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Después de 23 años, el español Pablo Ibar ha conseguido que se repita el juicio del que salió condenado a pena de muerte. Será el 28 de febrero de 2018

Pablo Ibar fue acusado de un triple asesinato en 1994 | ACPMPI
Pablo Ibar fue acusado de un triple asesinato en 1994 | ACPMPI

En total, 23 años, 16 de los cuales ha estado Pablo Ibar en el corredor de la muerte. Eso es mucho tiempo.

En un par de décadas el olvido hace estragos para dejar los recuerdos apalancados en los sótanos de la consciencia. Eso suele ocurrir a aquellos cuya vida no hace nudo con el tema a tratar, lo mismo da que sea bueno que no. Para otros, como el caso de la Asociación Contra la Pena de Muerte Pablo Ibar, la memoria no duerme. Y se lucha. Tanto es así que, después de esos 23 años, desde ahí se sigue batallando «porque estamos convencidos de la inocencia de Pablo», nos cuenta Andrés.

 

Nuevo juicio, nueva jueza

En algunos medios de comunicación se escribe que han sido cuatro los jueces que se han encargado de llevar el caso de Ibar. Desde la Asociación, sin embargo, matizan ese dato: cuatro han sido los nombres, sí, pero solo dos han trabajado en ello, ya que el otro par «declinó el caso por sobrecarga de trabajo». Es decir, se les nombró por puros formalismos, pero no llegaron a ejercer.

Se dice esto porque, a día de hoy, será otra jueza, Lisa Porter, quien se encargue de conducir la repetición del juicio de Pablo Ibar, fijado para el 28 de febrero de 2018. A pesar de lo que se pudiese deducir, este vaivén de magistrados, como nos dice Andrés, «no debe afectar al caso. El cambio de juez no está ni bien ni mal».

23 años, mucho tiempo. Andrés Krakenberger ha pasado media vida siendo activista pro derechos humanos, algo que le llevó a presidir la sección española de Amnistía Internacional desde 1997 hasta 2001. Amable, pausado y también en constante ocupación, es hoy el portavoz de la Asociación Pablo Ibar y el encargado de las relaciones institucionales en su seno. Su altruismo en beneficio del prójimo le ha impulsado, junto al resto de integrantes, a luchar por los derechos del español preso en Florida, Estados Unidos. Nada le vincula con él, «si bien en la asociación hay familiares de Ibar».

Las justicias de ambos países son lentas, y mucho. Para Andrés, este entumecimiento de los años es un arma de doble filo, «buena, por la posibilidad de tener garantías, pero mala porque te pudres en la cárcel».

Aunque el juez Raaj Sinhgal mostró en 2016 intenciones de dar fuelle al proceso que pondría en marcha el nuevo juicio de Pablo Ibar, hoy todo está como al comienzo, con la salvedad, eso sí, de que Ibar cuenta con 49 años. Una calma que, según Andrés, se debe exclusivamente a dos motivos:

«Realmente, la Fiscalía no tiene nada. Juega a retrasar el proceso todo lo que puede. A eso se une la estructura del sistema norteamericano, donde el fiscal o el juez, por ejemplo, son electos».

Esto quiere decir que, en un afán por renovar cargo, en EE.UU. se marcha al son de la amplitud de voto:

«Tiene un efecto perverso, ya que las campañas electorales se basan en convertirse en adalid de la justicia. Ahí entra, por ejemplo, el número de condenas a muerte conseguidas».

Un juicio plagado de irregularidades

El 25 de agosto de 1994, Pablo Ibar era acusado del asesinato de tres personas en Florida para pasar a ser condenado a muerte en julio del año 2000 después de varios peregrinajes judiciales. En el corredor estuvo hasta el año pasado, cuando, por irregularidades en el proceso inicial, el Tribunal Supremo de Florida decidió ordenar la repetición de aquel, por cuatro votos a tres, «tras revocar su declaración de culpabilidad y, en consecuencia, su condena a muerte». Y Pablo salió del corredor.

Estas irregularidades que pasan, de acuerdo con la defensa, por pruebas inconsistentes, declaraciones influidas desde el exterior, identificaciones contrarrestadas por reputados peritos, así como por una labor poco profesional del abogado inicial de Ibar, ojo con esto, están compiladas y disponibles en la web de la asociación, que cuelga, para quien lo quiera, los vídeos y las transcripciones del proceso al castellano y al euskera. También el teléfono y las buenas maneras.

Es en este último aspecto, el del abogado, donde reside la clave: Pablo Ibar no fue representado de forma correcta por Kayo Morgan, el de oficio que le defendió en el juicio donde fue condenado a muerte. Por eso se ha pedido encarecidamente una repetición del proceso. Porque es mastodóntica la documentación al respecto, para resumir podemos decir que Morgan reconoció que no andaba cabal por la vida, ni física ni psicológicamente, para defender de forma adecuada a Pablo Ibar: «En esos momentos yo estaba ocupado con la adicción permanente de mi novia, su embarazo y el bienestar del niño, mi ya debilitada condición física provocada por la neumonía y sus consecuencias, las acusaciones de felonía, las posibles implicaciones en el Colegio de Abogados (es decir, mi medio de subsistencia), así como la publicidad bochornosa».

Un conjunto de sinsabores personales que le sumieron en una profunda depresión extendida en el tiempo hasta el año 2005:

«Mi capacidad para representar a Ibar durante el nuevo juicio de 2000 fue deficiente […]. El juicio estuvo plagado de ejemplos de mi debilidad y de mis pobres esfuerzos por responder a una acusación agresiva y lograr informes apropiados para la absolución y la apelación».

