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Martes negro, moscas negras, negro sueño.

 Martes negro, moscas negras, negro sueño.
Martes negro, moscas negras, negro sueño.

El primer día que ve a la mosca está posada en un vaso. Aunque le produce repugnancia no la quiere matar. Abre la ventana para que salga, pero la mosca se va de un lado a otro evitando el espacio abierto.

Eloísa sale de la cocina y va a su dormitorio a cambiarse. Ya saldrá, piensa. Mientras se cambia de ropa medita sobre su trabajo. Hoy nada le ha salido bien, ha sido un martes negro. Quejas de clientes, citas anuladas y para colmo su jefa le llama a su despacho y le habla sin consideración, sin respeto, sin mirarla a los ojos.

 ¡Cuánta soberbia tiene esa mujer! Me odia, me persigue. Es una mosca cojonera.

Vuelve a la cocina a prepararse la cena y la mosca ya no está. Cierra la ventana y se dispone a preparar una ensalada y una tortilla francesa. Mientras bate el huevo cree ver algo oscuro dentro del mismo y lanza el plato con violencia dentro del fregadero. Pero al mirarlo detenidamente descubre que no hay nada dentro. Ha sido una alucinación, aunque juraría que era una mosca, una mosca como la que estaba allí cuando llegó.

Se come la ensalada, sólo le quedaba un huevo en la nevera y un yogur y se va a la cama. ¡Menudo día dice en voz alta! Mañana si salgo pronto iré a la compra, tengo la nevera bajo mínimos. Y encima tenemos reunión de grupo. ¿Cuándo nos van a dejar trabajar a gusto? Mi jefa es especialista en chorradas, en técnicas de marketing americanas donde tratan de lavarte el cerebro, e intentan simular que somos buenos compañeros, que trabajamos en equipo y que todo funciona maravillosamente. Luego cuando acaba la reunión todos pensamos lo mismo ¡que te jodan guapa!

Eloísa se duerme y esa noche tiene una pesadilla que la despierta bañada en sudor. Eran las moscas que se estaban haciendo dueñas de la ciudad, de los comercios, de los bancos, de las oficinas y castigaban a los humanos quitándoles su tiempo, su libertad, sus caprichos. Martes negro, moscas negras, negro sueño.

Por la mañana sale pronto de casa y vuelve tarde, como todos los días. Ni siquiera ha tenido ganas de pasar por el súper.

Cuando llega a casa encuentra en la cocina la misma mosca. ¿O es otra? ¿Por dónde ha entrado? Las ventanas están cerradas. Tiene que ser la misma de ayer que no llegó a salir. Intenta matarla, pero no puede. Empieza a agobiarse. Además no tiene insecticida, tendría que haber ido al súper y haberlo comprado ¡Puta mosca, me vas a volver loca! Suena el teléfono. Es su hermana que le llama para contarle sus problemas con Javier, su marido. La escucha pacientemente, aunque tiene sus pensamientos en otras cosas.

—¿Bueno y tú qué tal? –Le dice por fin–

—Bien, todo bien, salvo la mosca, añade.

—¿Qué mosca, la cojonera? Pregunta su hermana riendo.

—Bueno, ahora tengo otra más. Es verdadera y me la encuentro en casa cuando llego. Es horrible. Nunca había visto una mosca más repugnante.

—Pues mátala.

—No puedo, no se deja. Y no tengo insecticida.

Cuelga.

Abre de nuevo la ventana para que salga el moscardón, pone la tele y se tumba en el sofá. Se queda dormida y algo la despierta súbitamente. Es la mosca, esa mosca robusta y asquerosa está posada en su cara. No puede creerlo. La intenta apartar de un manotazo, pero no lo consigue. Mira al techo y allí está posada, mientras ella ya no puede seguir en el sofá. Corre al baño a lavarse la cara con jabón y apaga la tele. Se encierra en su dormitorio, sin cenar, llorando de rabia. La mosca le ha hecho entrar en un estado de pánico irracional.

Por la mañana sale con miedo. Teme encontrarse de nuevo con ella. Pero no la ve. Ni siquiera desayuna en casa. Sale presurosa. Hoy vendré armada con el insecticida y a ver quién puede más, dice para sus adentros.

Cuando vuelve ya es casi de noche. Trae las bolsas de la compra y por supuesto el insecticida. Le han dicho que es muy potente. Vamos que esta no se salva, piensa. Mira detenidamente por todos los sitios, pero no la encuentra. Se dispone a lavarse los dientes y allí está la mosca sobre su cepillo.

—¡Hija de puta! –grita mientras  lanza el tubo de pasta contra el espejo en el que está ahora posada–

 Busca el matamoscas y rocía toda la casa con él. Eloísa empieza a toser y tiene que abrir las ventanas para no intoxicarse. Se ha pasado en su ímpetu por matar a ese bicho que la está sacando de quicio. No vuelve a ver a la mosca esa noche. Pasa una noche malísima, le sube la fiebre y por la mañana llama a la oficina para decir que no puede ir, que está enferma.

—Díselo a mi jefa, por favor.

—Ah –responde su compañera– ¿pero no lo sabes? A tu jefa la han despedido ayer. A última hora, tú ya te habías marchado. La llamaron de dirección y le dijeron que recogiera sus cosas porque era su último día. ¡Que putada! ¿Verdad?

—Eloísa… ¿estás ahí?

Eloísa no responde, está sonriendo satisfecha al comprobar que la mosca yace a sus pies muerta.

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