Treinta años después de que lo hiciera Juan Pablo II por primera vez, el Papa visitó la sinagoga de Roma y rechazó cualquier violencia en nombre de la religión.

El Papa en su visita a la sinagoga romana. |Foto: Twitter @l_mirador.
El Papa en su visita a la sinagoga romana. |Foto: Twitter @l_mirador.

Siempre es noticia que el obispo de Roma visite un templo judío. Más si cabe si se trata del templo emblemático de los judíos europeos. El Papa visitó la sinagoga de Roma 30 años después de que lo hiciera Juan Pablo II y tras la última ocasión, con Benedicto XVI —su predecesor—, hiciera lo propio en enero de 2010.

En su discurso, Benedicto destacó las buenas relaciones entre ambas confesiones en los últimos 50 años gracias al Concilio Vaticano II recalcando la idea de profundizar en “la comprensión recíproca, la confianza mutua y la amistad”, porque —en palabras del Pontífice—, “judíos y cristianos deben sentirse hermanos, unidos por el mismo Dios”.

En su entrada al templo, el Papa se mostró cercano con los asistentes y éstos respondieron con cariñosos aplausos y algunos vítores de “¡Viva nuestro Papa!”. Francisco, tuvo un especial recuerdo para los seis millones de víctimas del Holocausto, en particular a los que fueron llevados desde Roma a los campos de concentración.

El Pontífice destacó que esta era su primera visita a la Sinagoga como Obispo de Roma y deseaba extender a todas las comunidades judías “el saludo fraterno de paz de esta Iglesia y de toda la Iglesia católica”.

Junto a él asistieron el Presidente de la Comunidad Judía romana, el Presidente de las Comunidades judías de Italia y el Rabino Jefe de Roma, Riccardo di Segni. Mientras que sus discursos tenían un cariz más bien político, el Pontífice quiso resaltar la necesidad de profundizar en el diálogo y estrechar lazos, alejándose de la violencia justificada por la religión “cristianos y judíos podemos y debemos ofrecer a la humanidad entera el mensaje de la Biblia sobre el cuidado de la creación. Conflictos, guerras, violencias e injusticias abren heridas profundas en la humanidad y nos llaman a reformar el esfuerzo por la paz y la justicia. La violencia del hombre contra el hombre está en contradicción con cualquier religión digna de este nombre, y en especial con las tres grandes religiones monoteístas (…). Cada ser humano es nuestro hermano, independientemente de su origen y de su pertenencia religiosa”.

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