Esos informes a los que aludía Kayo Morgan bajo juramento se refieren a que no presentó el testimonio del perito facial que aseguraba que en el vídeo que constituyó la prueba principal «la altura del delincuente era, posiblemente, varios centímetros inferior a la de Pablo». Testimonio que, sin embargo, sí sirvió para retirar todos los cargos, incluida la pena de muerte, del otro acusado por el triple asesinato, Seth Peñalver.

Era esta una prueba exculpatoria de suma importancia en un juicio de estas características, a la que se añade toda una serie de controvertidos desmanes presentados por la defensa y que pueden leerse en la ACPMPI.

¿Cómo se llega a ser detenido por algo así?

Pablo Ibar siempre se ha confesado inocente. Incluso se negó a recibir cadena perpetua por aceptar su culpabilidad en el triple asesinato:

«No soy un asesino. Yo jamás he matado a nadie».

Desviarse unas micras del camino recto no significa salir de él como un elefante en una cacharrería. Es cierto que en su juventud, Ibar anduvo por ambientes truculentos: «No era ningún angelito. Me metí en líos de los que estoy muy arrepentido», ha dicho en alguna ocasión. En concreto, barullos de drogas. Andaba al menudeo psicotrópico para sacarse unos dineros extra. Precisamente fueron los humos desordenados de las sustancias prohibidas los que pusieron la primera piedra de esa senda pavorosa.

El 14 de julio de 1994, Pablo y un amigo se dijeron más que palabras con unos colombianos. Había una deuda por medio. Dinero, ya se sabe lo de su divinidad. El asunto requirió presencia policial con resultado de detención para Ibar. El triple crimen ya se había cometido y la foto del supuesto asesino, extraída de un vídeo de vigilancia granulado y monocromo, circulaba por todo el Estado. Las cuatro esquinas de Florida acarreaban con esa imagen. Entonces fue cuando en la jefatura policial, un agente vio parecido entre Pablo y la cara de la famosa foto. Y comenzó su vida entre rejas.

Por Internet pulula un montaje en el que se compara el rostro de Pablo Ibar con el del asesino que aparece en el vídeo, ambos en la misma posición. Para muchos, la similitud es muy clara; para otros, difiere notablemente. Dejando a un lado la labor de los profesionales, ahí solo entra el parecer de cada cual. Un caso difícil.

Sin embargo, su actual esposa asegura que el día del asesinato, Pablo estaba en su casa, en su cama jugando al secreto amorío entre adolescentes aprovechando que no había nadie rondando cerca. Pero no salió bien y fueron sorprendidos por unos familiares:

«Los padres de Tanya se encontraban de viaje en Irlanda y hubo llamadas telefónicas a Irlanda para relatarles el incidente. Al coincidir la fecha de las llamadas fue fácil comprobar que ese día en ese momento Pablo se encontraba allí».

Peor que en corredor de la muerte

Es verdad que el declarase inocente es tan habitual como ver amapolas entre el trigo verde, pero también es natural ser asaltado por la duda: ¿Y si Pablo Ibar no es culpable?

En el imaginario, la cárcel se suaviza frente a la concepción de un corredor de la muerte, que uno imagina como el peor de los avernos. Es de la muerte, no puede ser de otra manera. Esto ocurre cuando la imaginación nada a brazadas entre las imágenes para llegar al puerto en el que amarra cada persona.

También hay otras ocasiones en las que la fuerza de esas palabras hace que, al final, pierdan todo su sentido hasta que la concepción propia se banaliza. El corredor de la muerte, quizás, pasa por esa mente que niega por angustia a ser el pasillo de un hotel, y la celda, una habitación con alguna incómoda sorpresa: no tiene luz, la ducha es pequeña, la decoración pasa de castaño oscuro… Nada más.

Pero existe. En el caso de Pablo Ibar, parece que el infierno es diferente, alternándose posiciones entre lo peor y lo malo. Andrés nos informa al respecto diciendo que el régimen de Ibar en la cárcel es mucho peor del que disfrutaba en el corredor:

«Allí recibía las visitas de sus familiares todos los sábados en un ambiente tipo cafetería, lo que le permitía establecer contacto físico. Un beso, un abrazo, lo que fuese. En la cárcel, el régimen de visitas va cambiando de forma aleatoria y se realiza a través de una pantalla de ordenador en la que, supuestamente, aparece Pablo, porque hay ocasiones que no funciona. ¿Para qué hacen ir a la familia entonces? ¿No es lo mismo que el Skype, por ejemplo? Un absurdo».

Siguiendo con el contacto exterior, el correo postal también se ha dolido de inferioridad. Estando en el corredor de la muerte, Pablo Ibar respondía a las cartas sin más problemas que los derivados de la cantidad de ellas que recibiese y de su predisposición a devolver unas letras. En la cárcel, la cosa no funciona igual:

«Le entregan las cartas de forma muy irregular. Pueden pasar meses hasta que llegan a sus manos y, aunque acaba recibiéndolas todas, puede responder solo a una cuyo remitente sea de EE.UU., puesto que ese el sello que se le facilita».

Además de esto, que para el común de la libertad puede resultar liviano, Pablo Ibar comparte celda y es cambiado de módulo cada dos semanas, algo habitual con todos los presos que impide cimentar cualquier tipo de relación personal.

28 de febrero de 2018 será la fecha clave que pondrá, casi fijo, el punto y final a estos 23 años de espera. Un caso difícil por la inmensidad de la palabra víctima y por lo enorme de la libertad.

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