminas de un año completo, para demostrar que no era así:

«Hay un tope establecido a la hora de cobrar una pensión. Ese es el 40 por ciento, que es lo que yo cobro, aunque en realidad me corresponde la cantidad completa».

Para quien lea queda el dar vueltas a la argumentación de la abogada del Estado para encontrar en qué parte de sus palabras está la verdad. Más claro, agua.

osé Manuel posa con su compañero Raúl, el otro herido de gravedad en Hoyo
José Manuel posa con su compañero Raúl, el otro herido de gravedad en Hoyo

Sus medicamentos se los paga él

A José Manuel sus medicinas no se los paga nadie, y no se está hablando de un ibuprofeno para un dolor de cabeza pasajero. Son 250 euros mensuales de tratamiento para intentar mantener, entre otras cosas, el 15 por ciento de visión que le queda en un ojo, porque el otro lo perdió en la explosión de Hoyo:

«El Instituto de Seguridad de las Fuerzas Armadas, el ISFAS, no corre con los gastos de los medicamentos porque no están incluidos en la lista con la que se abastece la farmacia militar. ¡Pues que los añadan! Pero no lo hacen. Nadie me ha sabido decir desde cuándo no se modifica esa lista».

El teniente solo conserva un 15 por ciento de visión
El teniente solo conserva un 15 por ciento de visión

¿22 flexiones por España?

Él está esperanzado en alcanzar al fin la justicia: «Si se basan en sentencias anteriores, nos tienen que indemnizar». José Manuel justifica sus palabras con sensatez diciendo que

«si Defensa nos hubiese dado la razón en el primer momento, habría estado reconociendo que las minas que nos facilitó para nuestro entrenamiento estaban caducadas. Pero a fecha de hoy, en el juzgado ya no se habla sobre la culpabilidad o no del Ministerio, por lo que no tiene que demostrar nada. Ahora se determina la cuantía de nuestra indemnización».

Y mientras tanto, Defensa se empeña en que se hagan 22 flexiones por los militares que se juegan su vida por España. El Ministerio homenajea a los cuatro vientos, habla de orgullos y admiraciones poéticas pero se olvida de cumplir con sus deberes al no amparar a sus muertos y a sus heridos:

«De qué me sirve a mí esa campaña?», se pregunta José Manuel. «¿Va a devolver los maridos a las viudas o los hijos a los padres? ¿Con qué derecho se hace?».

El teniente repite en varias ocasiones que nada tiene en contra de sus compañeros, y que su lucha es «contra la cúpula, contra el Ministerio de Defensa».

Hay que entender a los que se sienten traicionados por su país después de haber estado dispuestos a darlo todo por él en varias ocasiones. Cualquiera, o casi, podría comprender que es el mea culpa y no las cortinas de humo lo que tranquiliza las almas: «Yo no quiero que me paguen, quiero que reconozcan que jugaron con nuestras vidas». Son palabras mayores.

Cinco militares perdieron la vida en la explosión de Hoyo de Manzanares
Cinco militares perdieron la vida en la explosión de Hoyo de Manzanares

El material caducado está a la orden del día

Pero Defensa no ha aprendido nada porque se sigue utilizando material en mal estado para formar a sus militares, que son los que cuando hay guerra luchan por el país mientras la mayor parte de él mira la batalla desde el sofá, incluidos los Ministros. Hay ejemplos de sobra que ponen de manifiesto esta práctica del Ministerio.

Ahí están los tres legionarios almerienses que utilizaron material «no apto para prácticas», el herido de la fragata Santa María que casi pierde el ojo mientras hacía ejercicios de tiro con munición de 1980, o el caso de Iván Ramos, el soldado gravemente herido en Afganistán al que ni siquiera se le reconoce el derecho a cobrar una pensión a pesar de que la Comunidad de Madrid ha valorado su estado con un 65% de discapacidad.

¿Por qué se sigue utilizando entonces? José Manuel nos aclara que

«desmilitarizar es muy caro. Por eso el material caducado se le da a los TEDAX —Técnico Especialista en Desactivación de Artefactos Explosivos— para las prácticas. Pero ese material tiene que pasar una serie de pruebas antes, y, en el caso de Hoyo, por ejemplo, está demostrado que no fue así».

El resultado de no haber querido invertir entonces los euros que hubiese hecho falta para proveer a los militares de un material en condiciones fueron cinco hombres muertos y dos heridos hasta la médula. Y eso ya no se paga con dinero.

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