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Con la sangre alterada del todo, los hombres corrían locos de contentos hasta la orilla del Tormes para esperar las barcas que devolvían a las meretrices, con el Padre Putas a la cabeza

El Padre Putas intentaba salvar las almas de las prostitutas y cuidar también de que sus cuerpos no volviesen a las andadas
El Padre Putas intentaba salvar las almas de las prostitutas y cuidar también de que sus cuerpos no volviesen a las andadas

Salamanca en el siglo XVI era como cualquier ciudad religiosa que se afanaba en lavarse la cara para recibir a la Cuaresma, que es ese periodo del año en el que algunas religiones parodian los cuarenta días que, según la Biblia, pasó Jesucristo pululando por el desierto sin probar bocado. Eso sí, la moderna y renovada Cuaresma, más liviana, aconseja dejar de comer carne cada uno de sus viernes —también el Santo— y el Miércoles de Ceniza. Nada más.

La parodia viene de lejos. Ya entonces, los únicos que no comían carne eran los pobres, que de sobra estaban acostumbrados a no olerla ni de lejos. El resto, previo pago a la Iglesia, tenía el beneficio de poner la mesa hasta arriba a cambio de un impuesto religioso. Era la Bula de la Santa Cruzada, y levantaba la veda quedando el ayuno del mismo modo que se practica ahora.

Salamanca y alrededores eran también los típicos territorios del XVI que se desquitaban lujuriosamente después de haber sido castrados con el cepo de la abstinencia. Por eso y por lógica, el sexo estaba en cada rincón, que era donde esperaban las prostitutas.

Con el Padre Putas a la cabeza

Y claro, la monarquía de aquel entonces quedó espantada con tanta bajada de pantalones. Felipe II, el Prudente, el del fiasco de la Armada Invencible pero también, por contrapartida, el hombre que extendiese los dominios hispánicos por todos y cada uno de los continentes convirtiendo así al Imperio Español en el primero de los tiempos, consideró aquel desenfreno no menos que demoníaco.

Los estudiantes salmantinos se volvían locos, lascivamente hablando. Para evitar tal pecado, el rey decretó que las prostitutas debían abandonar la ciudad de Salamanca desde la Cuaresma hasta la semana siguiente a la Pascua de Resurrección, que es cuando, según los Evangelios, Jesucristo se levantó, ya muerto, al tercer día.

Dos meses en los que las prostitutas descansaban al otro lado del río Tormes, en el actual barrio de Tejares, mientras un sacerdote, el Padre Putas, intentaba salvar sus almas y cuidar también de que sus cuerpos no volviesen a las andadas. Pero en lo segundo no solía triunfar porque, después de finalizada la Cuaresma y con la sangre alterada del todo, los salmantinos, estudiantes y no, corrían locos de contentos hasta la orilla de acá para esperar las barcas que devolvían a las meretrices, con el Padre Putas a la cabeza. Todo con la intención de desfogar la lujuria que había sido contenida, por imposición, en sus cuerpos.

Ya lo decía Meléndez Valdés en «La gran fiesta del Lunes de aguas»:

«A fuego a toda prisa / tocaron las campanas / porque de amor o vino / todos allí se abrasaban».

Y este poeta lo supo de primerísima mano.

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