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Sí hay, ¡y mucho! Toneladas y toneladas de oro en busca y captura que hacen de las alcantarillas un lugar menos repugnante.

¿Hay oro en las alcantarillas?
Los británicos pierden por sus desagües 18,4 millones de euros al año en oro

 

La cantidad de oro que se puede encontrar entre el fango negro y la pestilencia de nuestras alcantarillas es la misma que la que se puede extraer de una mina. Increíble pero cierto. El oro urbano, el que se esconde bajo las grandes y frenéticas urbes, el metal con mayúsculas, espera sus buscadores entre los chillidos de las ratas y el cloqueo de las aguas residuales.

Criba, paleta y lámpara de aceite; o de gas, lo mismo da. Así se visten los buscadores de oro del siglo XXI, los urbanitas. Ellos conocen el inframundo como nadie, se pasean a su aire por las acometidas y así se mueven por ellas, lo mismo que el resto de los mortales por la Rúa Vieja de una ciudad cualquiera. Los mineros metropolitanos buscan y encuentran en las cloacas parte del jornal que fue extraviado por algún terrenal. Entonces pasa a ser el suyo.

Pero la minería urbana no es justamente valorada. En Calcuta, por ejemplo, y sabiendo de antemano que la India produce el 10% del oro mundial, los buscadores, que son mendigos, obtienen unas 100 rupias por cada 100 miligramos de oro encontrado. Una roñosería. Y el metal, como es habitual, sale de las calles repletas de joyerías, donde algunos son mendigos de profesión y otros de alma.

 

¿De dónde salen esas toneladas de oro?

De los desperdicios de «la minería, la galvanoplastia, la electrónica, la fabricación de joyas y de catalizadores industriales, y de la automoción». Pero también del poco cuidado que hacemos con nuestros objetos preciados. Y es que más de uno se habrá quedado boquiabierto viendo cómo su retrete engullía el pendiente de oro que llevaba cuidadosamente anclado a su oreja.

Y más. El oro se acumula en los fangos de las alcantarillas metropolitanas también por nuestra cotidianidad. Nos referimos a las pequeñas motas o partículas que se van desprendiendo de nuestras alhajas debido a los hábitos de un día cualquiera: lavarse el diente de oro —quien lo tenga, claro—, ducharse con la alianza, con la cadena, con los pendientes. Toda esa minucia derivada de la fricción acaba por engordar el valor de las cloacas.

Y lo engorda hasta cebarlo. Thames Water, una de las empresas británicas que lleva el asunto del suministro y tratamiento de sus aguas, informaba hace unas semanas que el oro que los británicos pierden por sus desagües ascendía en dinero hasta los 18,4 millones de euros al año. Otra vez: al año. Vamos a comparar: la pepita más grande jamás encontrada pesa poco más de 27 kilos. La Hand of Faith, que así se llama, se vendió por un millón de dólares.

Hay que ponerse manos a la obra, y en Tokio bien lo saben. Por eso es que el país nipón ya intenta obtener beneficios y drena profesionalmente el agua del alcantarillado en busca de algunos cuartos. En concreto, la empresa encargada obtuvo unos 52.440 euros en su última venta a una refinería.

 

¿Por qué se quiere el oro y no otro metal cualquiera?

Plata, cobre, hierro, cinc y más. De todo hay en las cloacas. Aunque sólo el 0,00000011% de la superficie terrestre está cubierta de oro, es el que interesa, el brillante amanecer que se anhela encontrar. Pero, ¿por qué? El oro es la moneda, claro.

Este metal noble cumple todos los requisitos que debe tener el buen parné: no es tóxico —como el plutonio— y tampoco raro o difícil de extraer—como el platino, por ejemplo—. Al contrario que otros —titanio o circonio—, el oro es fácil de acuñar, es duradero, fácil de extraer y no se oscurece, como la plata.

Poco tiene que ver esta fiebre con aquella del Oro californiana que atrajo a miles de buscadores de todo el mundo a la caza del preciado metal. Como ahora, la gran mayoría no mejoró su nivel de vida. Vinieron en caravana y se en caravana se volvieron. Pero con la Fiebre, California pasó de pueblo a ciudad y llegó el apocalipsis de la población nativa de la época, el de la criminalidad, la xenofobia y también el del deterioro del medio ambiente.

No obstante, alguno debería pensar en cambiar la pluma por la piqueta, el destornillador por la criba, o el fonendoscopio por la paleta. Eso sí, tiene que disponer de estómago, y mucho.

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