Fue un día en un autobús. A ella no la vi, me la imaginé. En parte fueron recuerdos de la infancia.

Recuerdos de la infancia

Benito Oliveros era un gran observador, una cualidad que le permitía conocer perfectamente a todos los clientes que trataba en su trabajo en el banco. Pero era su otra actividad, la que realizaba tres o cuatro veces al año, con la que había desarrollado un talento especial. Era capaz de radiografiar todo lo que le rodeaba y posteriormente recordar hasta el último detalle.

Todos los días, por la mañana, entre las 8:13 y 8:16 cogía el metro que le llevaba al trabajo. Un trayecto de 16 minutos durante el cual se dedicaba a observar a los pasajeros con los que compartía viaje. Todos los días en el mismo asiento. Se ponía los cascos para disimular, nunca escuchaba nada. Le permitía disfrazar su mirada mientras analizaba lo que le rodeaba. Excepto algún pasajero nuevo, a la gran mayoría los conocía. Su forma de comportarse, sus gestos, sus prisas, lo que leían, la música que escuchaban y hasta los zapatos que llevaban. Era capaz de procesar toda esta información y completar una biografía, siempre había creído que bastante exacta hasta que la encontró.

Desde hacía meses se había sentido atraído por ella. Una mujer también de costumbres fijas, se sentaba en el mismo sitio justo enfrente de él. Ella escuchaba la radio y como el resto de los pasajeros parecía tener la mirada perdida. En apariencia no había nada especial en ella, pero a Benito su presencia le traía recuerdos de su infancia.
Debía de rondar la cincuentena, de baja estatura, con la cara lavaba, sin adornos ni abalorios. Recatada y austera hasta el último botón. Pelo de color negro a juego con sus ojos oscuros, ningún rastro que la distinguiera. Una forma de vestir anodina: zapatos de tela blanca con cordones y un suave tacón, falda larga por debajo de la rodilla, chaqueta que le llegaba hasta los muslos. Siempre colores mustios. Su forma de sentarse era muy peculiar, juntaba las piernas y sobre sus muslos apoyaba las manos abiertas con las palmas hacía abajo. Una bandolera de color marrón cruzaba sus hombros.

Todas las tardes, excepto los días de lluvia, Benito salía a pasear. Siempre por los mismo sitios. Lugares conocidos, amplios y abiertos que le permitían sentirse seguro. En uno de aquellos paseos, Benito se encontró con Teresa, una amiga de la infancia. Al verla se sintió confuso y extrañado, estaba acompañada por aquella misteriosa mujer. Con el paso del tiempo Benito supo que aquel encuentro no había sido casual. No pudo resistir la invitación a sentarse, Teresa le presentó a Marta y ninguno de los dos mostró la más mínima sensación de sorpresa.

La voz de Marta era apacible y sosegada, transmitía cierta candidez. Cuando comenzó a hablar de su afición favorita, le gustaba tocar la guitarra, a Benito le vinieron de nuevo las imágenes de su infancia. Ella siguió hablando, pero él ya no podía prestar atención, estaba seguro de cuál era su ocupación y tenía que preguntárselo.
Fue en ese momento cuando varios hechos le desconcertaron y le hicieron cambiar de opinión. Ella abrió su bandolera y sacó un paquete de tabaco negro. Pidió una caña de cerveza y encendió un cigarro echando el cuerpo hacía atrás con las piernas cruzadas. De su boca salió una gran bocanada de humo, algo estaba fallando. Benito se sintió desconcertado, no controlaba lo que estaba ocurriendo y eso le agobiaba.

De repente todo su entorno se sobresaltó, al ensordecedor ruido de las sirenas le acompañó la presencia violenta de agentes de policía y el desconcierto y los gritos de las personas que los rodeaban. Benito se encontró tendido en el suelo aprisionado por la rodilla de uno de los supuestos policías. Levantó la cara para mirar a su alrededor, pudo ver en el suelo cuerpos inmóviles con los rostros desencajados, Marta estaba sentada en la misma silla con el rostro impasible y los brazos en alto. Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que por primera vez en su vida había cometido un grave error.

Ha pasado más de un año desde que ocurrieron aquellos hechos. Benito, tumbado en su cama, recuerda con detalle cómo se desarrollaron los acontecimientos. Repasa las páginas donde ha ido pegando los recortes de prensa que recogieron la noticia así como el posterior juicio. Todos los artículos destacan la importante operación policial que permitió detener a uno de los delincuentes más buscados, un sicario que en los últimos diez años había cometido treinta y ocho asesinatos. Su detención había exigido un trabajo muy laborioso, una persona que se escondía bajo una apariencia normal y sumamente meticulosa en todas sus acciones.

Se resaltaba el excelente trabajo realizado por la inspectora M. S. T., había estado siguiendo la pista desde hacía varios años, aplicando el mismo método que el delincuente capturado y ahora encarcelado.


* Recuerdos de la infancia es uno de los cuentos cortos que Pedro Sande recoge en 150 palabras.

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