No todo es lo que parece

A la cena de empresa no estaba bien visto faltar, así que todos los compañeros acudieron a la cita. Y Carlota también. A ella no le gusta volver muy tarde a casa, ni es amiga de juergas impuestas, ni bebe apenas, por eso estas cenas la incomodan, más que complacerla. No es que sea una persona rara, ni insociable, todo lo contrario, si no que para ella una cosa es el trabajo y otra la diversión. Y aunque  le gusta separar estos conceptos, no puede hacerlo por razones obvias.

A las dos de la mañana terminan la fiesta, porque después de la cena la convencen para ir a tomar una copa. Finalmente un amigo y compañero  se ofrece llevarla en su coche a casa. La deja junto al portal y Carlota se despide de él con un beso y un “gracias, hasta el lunes”.

Abre la puerta del portal y acciona el interruptor de la luz, pero las luces no se encienden.

—¡Vaya, lo que me faltaba!  Ahora la luz no funciona.

Carlota vive sola desde hace poco tiempo, pues su compañera de piso se ha marchado a vivir con el novio hace tres meses. Está tan a gusto sola que ha demorado  buscar otra compañera, pero pronto tendrá que hacerlo porque el sueldo no la llega.

En estos momentos lamenta no fumar, porque de otra forma habría llevado mechero y podría llegar hasta los ascensores, para comprobar si funcionan, o es sólo una avería del interruptor. No sabe muy bien qué hacer. Busca el móvil, pero enseguida recuerda que ya en el restaurante  se había quedado sin batería. Permanece unos minutos junto al portal esperando a ver si algún vecino llega, pero son casi las tres de la mañana y es muy probable que nadie aparezca.

El problema es recorrer el largo pasillo que finalmente hace un ángulo y acaba en un distribuidor donde se encuentran los ascensores. Es una finca antigua con grandes espacios de distribución, de pasillos y de escaleras.

Decide entrar a pesar de la oscuridad. Tiene la ventaja de saber el camino de memoria. Inicia sus pasos pegada a la pared, tanteando, para no tropezar, en realidad el camino siempre está libre de obstáculos, pero aun así el miedo la impide avanzar a un paso normal.

—Si alguien estuviera aquí en el recodo del pasillo esperándome, yo no podría detectarlo, no tendría defensa, piensa.

Imagina unas manos apretando su garganta y empieza a respirar mal. Es asmática y siempre que se angustia aparecen los síntomas de su dolencia. Se está sugestionando dejándose dominar por el miedo. No puede avanzar, los pies no la obedecen. Está a punto de echarse a llorar cuando cree oír unos pasos, pero no ha escuchado la puerta del portal que siempre suena al cerrar. Entonces alguien estaba allí antes que ella. Camina hacia el ascensor, o quizá hacia la puerta, ha perdido el sentido de la orientación y entonces se enciende la luz.

Carlota da un grito de terror al encontrarse con un hombre frente a ella, justo al lado de los ascensores.

—¿Qué haces aquí? Me has dado un susto de muerte,  le pregunta impetuosamente como si ella fuera la única dueña de la finca.

—¿Cómo que qué hago?  Me ha pasado lo mismo que a ti. Estaba esperando que volviera la luz para coger el ascensor. Vivo en el décimo.

—Nunca te había visto.

—Ni yo a ti. No llevo mucho tiempo en esta casa. ¿A qué piso vas?-

Carlota no se fía. No le gusta su aspecto, ni su cara, ni su mirada. Hay algo en todo él que le hace desconfiar. Decide no subir al ascensor.

—Sube tú, le dice.

—¿Y eso?

—He olvidado algo en el coche.

La mira con asombro mientras sonríe burlonamente.

—Como quieras.

Carlota da media vuelta para fingir que sale. Sigue temiendo que la esté esperando más arriba. Oye el ascensor elevarse y en ese momento se apaga la luz de nuevo. Da unos pasos hasta donde presiente que está el interruptor y al presionarlo se encuentra con otra mano que quiere hacer lo mismo. Casi se desmaya de la impresión y grita otra vez, es la segunda ya, no puede evitarlo, está histérica. Se enciende la luz y hay otro hombre junto a ella, vestido de faena y con un estuche de herramientas en la mano.

—No te asustes. Soy el electricista, me llamaron por la avería. Ya está todo arreglado.

—¿De dónde sales? No estabas aquí hace unos segundos.

—Estaba en el cuarto de contadores.

—Había un hombre, dice señalando al ascensor. Por favor acompáñame al piso, no me atrevo a subir sola, no me fío de él. No sé lo que me pasa.

—Estás asustada. Yo voy contigo, no te preocupes.

Entran juntos al ascensor y el hombre le pregunta por el piso. Ella acciona el botón del sexto y el elevador se pone en marcha pero enseguida Carlota  descubre  que se ha equivocado de compañero de viaje.

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